De la alimentación

Revista Chilango

A la acción de ingerir alimentos se le dice comer, jambar, papear o tragar. Se hacen de una a cinco comidas diarias: desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena. La costumbre de comer entre comidas es picar, botanear o monchear.

Entre 2 y 3 pm son socorridas las llamadas “comidas corridas” –que algunos españoles confunden con “corridas comidas”, al igual que malentienden la oferta de las llamadas “pollas”–, que incluyen, a partir de 30 pesos, sopa, entrada (arroz o ensalada), plato fuerte y un postre tan pequeño que es apto para diabéticos; además de pan, tortillas y agua de sabor.

En dichos centros alimentarios o “fondas”, se mantiene la costumbre de desearle buen provecho a los demás comensales, aunque no se les conozca –es de los pocos momentos en que se dirigen la palabra entre desconocidos sin que alguno sospeche que es una táctica de asalto–. Uno de los platillos fre- cuentes en las comidas corridas es la “milaneza” (similar a la milanesa): una carne empanizada al estilo de Milán con influencias de Ciudad Neza.

Buena parte de la alimentación consiste en los llamados “antojitos”, preparados con una base de masa de maíz y algún relleno. Muchos comparten nombre con otros significados: gorditas (mujeres ligeramente pasadas de peso), sopes (axilas, sobacos), flautas (en instrumentos musicales hay “flautas dulces”, en alimentos no se estila) y huaraches (calzado semiabierto cuya suela cier- tamente mantiene un parecido con el platillo).

De lo más socorrido, a cualquier hora, son los tacos. Varían los rellenos de acuerdo al momento del día: por ejemplo, en las mañanas es común encontrar barbacoa o barbacha (borrego), carnitas (cerdo) o cecina (res); mientras que los reyes de la noche son los de cabeza (res) y los de pastor (cerdo). En las tardes se puede encontrar de todo, incluyendo el suadero (res) y los tacos de guisado (pollo, cerdo y res). A todos parecen encantarles (menos al pollo, al borrego, al cerdo y a la res).

Una versión chilanga de los tacos, que se dife- rencia por la forma de doblarlas, son las quesadillas (o “quecas”). En el DF, a diferencia de varias partes de México e incluso del mundo, una “que- sadilla” no necesariamente incluye “queso”.

Definitivos protagonistas de nuestra alimentación son los tamales. Cuando el sol apenas acaricia las banquetas, ya están disponibles en las esquinas, en su versión “sencilla” o dentro de un bolillo re- cién hecho: peculiar emparedado conocido como “torta de tamal” o “guajolota” –bomba de masa con pleonásmicas cualidades–.

Por si no fuera suficiente el aporte calórico, afuera de las estacio- nes de metro es común encontrar tamales fritos, sumergidos en aceite hirviendo, que sí, increíble pero cierto, también existen en su versión guajo- lotera. Por las noches, más común que escuchar grillos es oír la peculiar voz, ligeramente nasal, de aquel omnipresente que, mediante grabaciones y altoparlantes, invita a que se acerquen y pidan sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños, tamales calientitos. Nadie sabe a ciencia cierta quién es el dueño de esa voz icónica en la industria tamalera capitalina, pero es tan famosa que incluso se le puede adquirir como ringtone para el celular.