Un chilango en Monterrey- IV

Que empiece el duelo.

Güero de rancho

Yo, que imaginé a Monterrey entre espejismos del desierto,
tiritando entro a una tienda de ropa barata. Diviso un carrusel de "chaquetas"
y me pongo una. La lana sintética azul tiene un grueso anormal: me siento
abrazado por un cordero gigante. Ximena me barre y relata que hace un siglo un
batallón francés se perdió en el pueblo de Allende. Seducidos por las nativas,
tuvieron una rubia descendencia. «Dice el dicho -declama-: "ojo borrado, diente
amarillo, pelo parado: güero de rancho". Con esa chaqueta pasas por güero de
rancho. Di que vienes de Allende».

Fernando -el fotógrafo- y el güero de Allende abrimos la
noche en la cantina El Mexicano, que es como entrar a la portada del disco
Supernatural. En un muro aparece la involución del hombre, desde un homínido
hasta el escalafón más bajo, Carlos Salinas. En otro, una anciana reza a una
Carta Blanca: Santa Cerveza que estás en el hielo / tan refrescante suena tu
nombre / venga a mi vaso tu cuerpo / hazme sentir el sabor del encuentro /
hágase tu presencia así en la mesa como en el suelo / danos hoy nuestro trago
de cada día / perdona a las fresas así como nosotros perdonamos a los meseros /
no nos dejes caer en la Municipal / líbranos de la cruda. Salud!

Se presenta Freddy, el autor -ojos a media asta y todo de
cuero-: «Mi arte rupestre la hace de pedo con lo que nos lesiona». Requintea su
lira pintada a mano y cavila sobre el sol, la mota, Kukulcán.

-¿Qué simboliza ese mural? -y señalo a un Quetzalcóatl
guitarrista.

-Nuestra cultura, ligada a la cultura de nuestra cultura
-explica.

Antes de pedir que me quede y no las abandonemos (a las
chelas) nos sacamos una foto con "Chakira", su amiga en los 40 de entintados
bucles rubios que nos abraza y carraspea: «Vuelvan y les picho las cheves».