Confesiones de un conductor del Metro

'El aumento de tarifa es pura burla'

Pável M. Gaona

“José” tiene 58 años, es conductor de la línea 5 del Metro. Me pide proteger su identidad pues ha sabido de sanciones a las que se han hecho acreedores trabajadores del Metro por dar información que para algunos pueda resultar incómoda. Me cuenta, por ejemplo, que a dos compañeros suyos los despidieron por hablar de las carencias que provocaron el reciente choque en la estación Oceanía.

Cuando le digo que en ningún momento busco perjudicarlo y que si no quiere no tiene que darme su nombre, se relaja. Sentados en un cafecito afuera de la estación Boulevard Puerto Aéreo, comenzamos la plática.

-Cuénteme, ¿cuánto tiempo lleva como conductor del Metro?

-Ya 24 años, dos años primero como ayudante de vías y ya 22 años como conductor.

-¿Por qué se cambió de área?

Primero por el salario. No es mucho, pero sí un poquito más, los salarios están de risa. Por eso cuando supe que estaban solicitando operadores, luego luego me inscribí al curso.

-¿Cuáles son los requisitos que piden para ser conductor del Metro?

-En aquél entonces nada más hacer el curso y pasar los exámenes. Todavía me acuerdo de mis materias: eran señalizaciones, averías, material rodante y distribución de la energía. Era un curso de medio año. Ahora ya está  un poco más complicado, tienes que cumplir con una estatura mínima de 1.65 y debes tener mínimo la prepa. Si ves a algún conductor chaparrito es porque ya tiene tiempo trabajando ahí. Ahora si usas lentes por ejemplo, es muy difícil que puedas ingresar.

El día que dos personas se aventaron a las vías

Cuando le pregunto cómo fue su primer día, su rostro se le ilumina y por primera vez se ríe:

-Se siente mucho miedo y al mismo tiempo mucha emoción. Nos dan 2 o 3 días de adaptación, en la que vamos acompañados de otro operador que nos va echando la mano, vigilando que lo hagamos bien. Ya al tercer o cuarto día nos dejan a nosotros solos y al primer problema que surge ya sientes que el mundo se te viene encima. Por muchos cursos que tomes nada te prepara para tanta bronca.

-¿Qué es lo más fuerte que le ha tocado?

Yo empecé en la línea 2, la que va de Tasqueña a Cuatro Caminos. Un día que estaba llegando al metro Hidalgo nos dijeron que se iban a detener los trenes porque alguien se había aventado. Me traté de imaginar qué sintió el compañero al que le tocó. No habían pasado ni dos horas de que se había restablecido el servicio, cuando otra mujer se aventó, pero esta vez frente a mí. Es algo que jamás se me va a olvidar. Fue muy impactante, muy triste, terrible. Esas cosas no se te olvidan.

-¿Cómo fue aquel momento, cual fue su reacción?

-El tren iba a entrar a la estación Pino Suárez. Esa mujer se aventó a las vías y ya no hay momento de frenar ni nada, el carro le pasó por encima. Me acuerdo que sujetó su bolsa de mano y al caer en las vías se le doblaron las piernas. De inmediato el servicio se suspendió y evacuaron la estación. Me preguntaron si podía ir a ver el cuerpo pero no tuve estómago. Simplemente no pude. Imagínate, dos aventados en el mismo día, en la misma línea.

-Había escuchado que a los conductores los indemnizan y les dan pensión vitalicia cuando algo así les pasa…

-No, cómo crees. Nos dan nada más tres días de incapacidad con goce de sueldo. Hay quienes piden más apoyo y sí, les dan hasta tres meses de incapacidad pero no más. Podemos pedir que se nos dé apoyo psicológico, te mandan al psiquiatra y te apoyan con medicamentos. Yo nada más me fui tres días de incapacidad y al cuarto ya estaba trabajando. Pero tengo conocidos que ya llevan hasta 6 personas atropelladas, no sé cómo pueden.

-¿Hay quien renuncie después de eso, por la impresión tan terrible de un suceso así?

-Pues piden su reubicación a otra área, porque no te puedes dar el lujo de renunciar cuando tienes que mantener a una familia. Cuando te están dando el curso te dicen que es posible que un día te pueda pasar. Hay sobre todo compañeras que mejor piden que las pasen a las taquillas. Se les respeta el sueldo, pero ya no quieren volver a conducir. Y se entiende. Yo pedí mi cambio a la línea 5 en parte porque es más tranquila y en parte porque me es más fácil irme a mi casa.

Lo padre y lo no tanto

-Supongo que para que usted haya decidido seguir en esa chamba, debe haber algo que le guste mucho de lo que hace…

-Sí, claro. La línea 5 tiene tramos que van por fuera, así que cuando llueve hay que manejar en modo manual. Aunque tengas tus años en esto como yo, es algo que emociona. Cuando todo está seco, va el piloto automático y tú sólo debes estar atento a las posibles contingencias. Pero cuando siento que tengo el control del tren, es una experiencia muy padre.

-¿Y qué es lo que no le gusta?

Principalmente el sueldo. Ganamos poco más de 3,000 pesos a la quincena. Cuando eres cabeza de familia no alcanza para mucho y yo que tengo que tomar un camión que me cobra 25 pesos de ida y otros 25 de vuelta, imagínate. Pero esa es la realidad de nuestro México, estoy consciente que hay gente que gana mucho menos.

-¿Cómo es su relación con los usuarios?

-A veces uno se desespera que no entiendan algunas cosas. Por ejemplo, cuando un tren se detiene adelante, uno se tiene que detener también. La gente cree que porque está la luz en verde ya podemos avanzar y no, lo tenemos prohibido. Luego luego van y nos empiezan a gritar “órale huevón”, como si dependiera de nosotros. Al principio yo les explicaba que adentro de la cabina tenemos una luz que parpadea y nos indica que no podemos movernos. Pero la gente no entiende razones. A un compañero mío un señor le rompió la mandíbula de un golpe, apenas se acaba de reincorporar en estos días. No entienden que nosotros también vamos a salir más tarde de la chamba, no estamos detenidos por gusto.

-¿Qué piensa de los vagoneros?

– Son de los que más obstaculizan las puertas. Por ejemplo, uno va a cerrar la puerta y ellos ponen el pie y no dejan que cierre. Esos ya son retrasos. Además hay algunos que ponen en peligro la integridad de los usuarios como los vidrieros, esos que se acuestan sobre botellas rotas. Imagínate que por alguna razón tenemos que frenar y esos vidrios le botan a los usuarios. Es un peligro.

-¿Por qué no los han quitado?

-Son mafias, dan su mordida por trabajar ahí. Dijeron que con el aumento de la tarifa los iban a quitar y siguen ahí. Si algún vigilante se les pone al tú por tú lo amenazan y le dicen: “ya sabemos por dónde sales, ahí te vamos a esperar y te ponemos en tu madre”. ¿Qué podemos hacer contra eso?

-¿Entonces de qué ha servido el aumento en la tarifa?

-Para pura burla. ¿Has visto esos trenes que dicen que fueron rehabilitados a partir del aumento del precio en el boleto? Es un engaño. Son trenes que ya estaban en servicio. Nada más les pusieron la estampa para que la gente creyera que se había hecho algo con el dinero. Pero son trenes de los más viejos, tienen cuarenta y tantos años en servicio y son los que más fallan. Por eso no quiero que pongas mi nombre, porque no quiero arriesgar mi trabajo por decirte estas cosas.

Los mitos urbanos

Como siento que mi entrevistado se pone nuevamente a la defensiva, le pregunto algunas cosas más ligeras:

-¿Qué hay de cierto que existe una estación en Los Pinos o una que está más allá de Cuatro Caminos para mover al Presidente o a los militares?

-Jajaja, claro que no, cómo crees. Yo me conozco las líneas de pe a pa y no hay nada. A veces si mueven a políticos en el Metro, como cuando hay eventos o van a tomar fotos, en esos casos simplemente cierran las estaciones al público.

-¿Y las estaciones fantasma o abandonadas?

-Tampoco. ¿Tú crees que si hubieran estaciones ya construidas no las hubieran puesto ya en servicio para pararse el cuello y decir que son un logro más de su administración?

-Uh, entonces me va a decir que tampoco existe la rata gigante ni los fantasmas…

-Tengo compañeros que me dicen que han visto a una niña caminando al interior de los vagones, cuando ya está todo vacío. Uno tiene que revisar bien antes de guardar el tren para ver que nadie se haya quedado dormido o que no haya borrachos. En esos recorridos hay compañeros que dicen que la han visto. Pero yo no he visto nada y ya hasta me voy a jubilar.

***

Al pensar en su jubilación el entrevistado vuelve a pensar en el tiempo; mira su reloj y pone cara de asustado: ya es tarde y se tiene que ir. Lo veo abordar el camión a su pueblo donde lo espera una familia a la que tiene que alimentar con 3000 pesotes a la quincena. Al menos podrá descansar en el camino: por un rato “José” dejará su responsabilidad de conductor y se volverá pasajero.

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