De las costumbres en lugares públicos

Puntualidad

Es una costumbre arcaica y en desuso. Incluso es mal visto llegar a una cena o una reunión a la hora a la que se citó; se considera inoportuno. A las bodas, por ejemplo, se cita a la gente a las 6:00 pm para comenzar a las 6:30. Esto lo saben de antemano los invitados, así que intentan lle- gar a las 6:30 y terminan haciéndolo a las 7:00. Tarde de cualquier forma. Doblemente tarde.

En el ámbito laboral también impera la im- puntualidad, sin embargo, suelen expresarse dis- culpas por la tardanza: “había demasiado tráfico” o “no encontraba lugar para estacionarme”, las más comunes. Esto resulta sorprendente, pues en el DF siempre hay demasiado tráfico y nunca hay lugar para estacionarse, por lo que ya no deberían considerarse imprevistos, sino vistos y re vistos.

Ni siquiera la programación televisiva, cine- matográfica, ni teatral son del todo puntuales. Lo único que sigue siendo puntual en el DF son los autobuses de las centrales camioneras y algu- nos empleados que reciben bono por ello.

Comercio

Todo precio en lugares sin caja registradora es sujeto a negociación, mejor conocida como “re- gateo” –no confundir con el atrevido baile puer- torriqueño “reguetoneo”.

En dichos comercios es común que vendedo- res y compradores habituales se refieran entre sí como “marchantes”, término que se cree deriva- do del francés marchand, que significa mercader (lo cual le da bastante caché a cualquier cambalache). Otra manera es “güera” (y sus variantes en masculino y diminutivos). Esta costumbre, según ciertos estudios de mercado (sobre rue- das, que curiosamente carecen de neumáticos), se debe a que ciertos compradores no contentos con el tono de su piel se sienten halagados cuan- do el vendedor los coloca en otra zona de la gama de colores o Pantone, lo cual los predispone a efectuar una transacción más fácilmente.

Los chilangos, en general, muestran una arrai- gada reticencia al cambio. De billetes. Cuidan las monedas y billetes “chicos” como si valieran más. Consideran una ofensa recibir como pago un bi- llete “grande” y, aunque la respuesta vaya a ser un obvio “no”, los comerciantes tienden a preguntar “¿no trae cambio?” cada que no se les paga con la cantidad exacta. Sucede, incluso, en los bancos.

Es común encontrar en banquetas, mercados o el metro, a plena vista y sin necesidad de escon- derse, vendedores de cds y dvds piratas que, ante miradas de duda sobre la calidad de sus produc- tos, aseguran a sus clientes “éste va garantizado”. Esas palabras, provenientes de alguien que se de- dica a una actividad ilícita para vivir, son suficien- tes para generar confianza en los compradores que, entonces sí, garantía de por medio, adquiri- rán la mercancía. De forma similar, los vendedo- res utilizan un as bajo la manga: la infalible frase “éste es del importado”.

Las vías rápidas de la ciudad suelen ser las más lentas en hora pico (irritante paradoja), situación idónea para que vendedores ambulantes (que se mueven a pie más rápido que los autos) invadan carriles centrales, ofreciendo bebidas, dulces, bo- tanas, juguetes o “artículos de novedad” (desde lupas, mapas y globos terráqueos, hasta linternas, matamoscas eléctricos o máscaras de presiden- tes, ex presidentes y otros maleantes).

El comercio informal dentro y fuera de las esta- ciones del Metro, así como en sus vagones, es tan común como el hecho de que sus representantes utilicen una voz de androide constipado para ofrecer a gritos los productos. Ello se debe a que utilizan técnicas fisiológicas empíricas de potencia y resistencia vocal.

En los pequeños negocios se estila utilizar un tipo de campaña publicitaria que apela a estimular la curiosidad del transeúnte mediante el texto “…y algo más”. Ejemplos: “Tacos, tortas… y algo más.” “Papelería, regalos… y algo más.” Es el teaser por excelencia; supone que la gente entrará aun- que sea a ver qué es ese “algo más” que se vende y terminará comprando algo más.

“¿Qué vale?” o “¿Qué cuesta?” –a lo que, usando la lógica, podría responderse con “Pues dinero”– son variaciones típicas de la pregunta “¿cuánto cuesta?”. “Le manejo lo que viene sien- do” no es más que un sinónimo de “ofrezco” bas- tante socorrido por los vendedores.——

Cine

Es una práctica común que los asistentes aparten de uno a seis lugares, mientras que los otros miembros de la manada salen a cazar nachos, palomitas y hot dogs (o “jochos”). Se efectúa mediante la colocación de objetos personales, como chamarras y bolsas, o bien mediante la categórica pronunciación de tapartado.

Poco a poco los chilangos comprenden que no es muy amable con los demás asistentes que sue ne el teléfono durante la función, así que ya son más quienes lo ponen en silencio o vibrador, sin embargo, aún no se elimina la costumbre de res- ponderlo cada que entra una llamada. A esto casi siempre le sucede una retahíla de “¡sh!” (la ono- matopeya de “silencio, por favor”), que termina siendo más molesta que la ofensa inicial.

Extrañamente, los chilangos tienden a dejar un asiento libre entre ellos y el asistente inme- diato. Dichos asientos terminan siendo ocupa- dos de cualquier forma, casi siempre por indi- viduos a quienes esta peculiar costumbre los orilla a separarse de sus acompañantes.

Basta una grosería o “mala palabra” pronun- ciada en una película en español o doblada al es- pañol para que la mayoría de los asistentes de la sala ría, sin importar el contexto. Además, no es poco común que haya aplausos en puntos álgi- dos o finales de ciertas cintas.

Bodas

Ahora los anfitriones invitan al festejo y a que les regalen no cualquier cosa sino artículos especificados en listas. Éstas suelen encontrarse en tiendas departamentales y, curiosamente, se les llama “mesas de regalo” aunque en realidad sean pocos los que regalen mesas.

Durante la fiesta se estila repartir artilugios con los que los invitados se divertirán entre dos y tres canciones y después irán a dar a la ba- sura. Entre ellos se incluyen sombreros de paja, maracas, máscaras de luchador, instrumentos musicales inflables, mangas coloridas, collares de flores plásticas y globos con formas fálicas. Por dicha práctica algunos ecologistas comienzan a considerar las bodas chilangas como ecocidios.

Las letras de las canciones más famosas de las bodas suelen ser protagonizadas por animales: “El venado”, “El baile del perrito”, “El gato vola- dor”, “El paso del mono sensual”, “La vaca”, “La cabra”, “El toro enamorado de la luna”, “El tuca- nazo”, “La víbora de la mar”, “El baile del sapo”, y “Sopa de caracol”.

Los meseros suelen atender a la gente de maravilla toda la noche, haciéndoles creer que reciben un trato preferencial (tragos dobles, atención plena, exceso de respeto, botellas de- jadas en sus mesas), lo que a veces hace pensar que ellos son los anfitriones e inversionistas del evento. Ya casi entrada la mañana, cuando en la pista suenan melodías en español de los años ochenta, dichos meseros realizan una efectiva formación merodeadora, que emula tiburones rodeando un trozo de carne sanguinolenta, y se encargan, mediante tácticas especiales y aprove- chando el estado etílico de los asistentes, de reci- bir cantidades de propina nada despreciables.

Los regalos y las propinas mencionados, más los gastos generados por concepto de estacio- namiento y apoyo económico a los encargados de los sanitarios, hacen que no sólo los anfitrio- nes, sino también los invitados deban planear los presupuestos de las bodas con antelación. Dichos eventos mueven grandes cantidades de plata (o “varo”, como se le conoce a la moneda de cambio en el DF).

Elevadores de oficinas

La mirada de los pasajeros suele ir clavada en el avance de los pisos o en algún dispositivo de co- municación móvil. Si se debe romper el hielo con los compañeros de trabajo, es recurrente acudir a una de las siguientes tres frases, lo cual garantiza- rá una charla superficial con la duración suficien- te para llegar al piso deseado:

“Qué calorón, ¿verdad?” (o su equivalente con el clima opuesto).

“¿Qué? ¿Ya mero?” (A lo que suele respon- derse: “Sí, ya mero”, aunque no se tenga idea de qué se está hablando).

“Pus ya a darle, ¿no? ¿Qué otra nos queda?”

Filas

Se les llama “colas”. Suelen ser desordenadas, lentas y con tendencia al caos. Si se colocan bandas retráctiles para delimitarlas, éstas suelen ser movidas, ignoradas, pasadas por alto (o por lo bajo, más bien) o desenganchadas. Impera una maestría para entrometerse en ellas y evitar formarse hasta atrás. A dicha práctica se le llama “colarse”. Saludos a la comadre en la fila de las tortillas o al compañero de oficina en la del cine, suelen ser coartadas para llevar a cabo dicha práctica.

48491Paciencia, saltamontes
Paciencia, saltamontes (Revista Chilango)

Trato con servidores públicos o privados

En esta ciudad se considera castigo divino, cruel tortura o labor extrema de nivelación de karma tener que hacer algún trámite gubernamental o aclaración en departamentos de “servicio” al cliente.

La paciencia de Buda y el carisma de Lucerito (cuando era niña) son recursos necesarios para obtener el objetivo sin consecuencias hepáticas. En esos momentos son los servidores quienes tienen el poder absoluto, lo saben y no temen usarlo.