Los maestros, como los caninos: los hay grandotes, chiquitos, amigables y violentos. Hay unos que se nos quedan en el corazón para siempre mientras otros que se nos echaban encima a la menor provocación, sin hacerles nada. Se tratara de los chidos o de los maloras, nuestros estimados mentores se auxiliaban de estas cosas, que poco a poco están siendo reemplazadas por cosas más tecnológicas. ¿Te acuerdas?

Sellitos

Cuando nos aplicábamos a terminar rápido las planas y además hacíamos la letra derechita, la maestra solía ponernos una pequeña abejita que venía acompañada de la leyenda “sí trabaja”. Si nos pasábamos de cochinos y hacíamos borrones con la goma, nos ponían un marranito. Cuando nos daba por entrarle duro al chisme nos ponían un periquito de “platica mucho en clase” y cuando de plano nos la pasábamos de haraganes el sellito era de un oso echando la hueva o una tortuga leeenta. Hoy estos sellos están prohibidos en muchas escuelas quesque porque trauman a los niños, pero nosotros los recordamos con bastante cariño.

Mapas

Los mapas eran una de esas cosas que nos pedían para el fin de semana y recordábamos comprar hasta el domingo a las nueve de la noche, cuando ya habían cerrado la papelería que estaba a la vuelta. Entonces nuestra mamá nos regañaba por incumplidos y por no avisar las cosas a tiempo. Estos mapas podían ser con y sin división política, con nombres o sin nombres (para que nos aprendiéramos mejor los estados) y también de orografía (montañas y volcanes), hidrografía (ríos y lagos) y no sólo de México, sino también mapamundis y de otros continentes. ¿Alguien aquí todavía se sabe las capitales? Es pregunta seria.

Borradores y gises

En nuestros dinosáuricos tiempos (allá por el Pecámbrico Tardío) los pizarrones todavía no eran blancos, sino verdes, y no se usaban plumones de colores para escribir en ellos, sino gises. Okei, todavía hay escuelas que los usan pero cada vez son menos, pues se ha comprobado que inhalar el polvo del gis le da en la torre a los pulmones de nuestros amados maestros. Aunque su aparato respiratorio ahora goza de mejor salud, los nuevos teachers ya no pueden aventar gises a la cabeza de quienes no ponen atención en clase. Y aunque los tuvieran, los chamacos de hoy ya de todo acusan y a los alumnos no se les puede tocar ni con el pétalo de una rosa. Había maestros que estaban al último grito de la moda y tenían sus propios portagises.

Antenas como señaladores

Antes de que los rayos láser se pusieran de moda y al alcance del común de los mortales, los maestros tenían que ingeniárselas con lo que tuvieran a la mano para señalar las cosas que no quedaban tan a la mano en el pizarrón. Para ello usaban su metrote de madera (ahorita vamos para allá), alguna vara o de plano le arrancaban la antena a una radio vieja, de esas que se estiraban y volvían a hacerse chiquitas (sin albur, no se prendan). El caso es que para el ingenio los mexicanos somos finos y nuestros queridos maestros no podían quedarse atrás.

Juego geométrico

¿Cómo es que los maestros nos enseñaban las bases de geometría y dibujaban con precisión las figuras sin irse chuecos? Ah, pues con su escuadrota, su metrote, su transpotadorsote, su escote… ah, no, ése no. Ese juego de geometría gigante que tenían nuestros profes tenía varias particularidades, como un compás cuya punta no era de lápiz o carboncillo, sino de gis. Además, mientras nuestra reglita por lo general medía 30 centímetros y se rompía luego luego dentro de la mochila, el de ellos era un metro que también les servía para golpear en la paleta de las butacas cuando estábamos haciéndonos rosca y no poníamos atención. Algunos pasados de lanza de plano sí lo ocupaban para golpearnos con él como si fuera la escuelita de Ortiz de Pinedo, aunque ahora esa violencia ya está más que prohibida.

Monografías/biografías

Ahora que ya todo se encuentra en Internet, las monografías y biografías están a punto de pasar a mejor vida, pero en nuechtroch tiempoch (léase como abueltos sin dentición) teníamos que acudir en su búsqueda a la papelería. A veces no había y teníamos que emprender todo un vía crucis para encontrar los móndrigos papelitos, todo porque a la maestra se le ocurría pedir monografías de temas absurdos o de personajes muy poco memorables. Los profes también tenían las suyas, que eran tamaño mural, que pegaban en las paredes y el pizarrón, porque en otro lado no cabían. Ah, qué recuerdos.

Maquetas

Típico: te daban quince días o hasta un mes para hacer una maqueta decente y ahí estabas el domingo en la noche pegando palitos de paleta y sopa de codito porque el chamaco se la pasó rascándose la barriga y diciendo “ay, al fin que falta un buen de tiempo”. A todos nos tocó hacer la maqueta del Sistema Solar, allá cuando no había duda de que Plutón era un planeta y no los vendían prefabricados como ahora. Nosotros nos rifábamos buscando bolas de unicel de diferentes tamaños cortarlas, pintarlas y montarlas sobre papel cascarón. Y todo para que ahora los astrónomos digan que los planetas ya no lo son. ¿Cuántos más? ¿CUÁNTOS MÁS?

Proyectores

Antes de que las presentaciones por computadora fueran la cosa más común, nosotros los hombres de las cavernas usábamos acetatos impresos o pintados con plumón, mismos que poníamos sobre la luz del proyector para que se viera aquello que queríamos explicar. Como para ello era necesario cerrar las cortinas o bloquear la luz, esas exposiciones eran el momento perfecto para echarse una sabrosa jetita, sobre todo cuando el tema era interesantízZzZ…imo.

Ay, ya casi nos brota la lagrimita Remi al acordarnos de aquellos tiempos. ¡Maestros, cómo los amodiábamos! Si conocen algún maestro compártanle esta nota, porque antes de serlo primero pasaron por los pupitres. Seguro se identificarán.

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