El mundial de bicimensajeros

Terremoto Crew tienen buena fama como organizadores. Su máxima, dice Natan, es no hacer cosas buenas que parezcan malas. Normalmente las carreras se organizan bajo un formato importado de Estado Unidos y conocido como alleycat donde los competidores deben seguir una serie de indicaciones inscritas en un mapa que se entrega a la salida. Al mapa se le llama manifiesto, algo bastante irónico porque, básicamente, el único principio es que para llegar primero vale todo. El último alleycat fue multitudinario. Esperaban 200 participantes y casi duplican. “Nos faltaban responsivas”, dice Natan, “tuvimos que fotocopiarlas para todos, todo el mundo exigía correr.” Esta vez, él y sus amigos han decidido no buscar patrocinadores, así que cada participante ha debido abonar 70 pesos. El 66% será para el equipo campeón, el resto se gastó en agua y pancles -estafetas-, y un pequeño fondo ha quedado apartado, como se anuncia en la Alameda, por si hubiera que “pagar al doctor”. Ésta es la segunda vez que desbordan sus previsiones de participantes. “La gente percibe que somos el grupo desmadroso que hace bien las cosas” dice Natan. “O al menos, la carreras…”.

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La 4×10, dirá Natan después, es una carrera compleja en la logística previa. “Tiene muchos más puntos y estipulaciones. En nuestra página tenemos como 3900 likes, pero hay que salirse de esa plataforma para depurar un poco.” El año pasado corrieron 30 equipos. 118 corredores y dos corredoras. En total, esta vez son 216 ciclistas y de ellos 28 son mujeres. Y otros 15 se inscribieron tarde y se quedaron fuera. Los que llegaron sin casco tampoco fueron aceptados. Cuando se trata de organizar, en Terromoto Crew se ponen serios. También los corredores. Por pasión, por fidelidad al riesgo, por respeto al movimiento, de 56 equipos preinscritos, hoy hay 54. 

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A las 17:02, 54 ciclistas sólo esperan a que el semáforo vial que tienen con el disco rojo al frente cambie de color. Curiosos a pie y fotógrafos de ningún medio conocido se han apostado entre el tercer y el cuarto carril de los siete que tiene Revolución y ayudarán a que los coches no se cierren sobre los participantes del primer relevo. Los conductores, más que contrariados, parecen curiosos: al frente de las bicicletas se colocan las de ruta, ágiles y finas. En ellas se ven los jerseys, o el músculo y la piel de la infantería ciclista, y hay una mujer alta y flaca, concentrada y probablemente es extranjera, que parece una extensión humana de su bici.

Detrás viene la caballería, esencialmente bicis de montaña. El grosor de sus neumáticos las descarta para el podio, pero si encuentran una coladera destapada sus llantas aguantarán mejor. Visten más casual. Shorts, jeans, y hasta hay quien corre con mochila. Otra mujer concentrada, y otra más con una bici de paseo y una cara que dice no me importa que me miren raro: yo no gano, pero corro igual. El semáforo cambia de color. Se oye un grito, aplausos que apremian y los ciclistas se lanzan al sprint y se pierden poco a poco en la maraña de coches. Al sprint, porque 10 kilómetros se van en un abrir y cerrar de ojos. 

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Paul y Javier, dos de los organizadores, en el tramo de asfalto que ha quedado vacío se han chocado la mano con ganas. E inmediatamente Paul ha marcado a Natan para decirle que ya están en carrera y que ha sido una salida limpia.

Desde entonces, con la adrenalina al máximo, Natan busca una cabeza entre los coches del puente que libra la avenida Norte 3. Nada le obliga a lanzarse a esa marea de fierros que es Circuito y a su oleaje con ruido de motor. Cada pocos minutos los aviones que aterrizan entran de costado a pocos metros sobre él y las otras 53 personas que esperan en la vía lateral junto a una concesionaria Chevrolet. “Viene Pancho, viene Pancho”, se repite Natan, y colocado en su punto de salida mientras invoca su silueta repasa mentalmente la carrera: ojalá Beto haya librado bien ese semáforo, haya pasado ese otro puente. Y entonces suena el celular y su amigo Mac le dice que Beto, el primer relevo, ha entregado en cuarto o quinto lugar. Y Natan confía ahora en Pancho y se alegra de que su amigo le anteceda: Pancho es quien mejor se vuela los semáforos, y antes de llegar al aeropuerto está lleno de ellos.

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“Para ese momento ya llovía. Me enfrió la lluvia, no era mucha pero sí constante, había sol pero no se quitó”, contará después. Los que estamos en la meta sólo sabremos al final que una nube ha vuelto peligrosa la parte oriental del Circuito. Natan, que había llegado entrenado, se ha quedado frío. Es un contratiempo. Pero no hay mucho que se pueda hacer. “Pancho viene -se repite-, Pancho viene”.

El primero que apareció fue El Chore, un rutero de elite, y se dispuso a dar su relevo. (Este año, Paul había ideado un pancle, una banda que se enrosca en el brazo como matasuegras para usar como estafeta y evitar que se metiera entre los radios). El segundo en aparecer arriba del puente fue Safa. Era de esperar. Safa es un sudafricano de nombre Brian Wagner que vivió en Australia y se hizo bicimensajero. Ya había ganado un alleycat pasado, y este año, en Lausana, Suiza, Safa quedó cuarto en el Campeonato Mundial de Bicimensajeros. Detrás apareció un tercer ciclista y el cuarto, al fin, fue Pancho.

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“Veo que baja Pancho -continúa Natan- pero no me ve. Estaba mojadísimo, traíamos unas llantas que son superlisas y en agua no te detienes ni a madrazos. Cuando haces mucha fuerza lo más conveniente es frenar con motor, que es una analogía del camión, poniendo las piernas duras.” Natan y su equipo corren con fixies, bicicletas de piñón fijo que no llevan frenos. Y no es nada fácil frenar cuando vas sin frenos. A base de piernas hay que tratar de bloquear la rueda.

Aun así, a los dos primeros se les atravesaron unos camiones de carga y por eso iban frenando, porque venían de bajada. En el momento del relevo era necesario ir despacio, pero Pancho venía más rápido y Natan tuvo que salir por él para sincronizarse. Se emparejaron, Pancho empezó a estirar el pancle e hicieron el cambio mucho antes del límite marcado. Y entonces se encontraron con uno de los camiones. “Había una coladera enorme, de esas que están unos 20 centímetros más abajo que la superficie, y el camión se frenó por una intersección. Yo me había lanzado. Freno medio de emergencia, y cuando Pancho se repliega completamente a la derecha me meto atrás de él, y es cuando salgo”.

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