Cuéntame una del Libro Vaquero

De los puestos de periódico a galerías de arte

Nota del editor: Este texto aparece en la revista Chilango del mes de junio, por lo que sólo es un extracto, a propósito de la exposición curada por Marisol Rodríguez en Checoslovaquia.

 

No llevan sombreros ni jeans. Tampoco lucen rudos y, aunque son leídos por miles de personas, viven en el anonimato. Tienen en promedio 50 años y juntos se comportan como un grupo de adolescentes. «En el Metro veo a la gente leyendo mis historias», presume Javier Vargas, guionista de El Libro Vaquero. A su lado están Fernando Varela y Javier Benítez, respectivamente editor y portadista de la publicación próxima a cumplir 34 años. Conocen los prejuicios sobre su obra y disparan sus argumentos: no es porno ni literatura barata. Su éxito radica en crear emociones para sus lectores que a diario salen a trabajar en una rutina mecánica. 

Se han citado en las oficinas de la editorial Hevi que publica El Libro Vaquero, en la colonia Roma, donde trabaja Varela, para dirigirse al taller en el que se dibujan las 190 escenas que en promedio ilustran cada número semanal. Los tres provienen del Estado de México (incluso el editor, que vive en Coacalco) e Hidalgo. Ninguno sabe cómo llegar a la colonia Granjas San Antonio, en Iztapalapa, donde está el taller. Apenas caben en el asiento trasero del auto que los lleva. Viajar cuerpo a cuerpo los motiva a lanzarse albures y dobles sentidos para romper la tensión. 

Ellos, tan acostumbrados a los llanos y desiertos de sus historias, se muestran asombrados ante el Viaducto, Cuauhtémoc y Río Churubusco. Parecen tres vaqueros perdidos en la ciudad, sin caballos y en medio de la estridencia del tráfico capitalino. 

«Pasen, pasen, aquí trabajamos.» Llegan a un departamento amplio e iluminado que ocupa un solo piso. Es un hogar y también un taller. Es la casa de Rodolfo Pérez García, ?Pegaso?, el dibujante de El Libro, un hombre bajito y bonachón que no deja de sonreír. Se dirigen al fondo del lugar a través de un pasillo por el que se ve la cocina y las recámaras de la familia. Al final está la habitación que sirve de taller de dibujo. Hay mesas de trabajo, tintas, lápices, reglas y equipo de cómputo. Impera el orden y la limpieza, y lo único bohemio es la música francesa que sale de las bocinas.

«¿Una cubita?», ofrece Pegaso. Algunos aceptan y empiezan las risas. Es una reunión de viejos amigos en la que van y vienen las viejas anécdotas y los nombres de conocidos. Quizá no tengan el porte de cowboys, pero sus andanzas para formar parte de una de las publicaciones mexicanas más populares son dignas de ser contadas.

La época de oro

Fernando Varela, el editor que ha estado en la publicación desde sus inicios, cuenta que El Libro Vaquero buscaba la tradición de publicaciones similares, como El Libro Semanal o El Libro Policiaco, o de íconos de la historieta mexicana como Kalimán o Memín Pinguín. Pero su temática no se había explorado: las aventuras en el Viejo Oeste. A la larga, los acabó superando en longevidad. Kalimán, por ejemplo, alcanzó más de 1,300 números en 26 años, y Memín Pinguín, el clásico de Yolanda Vargas Dulché, logró 442 capítulos. El Libro Vaquero ya rebasó los 1,500 y sigue sumando.

Para mediados de los años ochenta, El Libro Vaquero vivió su época dorada. Su tiraje alcanzó 1,500,000 con la publicación de su número titulado ?Luz brillante?. Un exitazo en los puestos de periódicos. Incluso sobrevivió a los cambios y altibajos del mundo editorial que el diario Novedades, que lo editaba, no pudo superar. Mientras el periódico salió por última vez el 31 de diciembre de 2002, El Libro sigue con vida bajo la misma casa editorial, aunque ahora renombrada como Hevi.

Actualmente el tiraje semanal ronda los 400,000 ejemplares, que al año representan 20,800,000, una cifra impactante considerando que la revista política Proceso lanza un tiraje semanal de 120,000 ejemplares.

El hombre detrás del libro

Fernando Varela es el sheriff, la máxima autoridad de esta historia. Sin él no se podrían entender las más de tres décadas de El Libro Vaquero. Más de la mitad de su vida ?tiene 51 años? se le ha ido en resolver y dar vida a rivalidades entre pieles rojas y vaqueros, pleitos de cantinas por mujeres y duelos al amanecer.

El oficio literario lo aprendió sobre la marcha y con el paso de los años. Contador de formación, llegó como auxiliar contable a Novedades, donde vio nacer El Libro. Varela dejó la monotonía de las cuentas por su aventura con vaqueros. Primero cuidó la edición, luego fue auxiliar de la dirección y director de arte, hasta que ascendió a editor. Él decidía si publicar o no una historia.

«Fui aprendiendo con el tiempo. Una buena historia debe tener pasión, aventura y romance para entretener al público. A veces hemos regresado argumentos porque no son fieles a El Libro, no respetan su forma ni lo que busca provocar en el lector. Algunos autores intentan experimentar, pero somos respetuosos del formato de El Libro», dice.

Varela es alto, moreno y robusto. Aparenta una molestia eterna, observando con recelo. Pero su voz pausada y mansa desarma la máscara. Viaja de lunes a viernes desde Coacalco, en el Estado de México, a la Roma. Revisa guiones y viñetas.

«Llevo casi 34 años en esto. A mis hijos les da orgullo y le cuentan a sus amigos a qué me dedico. Los sorprenden, no se imaginan que trabajo en El Libro. Para mí es un orgullo porque es una publicación clásica en México.»

Alguna vez, confiesa, intentó colaborar en un argumento de El Libro. Dio ideas de escenas y argumentos, pero la historia no cuajó. Entonces entendió que lo suyo es dirigir y guiar el proceso creativo de sus colaboradores.

El argumentista

«Uno de mis grandes sueños era escribir en El Libro Vaquero. Busco darle a la gente emociones, lo que quizás la vida real no tiene», dice Javier Vargas sentado en el sillón del taller de dibujo de Pegaso, quien asiente ante la explicación de su compañero. 

Aprendió a escribir de forma empírica y, como Varela, también dejó la rutina de la contabilidad por el mundo editorial. Un guión con acción, en el que los personajes parecen tener vida, facilita el trabajo a caricaturista y portadista. Dice Pegaso: «Para mí también es como jugar, a veces siento que dibujo historias que imaginaba de niño entre policías y ladrones, de vaqueros y pieles rojas.»

Las mujeres indefensas que eterna y sospechosamente visten ropas ajustadas o están en negligés son responsabilidad de Vargas. Le gustan rubias y voluptuosas. De pronto lanza una declaración que hará protestar a las feministas: «Una historia sin la presencia femenina no sería buena, y si ponemos una mujer con buen cuerpo y bella, es mejor. Pero con los gobiernos del PAN las cosas han cambiado: ya no podemos maltratar a una mujer en las historias.»

A partir de 2000, con el cambio de partido político en la presidencia, la Secretaría de Gobernación emprendió una cruzada contra el abuso físico y sexual hacia la mujer. Dice Varela, editor de la publicación: «Antes había un poco más de violencia hacia la mujer, pero nos han pedido no hacer alegoría de esto para no incitarlo. Nos han dado talleres a nosotros y otras publicaciones. No ha sido censura. Ahora, cuando se trata de una escena de pasión, dibujamos la casita con unos caballos, nada explícito. Y cuando es un ataque sexual, es similar: ponemos un águila atacando una serpiente, o un lobo, algo que lo exprese».

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Vaqueros 2 (Pepe Quintero)

Lápices y pinceles

Pegaso abre un cajón de su taller y muestra una carpeta con dibujos eróticos y pornográficos, heterosexuales y gays, que dibuja en su tiempo libre y por encargo de páginas web. Tiene hadas con ropas diminutas que no corresponden al
tamaño de sus senos y glúteos, y monstruos en situaciones homoeróticas con miembros de tamaños ni siquiera vistos en películas porno. Muy distintos a los dibujos de vaqueros y caballos que habitúa. «El Libro Vaquero nunca ha sido porno y mucha gente lo juzga sin haberlo leído. No tiene desnudos ni groserías, sino un perfil familiar», defiende.

Parte del declive de las historietas en México, cuenta, ocurrió en 2001. Aparecieron varias publicaciones que querían emular a El Libro, pero con una sexualidad que rayaba en lo vulgar. Esa mala fama los dañó.

Pegaso estudió ingeniería, que abandonó por dedicarse a su pasión: dibujar y dibujar.«Los maestros me regañaban porque tenía los cuadernos rayados», dice. 

Su seudónimo es una combinación de las letras de su nombre y el de su esposa, Olivia, quien también dibuja y labora junto a él. El resto del equipo que trabaja en su casa-taller lo integran Fidel, encargado de entintar los dibujos que Rodolfo hace a lápiz, y Lupita, responsable de la creación de escenarios.

Del grupo, Javier Benítez, el portadista, es el único con una vestimenta que da un aire de cowboy: lleva botas, tiene barba entrecana y patillas abundantes. Añade un toque moderno con las gafas oscuras Ray-Ban tipo aviador. Es el único que no llegó por accidente a la profesión. «Quería estudiar pintura, pero mi papá me dijo que me moriría de hambre. Total que estudié diseño gráfico pero acabé pintando y no me muero de hambre, de esto he vivido y ganado bien». Vive en Ciudad Sahagún, Hidalgo, con su familia. Cada dos semanas, justo en miércoles, viaja al DF a entregar su portada. 

A caballo

Quien menosprecie El Libro Vaquero ignora la labor artesanal y de larguísimas horas que hay para que cada número llegue semanalmente a los puestos de periódicos. El proceso, aunque esencialmente creativo y artístico, también está sujeto a plazos y ritmos que deben cumplirse para evitar retrasos en la producción.

Desde la computadora de su casa, Javier Vargas sólo tiene tres días para escribir el argumento. «Son un promedio de 190 escenas. Y de cada una deben incluir los diálogos y anotaciones: dónde se desarrolla, cómo son los personajes, todo», explica Vargas. Una vez que recibe el visto bueno del editor, el texto va con el cartonista, quien en unas 92 láminas de cartulina blanca traza los cuadros de las escenas y escribe los diálogos de los personajes. Deja en blanco el resto del espacio, para los dibujos. Después llega el turno de Pegaso y su equipo: a lápiz y tinta china, dan vida a las escenas de la historieta. Este proceso tarda hasta dos semanas, pues se hace a mano, con el dolor de espalda y cansancio de vista que implica. «A veces estamos hasta 12 horas seguidas dibujando y los muchachos se llevan trabajo a casa para seguir», dice.

Cuando todo está listo inician dos procesos paralelos: escanear los cartones para agregarles color digitalmente y que Benítez capture en una pintura la esencia del relato para la portada. Casi un mes después, la historia está lista para enviarse a imprenta y llegar a los puestos de periódicos.

Por ahora, la editorial Hevi quiere relanzar El Libro con una campaña publicitaria por toda la ciudad, una cuenta de Twitter (@El_LibroVaquero) y una convocatoria para que las mujeres que deseen salir como heroínas del argumento manden sus fotos como vaqueras o apaches. Han recibido bastantes solicitudes, pero aún no cierra el certamen.

Duelo de argumentos

En un país donde los habitantes leen un libro al año en promedio y la educación es un problema estructural, El Libro Vaquero aparece como uno de los malos del cuento. «Quizá lo más reprochable es que leerlo conlleva un trabajo menor y quienes lo leen no dan el paso a la gran literatura. Tampoco lo impide, es cierto», explica Arturo Hernández, especialista en literatura popular y de masas por la UNAM.

Pero Antonio Reyes, editor general de la casa que edita El Libro, desenfunda y reta: «Que alguien me diga, ¿en qué daña El Libro Vaquero a la lectura?, ¿cómo afecta para que en México se lea poco?»

Los argumentos ahí están, frente a frente, como en un duelo…