Amat Escalante, un tipo con mucha suerte

Entrevistamos al director de 'Heli'

Foto: Alfredo Pelcastre

Ganó el premio como mejor director en Cannes con Heli, que hoy se estrena en cartelera, y no le ofende no recibir un Ariel. ¿Qué hace tan interesante a este realizador?

Amat Escalante siempre fue el más joven. En su familia, en su escuela, en Cannes. Este hombre, hoy de 34 años, habla despacio como quien quiere pulir cada palabra antes de soltarla, pero ha vivido a la velocidad de los genios convencidos de que el tiempo no siempre será su aliado.

A los 12 años vio El exorcista y se desmayó. Decidió que sería cineasta. «Esa película me abrió los ojos. Pensé: si el cine nos puede manipular hasta provocar reacciones físicas, entonces eso quiero hacer.»

A los 15 dejó la escuela para dedicarse de tiempo completo a leer, ver, escribir y soñar cine. A los 20 fue a Barcelona a estudiar formalmente, pero a los seis meses decidió que “no le pagaría a alguien para que me diga que tengo talento”. Lo dejó todo en su ciudad, Guanajuato, y se fue a Cuba seis semanas para un taller de documentales.

“Aprendí muchísimo, entre otras cosas, que los documentales no son lo mío”, dice. A los 26 años hizo su primer largo, Sangre, y su primer viaje a Cannes en la sección Una cierta mirada. Tres años después regresó con Los bastardos y cinco años más tarde, el festival lo premió como el mejor director, por encima de otros 19, como Roman Polanski, los hermanos Coen o Jim Jarmusch, por su película Heli.

A nadie le recomendaría seguir sus pasos, “dejar la escuela a los 15 es un gran riesgo, pero me gusta tomar decisiones con las que puedes chocar y arruinarte la vida o conseguir lo que quieres”. Amat sonríe poco y con timidez, mirando sus pies por debajo del escritorio desde el que ha dado hoy unas seis entrevistas.

«Pensé: si el cine nos puede manipular hasta provocar reacciones físicas, entonces eso quiero hacer.»

Desde que ganó el premio, había conversado con unos 28 reporteros en cuatro días. No lo llama fama, sino “gajes del oficio”; no llama cine a lo que hace, sino “pequeñas confesiones”; no se cree el mejor director, sino un tipo con una suerte sorprendente.

“Tengo baja autoestima”, se disculpa. Eso dice, pero ante la avalancha de críticas que recibió por las violentas escenas de Heli, se mantiene firme y seguro de lo que hace. Le apuesta a la ambigu%u0308edad y la interpretación.

“Si te indignas o te molestas tanto que te sales de la sala de exhibición, es cosa tuya, no mía o de la película. El problema eres tú”, dice en una de esas contadas respuestas en la que sostiene mi mirada.

El efecto Reygadas

Antes de conocer a Carlos, conoció su obra. Cuando vio Japón buscó la forma de contactar al director que se convertiría en su principal influencia. “Lo busqué como fan”, confiesa. Reygadas respondió sus correos electrónicos y se conocieron en Barcelona gracias a un amigo en común.

Amat le mostró su cortometraje Amarrados y desde entonces, poco a poco, descubrieron el camino que recorrieron juntos sin saberlo. “Lloramos y reímos con las mismas películas. Buñuel, Tarkovski, Werner Herzog y Stanley Kubrick fueron nuestros faros de luz, los motores que nos empujaron hacia el cine. Y eso lo descubrimos con el trato, con el tiempo”, dice.

Amat fue su asistente en Batalla en el cielo y Reygadas, su productor en Heli. Y éste recibió también, en 2012, el premio al mejor director por Post Tenebras Lux. La huella del uno y el otro es evidente, se siguen los pasos y el ritmo pero nunca se tocan.

“Incluso si mis películas fueran iguales a las de Carlos, me sentiría halagado. Pero no lo son. Tampoco me importa que lo digan o crean, algunas personas no son muy inteligentes cinemáticamente”, dice.

Mientras Amat festejaba en Cannes con sus productores y un poco de mezcal, en México entregaban los Arieles de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Nunca mencionaron su nombre. Entonces sí se le escapa una risa sonora. “Si me ofendiera no recibir un Ariel, debería replantearme mi carrera.”