Una regia en el DF – IV

Que empiece el duelo.

Mirada fuerte

A la atestada cantina Río de la Plata, en el Centro, la
ambienta una tecladista triste. El gerente, "Woody Allen", septuagenario sin
dientes, se pasea regañando a los parroquianos. Por años cantina de dominó, el
bar ha sido tomado -como la mayoría de los cabarets de República de Cuba- por
una banda pandrax cultivada y etílica.

La cerveza oscura de barril no está helada, como en mi
tierra. «¡Sabe a agua!», grito a Woody, que ya no oye bien. Su 1.80 se me viene
encima, su mirada se enciende. A punto de huir, advierto aliviada que el objeto
de su enojo está detrás de mí. Un chico ha entrado a un baño cuyo letrero
indica: "Fuera de servicio". Furioso, Woody lo saca del pescuezo con la
bragueta abierta. «¿Estás pendejo, o qué?», escucho. Sus amigos lo reciben como
a un héroe.

-¿Puedo sacarla a bailar? -pregunta a Aníbal un comensal
vecino.

-A ver si quiero -lo freno.

-Amiga, se ve que no se atreven a hablarte muchos hombres
-imbécil- por tu mirada fuerte -teto-. Pero bailemos y verás que nadie jamás te
ha movido como yo -espera su medalla de Súper Chilango-.

-Deja de crear expectativas -contesto.

Otra voz me dice al oído: «No te enojes, no estamos
acostumbrados a ver mujeres tan guapas -no doy crédito, son dos-», pero antes
de reaccionar un tercero me saca a bailar. No baila como el chilango promedio,
que me recuerda al balastro de una campana. «Te diré algo que seguro estás
harta de oír -aquí vamos, pienso-, tu amigo está igualito a Gael García». Me
río y volteo a ver a mis compañeros. Entretenidos, observan a un hombre que les
baila robóticamente mientras les narra que un tiempo fue bailarín del Medusa y
el Nitrógeno, hasta que hizo un casting para el ballet de Yuri. La prueba final
era a solas con un directivo. «Primero, la dignidad de mi cuerpo», explica,
aunque ninguno pidió explicaciones. Se le llena la boca cuando habla de fiestas
a las que iba: las Lomas, Pedregal. «¡Pura celebridad!», presume. En la mesa
sólo yo me entusiasmo con su pasado. «Javier Alatorre es…», dice clavándose un
cuchillo imaginario. «Y Mijares…» «¿Mijares?», lo interrumpo, «¿y
Lucerito?»,  pregunta Carlos, el
fotógrafo, fingiendo interés. «Pura falsedad. Dinero llama dinero».