Historias (de terror) de mudanceros

El desempaque es todo un arte

Foto: Cuartoscuro

“La de cosas que no he visto: llevo más de 30 años en este negocio, imagínese la cantidad de casas a las que he entrado”, nos dice Don Horacio, mudancero de la colonia Mixcoac que desde 1981 tiene su camioneta para llevar y traer cosas. Con cuatro cargadores y dos camiones, este señor sabe del negocio “Antes tenía más camiones, pero ya ve, la crisis”.

Cambiarse de casa es una tarea que todos haremos alguna vez en la vida, o muchas. Hay quien se ha cambiado más de diez veces en esta ciudad y hay quién sólo se sale de casa de sus papás para acomodarse en un lugar toda la vida. Preparar la mudanza es difícil: buscar cajas vacías (correr al supermercado en las mañanas para agarrar las que desechan es una tradición), comprar montones de papel periódico para envolver los platos y vasos, tomar decisiones de último momento (¿la ropa va en bolsas, en cajas o envueltas en sábanas?) y cuando llegas a tu nuevo hogar, resignarse a que algo se perdió en alguna caja o peor aún, que se rompió la vajilla.

Quien se lleva el trabajo en el arte de la mudanza son los cargadores: tipos con faja en la cintura y entrenados, con base en la práctica, para cargar refrigeradores, sillones, estufas… y hasta muertitos. Don Horacio y su gente nos platican:

¡Las cucas!

“De lo más gacho que recuerdo fue una vez que entramos a una casa y comenzamos por la cocina. Al mover las alacenas salieron un montón de cucarachas por todos lados que se fueron a esconder a las cajas que el señor ya había empacado. El don tenía hijas chiquitas que empezaron a gritar y nosotros pos nos pusimos a aplastar las que pudimos, pero eran un buen. Al final, el mismo cliente nos dijo que mejor iba a limpiar. Otra vez, salió una familia de ratones de la estufa, pero eso es más común”

¿Se lleva a mi abuelita?

“Una vez entramos a una casa de una señora que acababa de morirse. Sus hijos estaban llevándose sus cosas y en un mueble de la sala estaban varias urnas con todas las cenizas de sus familiares muertos. No le miento, eran como 12 o 15. Pos a cargar con los muertitos y llevarlos a la otra casa, yo me iba persignando a cada rato, ni dormí ese día”

¿A dónde vas con mis cosas?

“Otro día una señora nos llamó para ir a su departamento. Tenía pocas cosas empacadas, así que le ayudamos a meter todo en cajas. Estábamos bajando todo cuando llegó un señor y se enojó re’ gacho, que ésas eran sus cosas y que a dónde las llevábamos. Al final creo que la seño’ se estaba llevando todas las cosas de su esposo, vaya uste’ a saber. Tuvimos que regresar todo a su lugar y luego ni querían pagarnos”

El ‘Chapo’ de Tacubaya

“Con los jóvenes la cosas se pone difícil porque luego uno ya ni sabe lo que es ilegal o no. Pero recuerdo una vez que entramos a casa de unos chavos que tenían un montón de plantitas de todas. Yo le dije a uno ‘oye, pero ésa es mariguana’ y él ‘no, no es, se parece pero no es, es otra planta’. Yo le dije ‘no me quieras engañar, yo sé cómo es’ pero el necio y dale que no, que la había traído de la sierra y hasta me enseñaba libros. Pero pa’ mí que sí era porque se veía como malandro”

Quebrándose, quebrándose

“Mis muchachos se ven flacos, pero saben cómo cargar las cosas. Uno de éstos puede subir un refri él solo. Pues una vez un cliente nos quiso ayudar a subir las cosas. Él como que se quería hacer el fuerte ¿no? y subía cajas re pesadas, sudando. Nosotros lo dejábamos: ya que íbamos a terminar que oímos un trancazo en las escaleras. El pobre tipo se había caído con todo y caja y lo encontramos todo torcido. Como pudo se paró y lo dejamos en su sillón, y seguía haciéndose el que no le había pasado nada, pero la neta sí dio el costalazo gacho”.

¡Que sí cabe!

“Ya ve cómo ahora son los departamentitos, bien chiquitos y con las escaleras bien angostitas. Un día movimos a una pareja que se estaba cambiando a un cuarto de azotea y para entrar había que pasar una escalera de caracol. Pos tenían sillones largos, refrigerador y una cama del kin sais. Ellos nos decían que para eso nos pagaban, para subir todo, pero no hacemos milagros, no había ni por dónde volarlos. Estuvimos como una hora tratando de subir un sillón y cuando lo logramos, no cabía por la puerta de la casa. Mejor nos lo regaló”.

¿Y ustedes, qué historias de terror de mudanceros conocen?