Calabozo del Androide 27

La gráfica huraña de David Weidman

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Probabilidades hay de que hayas visto el trabajo de David
Weidman
pero no lo sepas. De cualquier manera, él y colegas suyos como Charley
Harper
o Jim Flora, sin duda, influenciaron a una entera generación de artistas
que crecieron mirando caricaturas y descubriendo vestigios impresos en mercados
de pulgas y tiendas de antigüedades.

Distinguido alumno del Otis College of Art, Weidman
principió su carrera profesional a comienzos de los cincuenta, trabajando como
ilustrador comercial. Pronto se vio involucrado con la animación. Sus pigmentados backgrounds y gordinflones narigones
abrieron las puertas de numerosos estudios filmográficos avant garde de la época.

Al principio, se trataba una tortuosa labor. El calibrar su
extensa paleta de colores al blanco y negro de la mayoría de los televisores
cincuenteros. Arduo y largo era el proceso. Los Fractured Fairy Tales, Mr.
Magoo
,
Gerald McBoing-Boing y
Charlie Brown, figuraron como algunos de los proyectos donde Dave estuvo involucrado.

La carencia de comisiones temporales que la industria del
entretenimiento ofrecía, condujo a Weidman por una interminable malla, rociada de
tintas y xilol. Con rasero como cubierto, paladeó el sabor de la serigrafía.
Por más de veinte años, el distante solitario californiano,
propagó montones de caprichosos y policromáticos carteles retacados de formas y
gamas de colores. Las mismas que hicieron a sus trabajos previos tan distintivos
y atemporales, pero que eludieron la fama. “Cuando comencé a imprimir, en un sentido, sólo reproducía
mis pinturas. No estaba familiarizado con el medio. Más tarde, cuando el método
se volvió lo suficientemente claro, lograr las imágenes deseadas se tornó lo
suficientemente complicado
”.

Incorporando palabras y frases acidas connotadas de política
y religión, David Weidman expresa sus pensamientos y puntos de vista a la par
de su tintero. Una especie de terapia donde soldados armados de flores, osos
grizzly con corbata, beagles con bombín y felinos malandrines, se recuestan
sobre un diván de obsesiones e inquietudes.

A sus 89 años, el gran Dave vive con su esposa Dorothy en su
casa californiana llena de cerámica y esculturas hechas por él mismo, reflejo
de su peculiar y longeva perspectiva creativa.