Relato desde el rincón de una cantina

En algunas cantinas y cabarets del Centro Histórico, que en estos días se pueden contar con las dedos de las manos y tal vez sobraría alguno,  todavía es posible encontrarse con mujeres de más de 50 años mesereando en minifalda, camisa entallada y escotada.

Un uniforme que si no es muy común observar en meseras de un antro, lo es todavía menos en mujeres con la edad de nuestra madre o incluso hasta de nuestra abuela.

De acuerdo con Pedrito, cantinero que por más de 40 años ininterrumpidos ha laborado en cantinas y centros nocturnos del DF, todos los lugares en los que aún se ficha vivieron su mejor momento en la década de los 70.

“Hoy en día la ficha ya no es negocio, en la gran mayoría de lugares en donde ves verdaderas ficheras es porque ellas tienen una amistad de años con el dueño; de otro modo ya no seguirían ahí. Ya no es negocio -dice mientras prepara un ‘charro negro’- porque lo que hace una fichera (hablar con el cliente) es exactamente lo mismo que hace una teibolera, con la diferencia de que en el table dance puede que sí sea mucho más caro, pero también las mujeres son mucho más jóvenes y bonitas”.

A pesar de que “la ficha” se originó en los cabarets de la década de 1930, en la actualidad sigue siendo prácticamente lo mismo: una mujer que trabaja en un cabaret o cantina se sienta con un cliente hasta que logra convencerlo para que él le invite bebidas alcohólicas, cuyo costo es más alto que el de las copas de los parroquianos. Antes se acostumbraba que el dueño del lugar le daba a las chicas una ficha por copa consumida, al final de la jornada las intercambiaban por dinero. Ahora, les llevan su propia cuenta personal.

Minutos después, estando ya cómodamente en mi lugar, una señora de 56 años en minifalda negra se sienta a mi lado, a continuación pregunta: “¿me invitas una copa?”.

Pido un trago para quien dice llamarse Clara y tener 51 años, después me confesaría que esa edad es falsa. Trajeron las copas en 3 minutos, lo cual me sorprendió, por lo que exclamé: “¡qué buen servicio!”. Clara me respondió: “la casa pierde”. Y es que hay veces en que, si se tardan un poquito en traerle las cosas a los clientes, éstos se van “o dicen que ya no quieren estar con una. Por eso cuando pides algo sin estar acompañado sí se tardan un poquito, pero cuando estás conmigo o alguien más, todo te lo traen de volada”.

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Estoy en el rincón de una cantina (Aldebarán Rodríguez)

Nuestra charla inicia llena de clichés: “¿cómo te llamas?”, “¿de dónde eres?”, “¿en qué trabajas?”, “¿cuántos años tienes?”. Las respuestas son los mismos clichés que sin duda ha escuchado miles de veces. Pero, de alguna inexplicable manera, Clara gesticula asombro al escucharlos, lo cual, también de manera inexplicable, sorprende a sus acompañantes.

“Aquí una tiene que escuchar al cliente”, me dice Clara, “aunque estén borrachos, tristes, enojados, como sea que anden. Aquí una siempre los escucha con atención, es por eso que ellos nos cuentan siempre sus verdades, muchas cosas íntimas, pero verdades verdaderas”.

“No te creas que es como con las viejas esas teiboleras, a ellas siempre les dicen lo mismo. A nosotros sí nos cuentan sus problemas en casa, los que tienen con su familia, con su trabajo, con su vida. Además, de tanto tiempo de trabajar en esto, ya sé cuando alguien está mintiendo –me dice mirándome a los ojos–.

Sintiendo su mirada y con la intención de romper la tensión que se generó, le cuestiono: “¿Cuál es la pregunta que más te molesta escuchar?”. Ella responde: “Hay muchas, cuando los clientes andan borrachos me dicen muchas cosas, que cuánto cobro, que si esto, que si aquello…”.

La mayoría de los clientes de este lugar son hombres maduros, de unos cuarenta y tantos años para arriba, aunque también hombres y mujeres jóvenes, pero a diferencia de los otros “ellos vienen en un plan de diversión un tanto morbosa, no paran de reír y de hablar como en una reunión de amigos. Al mismo tiempo miran de abajo hacia arriba a las meseras, se secretean cosas de ellas -nos cuenta Pedrito. Ya nos ha tocado darles sus buenos madrazos a unos que otros de esos chavitos mamones presumidos que nomás vienen a chingar”.

“A veces vienen buena onda y echan su relajo. Otras vienen como con la intención de nomás ver qué hay o de qué se trata aquí, pero como burlándose. ¿Sí me explico? Y pues eso la neta no se vale, está bien que ellos sean riquillos, burgueses y sus papás les compren cosas, pero eso no les da derecho de burlarse de nadie que esté trabajando, y mucho menos aquí”.