El regreso a la calle

Foto: Cuartoscuro

En octubre de 2012 nació la fundación Reinserta un Mexicano AC, de la mano de Saskia Niño, psicóloga forense de la Universidad Iberoamericana, quien al egresar comenzó a trabajar con víctimas de secuestro. Pero luego reenfocó su mirada hacia las voces del otro lado de la línea telefónica. «Quería entenderlos para prevenir sus acciones, en lugar de reaccionar a lo que hacían », cuenta la activista de 26 años. Luego de darle forma a su ONG, obtuvo un oficio permanente de entrada a las cárceles capitalinas para los días que necesitara. Así, empezó a trabajar en los patios de las prisiones capitalinas para darle futuro a ladrones, homicidas, secuestradores y sicarios una vez que quedaran en libertad. Junto con Mercedes Cas, directora de de la asociación Adolescentes en Conflicto con la Ley, conocieron los planes de “Ángel” y “Misael”. –Ellos pedían una oportunidad. Claro, existía el riesgo de equivocarnos, pero si no los ayudábamos, los perderíamos para siempre –dice Saskia–. Elegimos apadrinar su proyecto.

La idea que les presentaron fue simple: llévennos a la escuela. En lugar de que un ciudadano intachable hable sobre una cárcel en la que jamás ha estado, ellos, los delincuentes, serían contratados por directores de escuelas primarias, secundarias y preparatorias en zonas de conflicto para hablar con los que piensan unirse al crimen. Su objetivo: sembrar la idea de que ningún reconocimiento ni dinero vale la pena si el riesgo es caer en una cárcel. –Nos vamos a jugar el pellejo, porque una vez que uno entra a una empresa, ya no sale. A nosotros, por renunciar a volver a andar de cábulas, nos van a matar –asegura Ángel–. No lo hago tanto por mí, sino por mi abuela, que ya no sufra, y por más chavos. Misael asiente. Sabe que la muerte lo ronda. En la última semana de febrero de este año, cuando entraba a su colonia, un miembro de la pandilla contraria le disparó seis balazos. Ninguno le dio, pero la advertencia quedó ahí. «Hemos matado a tanta gente que nos quieren hacer daño, pero estamos seguros de esto».

La confianza del ex sicario y el ex asaltante en el proyecto ya sumó a un tercer elemento: “Rafa”, de 20 años, otro antiguo gatillero dispuesto a ser cazado con tal de que sus últimas horas sirvan para un buen propósito. El día que lo conocí, en las oficinas de esta revista, soltó la Biblia que tenía en su mano derecha y saludó con un “soy Rafa, mucho gusto, que Dios te bendiga”. Él es el último lado del triángulo: a los 13 años mató por primera vez a sueldo. Fue en la colonia Roma, en 2007; cursaba primero de secundaria. Le dijeron que debía vaciar el cargador de una 38 a un hombre que solía salir de su edificio para hablar por teléfono. A cambio, ganaría 60 mil pesos y el respeto de la empresa para la que trabajaría si lo hacía bien. Cumplió: desde su barrio lo llevaron a bordo de una motocicleta hasta la calle del encargo y le dijeron que lo esperarían del otro lado cuando terminara el trabajo. Cuando se alejó de la calle Colima, había despachado a su víctima de tantos tiros que su cuerpo quedó colgando en una jardinera.

Tampoco sabe a cuántos mató –unos 10 o 15, calcula–. «Los veía como perros, nada más», dice. Hizo una fortuna como sicario antes de cumplir 15 años –conducía hasta su secundaria pública una Land Rover de lujo y pasaba fines de semana completos en Acapulco, friéndose en drogas–, pero lo perdió todo al entrar a la prisión juvenil de San Fernando por homicidio calificado. A los 15 años era un alcohólico tan hundido que su papá lo quiso internar en un centro de rehabilitación. Llamó a su pandilla y lo secuestró por cuatro días. Como torturador, mantenía en vilo a sus víctimas por horas, desangrándolas lentamente. Incluso pensó en el canibalismo. «La neta andaba tan mal que una vez hasta quise comerme el corazón de un cabrón al que después maté». Luego de cuatro años, siete meses y 22 días en la cárcel juvenil por homicidio, ahora Rafa es un nuevo cristiano. No drogas, no alcohol, no asesinatos. Tampoco dinero ni prestigio. «Yo conocí a alguien que me cambió la vida, que orienta, ¿lo conoces? Se llama Jesucristo», dice este joven delgado, que en su Biblia tiene un separador para leer el salmo que lo calma cuando siente que la guadaña de la muerte se acerca: “Aunque camine por el Valle de la Muerte, no temeré mal alguno, porque tú, Señor, estás conmigo”. «Si salvamos a uno, ya la hicimos. En esto se sufre mucho», explica Rafa, cuya nueva vida ahora lo tiene becado en la preparatoria del Tec de Monterrey de la Ciudad de México y espera entrar a la universidad. «En esto sólo acabas muerto o en la cárcel». Ángel y Misael se miran con complicidad. Dan la razón a Rafa. Hasta hace meses, un ataúd o una celda eran las únicas posibilidades para ellos. Ahora se han abierto una tercera vía en el proyecto “Adopta una escuela”, que busca contratos con planteles del DF a través de Reinserta un Mexicano para dar pláticas de tres días de duración sobre drogas, violencia y embarazo adolescente.

«Urge que apoyen proyectos como éstos antes de que el DF se vuelva una matazón –dice Misael–. Hay muchos sicarios allá afuera». ¿Pues cuántos hay en el DF?, pregunto a Ángel. Él vuelve a sonreír y entrecierra los ojos para pensar. La misma mente que a los 12 años elegía entre una 38 y una 9 milímetros, ahora calcula a cuántos adolescentes sicarios hay que detener en el DF. «Yo creo que unos mil, no sé, muchos, un chingo, por eso este proyecto vale un chingo. Hay más sicarios aquí de los que tú crees… y todos buscan chamba». FIN