“Richard Gere es de nuestros grandes admiradores. ¿Conoce la leyenda que se cuenta de él, un proctólogo y un cuyo? Hicimos algo todavía mejor para un cortometraje hace dos años, en Gotinga. Lo dirigió Jennifer Lynch, la hija de David, ¿sí sabe usted quién es?, y fue en blanco y negro, con película química. A la antigua: un trabajo finísimo. Y, claro, la escena culminante fue real.

“¿Conocen en su país la mitología griega? ¿La historia de Pasifae? Es la princesa que se enamoró de un toro sagrado… Yo era Pasifae y Richard era el pastor que cuidaba al toro y me dejaba pasar… Costó mucho entrenar al animal pero todo salió muy bien. ¿Alguna vez usted ha…?

“¿No?

“No tiene idea de la pureza de las sensaciones. Es carne que se mueve alrededor de la carne y nada más. Nada. Ni amor, ni motivos ni…

“Ustedes discriminan a las mujeres con el argumento de que no piensan, ¿no es así? En su país. Yo, señor, le puedo asegurar que hasta las mujeres piensan, así que esto es mucho, muchísimo mejor…”

No todos los miembros del Club de los Seis se involucran directamente en la creación de las obras atribuidas al mismo y comercializadas como tales. Sin embargo, la participación de otros artistas siempre está subordinada a la dirección de los miembros del grupo, que no revelan el procedimiento por el que toman sus decisiones. En este sentido, la “asistencia” de artistas tan diversos como Michel Gondry, Pina Bausch, Joel-Peter Witkin, Chen Zhen, Francis Alÿs, Björk y muchos otros –ninguno de los cuales llega a conocer a sus patrones, pues éstos se comunican solamente por teléfono o correo electrónico– puede verse al mismo tiempo como un reflejo de los proyectos de “artistas anónimos” del siglo XX, como The Residents, y del protagonismo del productor como se le entiende en la música y el cine más comerciales: como director de grandes proyectos que llevan su sello más allá de las intenciones de los creadores a los que dan salario.

Por otra parte, la razón más evidente del aislamiento de los miembros del Club es que los intereses de cada uno (“las adorables perversiones que son el tema de cada una de nuestras obras”) son ilegales en varios países.