Una regia en el DF – I

Que empiece el duelo.

Como el paracaidista debutante que se lanza al vacío, esta
reportera de Monterrey se animó a salir de su terruño y experimentar tres días
de vértigo en la capital. Nos tememos que, habiendo probado lo bueno, ya quiera
vivir aquí.

Regresé para contarlo

Son las 9 am. El sol termina de nombrar el último rincón del
poniente. Desde la recortada imagen de mi ventanilla veo por última vez a la
ciudad que no conoceré. Lo siguiente, a ras del suelo, serán interpretaciones
mías. «No diré que te conozco», le propongo, en respuesta veo la sombra de
nuestra nave proyectarse en la pista; al principio es un pequeño avión pero en
segundos ensombrece por completo el pavimento.

Dejo mi maleta en el hotel, en Masaryk, y camino con cierta
prisa  -nada de parecer turista-,
como si supiera a dónde voy. Llego a Plaza Uruguay y me siento en una banca a
ver pasar la ciudad. La función comienza. Tres perros de dorados cabellos se
arremolinan en el centro del parque mientras tres muchachas de uniforme rosa
platican y les lanzan una pelota al aire. La magia se rompe cuando la pelota
rebota sobre una jardinera y cae a la fuente. Se sobresaltan como si cayera un
niño. Pienso que alguno de los perros se lanzará a empaparse por gusto, pero se
sientan en la orilla de la fuente a ver cómo sus nanas les regresan el juguete.
Los señoritos perros de Polanco esperan con mucho porte a que la más joven
traiga el rastrillo del barrendero. La pelota sale ilesa y vuela por el cielo.
Los perros corren.

Entro en la Línea Naranja. Reviso discreta el mapita que me
dan en la taquilla. En el vagón nos vemos las caras, los zapatos mal boleados,
el pelo cubierto de gel. Las lonjas. Aunque voy de buen humor parece que debo
fingir fastidio -¿qué me ves?- pero no sostengo mi jeta porque surge el primer
vagonero: «¡100 temas a diez!» La música agrede.

Me pierdo en la correspondencia a Tasqueña. Soy arrastrada
hasta topar con un caso peor: el conserje del andén anclado en su cepillo
pulidor lucha contra la corriente.

En Bellas Artes encuentro a Dinorah, amiga regia de paso por
el DF. Preguntamos por el mercado San Juan. Nuestro interlocutor menea la
cabeza: «Hay mucha gente mañosa». Dinorah se presenta ante mí como cinta negra.
¿Es buena idea este plan?

El mercado está en su última entonación. Los marchantes
guardan su garganta para mañana. Entro a una estética por instinto. Tres
señoras demacradas nos dan la bienvenida. «Me quiero pintar las uñas», digo,
pero el nieto de una de ellas no despega los ojos de su Game Boy. La más triste
se levanta. Quita un diario de una silla y me dice que me siente. Se llama
Apolonia y aunque se ve que preferiría evitar la fatiga se acerca uno a uno sus
instrumentos.

Las flores detrás de ella son de su jefa, la más malencarada,
que hoy cumple años. «Felicidades», le digo. Rezonga algo inaudible, que la
empleada interpreta como otra de sus acusaciones: «Hoy le llegué tarde, porque
tuve que ir a arreglar unos papeles al Seguro», mientras con su vista cansada
lima las mías. Su único hijo cayó muy enfermo. Nada hicieron los médicos más
que internarlo dos meses. Sólo un chamán de Ecatepec lo salvó. «Le hicieron un
daño unos familiares por una herencia». Apolonia me mira con ojos grises: «El
día que los vea me les voy encima». Silencio. Dinorah insiste tanto en un
amarillo vibrante que opto por un bermellón.