“Este hombre, Melgar se llama, es de Barranquilla: una especie de hipnotista, de chamán… Él decía ser terapeuta, pero siempre trabaja con grandes grupos, como para dar un show, y sus ‘pacientes’ no sólo quedan en trance sino que pierden totalmente el control: tienen espasmos, convulsiones, hablan en ‘lenguas’… Él usa acupresión, alguna forma de reiki, no sé.

“Primero no quería oír hablar de mí. Entonces supe que él grababa muchas de sus sesiones y las subía a YouTube. No se ve gran cosa en los videos, pero sí, de pronto, que él mete las manos bajo la camiseta de las mujeres, como para tocarles el esternón. Se nota que no les toca nada más, pero le pagué a un periodista para que lo denunciara diciendo que a todas les apretaba los pechos, que sólo las hipnotizaba para violarlas, y todo el mundo lo creyó. Lo echaron de una universidad en la que daba clases, perdió a toda su clientela… No le quedó más remedio que aceptar lo que yo le ofreciera.

“En los performances que grabamos él me ‘prepara’ a varias muchachas… y yo les hago lo que se me antoja. Y he llegado muy lejos. Hay desde lo más simple, como desnudar a una y penetrarla, afeitarle todo el cuerpo a otra, cubrirlas de pintura o mermelada, colocarlas en posiciones raras, organizar un gangbang… Hay desde eso hasta la mejor que hemos hecho: una competencia entre cuatro parejas a ver quién lograba el fisting más rápido. Yo pensé que iba a ganar pero uno de los tres asistentes que contraté resultó ser un salvaje. Tardó minutos. Yo no pensé que fuera físicamente posible. Y los gritos que las mujeres dieron cuando se les despertó…

“Yo soy, claro, a quien le gusta la parte de la insensibilidad: la idea de que la conciencia desaparece. Pero en el fondo la serie es también un documental sobre la corrupción: se suponía que este Melgar era un curador, que usaba sus habilidades para ayudar a la gente, que les daba experiencias tremendas pero reveladoras, y yo lo he convertido en algo horrible. Y, claro, él mismo dice que no sabe qué podrá hacer cuando yo me aburra y lo despida. Es de lo más sugestivo que el grupo ha hecho.”

Las primeras obras del Club de los Seis fueron recibidas con indignación y escándalo que alcanzó incluso a sus primeros compradores. Más adelante se fue percibiendo el secretismo con el que se conducían los miembros del Club –la manera en la que su trabajo se mantenía comparativamente oculto, sin intentar siquiera colocarse en los circuitos oficiales del arte contemporáneo– y la crítica empezó a considerar su obra entera como una metáfora relacionada a partes iguales con el sexo, la transgresión, el dinero y la culpa. Mignon Dixon, por ejemplo, escribió en una nota famosa publicada en la revista Artforum que el Club de los Seis es “una representación del poder absoluto y la impunidad que éste concede”: una imagen de lo que la élite global más elevada puede hacer, y hace constantemente, a despecho de las leyes y los principios morales que se enseñan a las masas a través de los medios.