Un chilango en Monterrey – VII

Que empiece el duelo.

Alto al fuego

Cuando en el restaurante Palax humea mi queso flameado, tres
estallidos me sacuden. «Aquí no sabes si son cohetes o tiros», dice el
fotógrafo. La tarde del pasado domingo 12 de julio, el empresario Román García,
de 30 años, abordaba su Durango tras un paseo. De dos pick-up lo rafaguearon
con AK-47 junto a una Macroplaza llena de niños. En mi camino hacia allá -donde
veré la final- noto en un muro el recuerdo de ese día: 40 orificios del tamaño
de un limón. Alguien escribió en medio de esa viruela: "Alto al fuego".

Al lado, a las 9 pm, cuando el cronista Antonio Nelly grita
«con alma, vida y corazón», 100 fanáticos cargan silenciosos sus banderas bajo
la lluvia helada. Al medio tiempo, congelados y con Monterrey perdiendo 3-1,
vamos al Zacatecas, bar con jabalís disecados.

-Chela para el chilango -pide alguien.

-¿Chilango? -dice el mesero-. No hay servicio.

La chela llega junto a trozos fríos de hígado porcino. No sé
si es un atentado, pero me echo dos «Vamos al Far West Rodeo», pido a los
presentes, que nunca han pisado la cuna vaquera de la ciudad, donde tocó
Selena. «¿Sin botas?», dice Ximena. Veo mis tenis: ¿ofensa para las regias
amantes de machos cabríos de botas? «Quizá con tu chaqueta pasas», añade.