Urbe de fierros

Felices como adictos

 Ilustración Federico Jordán

Sergio GonzálezLa velocidad y el desafío como normas de
conducta entre la población joven de la capital. Esto se puede deducir de los
accidentes automovilísticos que persisten en la urbe: los accidentes de
tránsito alcanzan aquí su mayor índice y primera causa de muerte entre quienes
tienen 15 y 29 años de edad, de acuerdo con cifras oficiales.

Los jóvenes chilangos gustan de beber
cocteles que aceleran su euforia y prolongan la ebriedad en días de fiesta o de
entretenimiento nocturno: energizantes y licores de alto grado. Por ejemplo,
Jägermeister y Boost, el llamado coctel "Perla negra". A volar duro. Por vía de
la red Twitter, el otro yo rapidísimo de la tribu juvenil, pueden evadir a
tiempo los retenes de la prueba de alcohol punitiva que las autoridades imponen
a los automovilistas por las noches.

Pero resulta difícil engañar al cuerpo:
los expertos advierten que puede haber daños graves en el sistema cardiaco y el
hígado cuando se ingiere ese tipo de cocteles. A pesar de eso, 60% de los
jóvenes los consume, y si de por sí el efecto es severo, mezclado con "tachas",
pastillas o cápsulas de éxtasis (MDMA o 3,4-metilendioximetanfetamina), la
consecuencia se vuelve digna de un relato del Libro Vaquero: alegre, fascinante
y letal.

El imaginario que se impone para
acompañar tales gustos proviene de la instantaneidad hiperquinética de
internet, los videojuegos y el resto de los gadgets que la generación de los
nacidos hacia 1980 y después ha empleado desde temprana edad. Algo supersónico,
pluridimensional y compulsivo. Lo malo es que la realidad tiende a ser lenta,
opaca y obstaculizadora. Los intereses vitales suelen ser los bares, el ocio,
la narcosis, la indiferencia radical que describió tantos años atrás Irving
Welsh en Trainspotting, y que puso al día Daniel Krauze en su novela Cuervos
después de aclimatarla a la Ciudad de México y su épica urgente en torno del
consumo de Jägermeister y éxtasis.

Los datos públicos expresan que en todo
el país hay 4.7 millones de adictos. Los rasgos importantes del tema señalan un
incremento "importante" del consumo de cocaína, que ya suman 1.7 millones, y
que se han cuadruplicado las metanfetaminas respecto de la década anterior. Los
consumidores de marihuana se cuentan por más de 3 millones. Las cifras, sin
embargo, se limitan al diagnóstico general, sin que sepamos más de la
proveniencia socio-económica de los adictos.

Puede columbrarse que las drogas citadas
(alcohol, cocaína, marihuana y metanfetaminas) son sustancias todo-terreno en
términos de edad, sexo, clase social y ocupación laboral. En esta década
nuestro país dejó de ser territorio de paso para las drogas y se convirtió en
su mercado. De allí que si se quiere aventurar un vistazo a los rituales de
personas y colectividades al respecto, se deben fundirlos como en una sala de
montaje fílmico.

Los adictos chilangos de mayor edad
representarán al personaje de Al Pacino/Tony en la ya clásica Caracortada de
Brian de Palma cuando alardea contra sus enemigos con la cara empolvada de
cocaína. ¿O pensarán en las fantasías de ser yuppies tardíos, semejantes a los
que imperaron en las metrópolis estadounidenses 25 años atrás? Quizás los
toxicómanos de edad intermedia en México encuentran el sendero de la vida en
las ideas de Drugstore Cowboy de Gus Van Sant y su asociación entre el consumo
de drogas y el pandillerismo.

A su vez, los amantes de las drogas
acudirán a las escenas de Réquiem por un sueño de Darren Aronofsky y su
historia del consumo de drogas igual a degradación, previa estancia placentera
en los brazos de la bella Jennifer Connely/Marion. Aunque más bien la mayoría
de los consumidores de marihuana deben experimentar las delirantes aventuras de
Piña express de David Gordon Green.

Con todo, la pobreza y la desigualdad de
la enorme mayoría de los más nuevos adictos mexicanos los devuelve a los
márgenes que consignó una generación atrás Paul Leduc en su etno-película ¿Cómo
ves? sobre los arrabales urbanos, que ya se han expandido a todo el país. Los
rituales de la adicción en México reflejan el encuentro indeseado con un
retroceso irreversible y el auge de la incertidumbre. Contra la velocidad, se
impone la lentitud destructiva y la estrechez generalizadas.

Sergio González Rodríguez es como,
podemos ver, un adicto que recibe sus dosis de irrealidad en salas oscuras,
repletas de adictos como él: cinéfilos sin remedio, devoradores de palomitas.

Columna, Sergio González, urbe de
fierros, felices como adictos, Chilango 76, marzo 2010.