Un chilango en Monterrey – I

Que empiece el duelo.

Todavia no nos quieren

Los tres días de vida regia fueron sin tregua, como montar a
un toro bravo. Por su bien, el reportero usó ropa serrana, gozó el machacado y
evitó chilanguismos. Conclusión: aunque rudo, el norte rifa. 

Robusto como ganadero, el taxista del aeropuerto Mariano
Escobedo ordena recio, «Pásele», y arranca la maleta de mi mano. "Borregos
Salvajes ITESM", leo en la chamarra que lo protege de los 5°C.

«Del DF», dice al encender el auto. No sé si es pregunta o
reclamo. «Chilango», contesto para abrir la polémica. Pero no: el conductor
entrado en sus 60 me analiza por el retrovisor aferrado a su silencio. Veo un
miércoles helado y gris, y a un voceador con la tapa del diario El Norte sobre
la final de hoy ante Cruz Azul: "Que la noche sea rayada".

"Melter", "Wurth", "Whirlpool", indican tres de cientos de
fachadas industriales en Av. Apodaca que escupen y chupan tráilers.

«Yo soy chilaaango», aclara, jalando la "a" como lazo de
jaripeo: don Enrique nació en la Pro-Hogar de Azcapotzalco, en el 65 llegó a
Monterrey y se casó con una regia con quien procreó un orgullo de la ciudad: el
receptor del Tec Adrián "Mordida" González.

-¿Cómo ven los regios a los chilangos?

-Mal -sonríe paladeando ser fuereño pese a que habla como el
"Piporro"-. Nos ven como avispados, tranzas, con verbo. Creen que lo sabemos y
podemos todo.

-¿Y ya por eso el resentimiento?

-Hace 50 años los chilangos embarazaban a las regias y
huían… de ahí el odio.

Las zonas con obreros son historia. Llego al hotel Hábita,
en San Pedro Garza García, territorio libre, chic y millonario, reino de la
Zona Metropolitana de Monterrey.

«Te diré algo -dice don Enrique como un padre a un hijo-:
los chilangos les gustamos a las regias». Subo al cuarto minimalista y retozo
ante la TV. En minutos, Ximena, regia de ojos verdes, vendrá por mí.