El autor del libro México racista: una denuncia (Grijalbo, 2016) nos explica por qué la vida cotidiana en la Ciudad de México es una constante lucha de castas.

«¿Si hay un naco y no le puedo decir naco, entonces cómo le digo?»

Esto fue lo que me preguntó un periodista hace unas semanas, con sincero desconcierto, cuando afirmé que la palabra naco me parecía racista. A continuación añadió lo siguiente: «A alguien que, desde mi punto de vista, rompe una serie de esquemas culturales y sociales, que no queda más que llamarlo así, ¿cómo le puedo decir?».

Para el periodista, un naco es una persona que tira basura en la calle, que se brinca la fila, que se estaciona mal. En resumen: un naco es alguien que no sabe respetar las reglas cívicas. Más allá del carácter de los infractores y de sus faltas, me llama la atención que el único término en nuestro vocabulario social para referirnos a ellos sea uno que les atribuye, de manera ineludible, un origen indígena, un color de piel más moreno y una condición de pobreza. El periodista me hizo ver que, en esta ciudad, la única manera de defender la civilidad es con un acto incivil: denigrar a los transgresores con un vocablo racista que perpetúa una centenaria historia de desprecio y discriminación.

Por esta razón, más que concentrarnos en los defectos, reales o imaginarios, de quienes son despreciados con este insulto, resulta interesante preguntarnos quiénes son los «no nacos»: aquellos que se imaginan a sí mismos en una posición de superioridad moral y social que les permite señalar a los otros. Aquellos que defienden los buenos modales como el último resquicio de decencia frente a esa horda de advenedizos más morenos, más ruidosos, menos refinados, menos «bien».

Algo en su refinado sentido de las jerarquías impide a los «no nacos» condenar con este término a los verdaderos transgresores de la ley y del civismo: los presidentes que aspiran a vivir como reyes en casas blancas construidas por sus cuates; los directores de empresas públicas que reciben sobornos desde Brasil y que emplean aviones públicos para sus viajes de recreo; los diputados que venden sus votos. En última instancia podemos argumentar que parte del escarnio que merecen los nacos se debe precisamente a que sus faltas son tan menores, tan insignificantes, como su propia condición social.

En contraste, en nuestra ciudad el término «güero» funciona generalmente como un halago: un cebollazo dirigido a una persona para venderle algo, para recordarle su obligación de dar buena propina, para obtener un favor. El güero o la güera no tienen que ser rubios, ni siquiera blancos, desde luego, como el naco no tiene que ser forzosamente moreno. Basta que ocupen una posición social superior que los blanquea, ante los ojos de quienes los llaman así. En un perverso juego de ambigüedad machista, la «güerita» es definida como una mujer deseable y admirable, más bonita desde luego que una «prieta», pero por lo mismo expuesta a ser víctima de agresiones y todo tipo de acosos.

A diferencia del término «naco», que parece insustituible en el vocabulario de nuestro desprecio, cualquiera podría encontrar varios sinónimos para la palabra «güerito» para denotar superioridad social: «patrón», «jefa», «don» o «doña». Por otro lado, muchas personas se llaman o son llamados «güeros» simplemente por su aspecto físico o por sus aspiraciones. El término funciona como un sobrenombre cariñoso, cosa que rara vez sucedería con su contraparte.

Juntas, este par de palabras constituyen un testimonio transparente del racismo que permea la vida de la Ciudad de México. Sus matices denigrantes y halagadores nos revelan la dinámica cotidiana de jerarquías y discriminación que opera en cada esquina, en cada banqueta, en cada puerta de cada edificio de oficinas, en cada puesto de mercado, en las entradas de los centros comerciales, en cada antro y restaurante, en la televisión y en los espectaculares. En todos estos espacios, los chilangos nos observamos y juzgamos. Evaluamos nuestro color de piel, nuestra ropa, nuestra forma de hablar y nuestras maneras de comportarnos. En todo momento, intentamos determinar nuestra extracción de clase y nuestras aspiraciones sociales, para luego colocarnos en un escalón de la implacable pirámide social que todos habitamos y todos construimos.

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México racista: Víctimas y verdugos

México racista

Ilustración: Óscar Rodríguez

Llamo pirámide a este perverso sistema no porque pretenda, como Octavio Paz, atribuir los males de nuestra sociedad a una imaginaria herencia prehispánica. Se trata, sobre todo, de una razón de forma: el penthouse de nuestra sociedad es mucho más estrecho y restringido que su amplia base.

En los selectos aposentos de los pisos superiores viven, o aspiran a vivir, los ricos, como aquellas criaturas etéreas y blancas –los güeritos– que se pasean por las pantallas de los medios electrónicos. En los amplios galerones, en los sótanos, se apretujan los pobres, las masas morenas, los nacos, los inmigrantes del campo, los hablantes de lenguas indígenas, todas las mujeres y hombres que nunca aparecerán en los anuncios de los llamados almacenes de prestigio.

Además, los diferentes niveles son separados por una empinada y resbalosa pendiente, más difícil de trepar que la escalinata de un templo prehispánico. La dificultad se debe, en primer lugar, a las brutales diferencias de clase, acentuadas por 30 años de imposición de un modelo económico que no ha logrado hacer más rico al país en su conjunto, pero que ha acentuado de manera radical la desigualdad entre los ricos y los pobres a un nivel vergonzante y cada vez más extremo.

Esta desigualdad ha dividido a nuestro país entre una élite que lucra con su ineptitud y su corrupción, por un lado, y una incontable multitud que trabaja sin parar a cambio de salarios miserables o de las dudosas ganancias de la economía informal, por el otro. Entre estos extremos, la clase media se aferra con las uñas a su estatus y lucha para no ser relegada a los pisos inferiores de la pirámide. A la jerarquía de clases contribuye un sistema educativo dividido en escuelas privilegiadas de cuota, o de excelencia, y los planteles públicos abandonados por décadas a la indiferencia burocrática, pese a las cacareadas reformas y nuevos modelos educativos.

Por si fuera poco, la pendiente de los escalones se hace más resbalosa a causa de un problema más severo. En México, cada nivel social es separado y definido por el color de piel más blanco o más moreno. También por una obsesiva distinción entre conductas que se consideran cosmopolitas o refinadas y las rancheras o pueblerinas. Y por la distinción entre la forma «correcta» de usar el español y las otras, así como por el desprecio a las 68 lenguas indígenas de nuestro país.

La relación entre la posición social y el color de piel no es absoluta: hay miembros de nuestra élite que son morenos. Existen también los «güeros de rancho» (personas blancas de extracción campesina y popular’. Pero los primeros están obligados a soportar muchas bromitas «bien intencionadas», a parte de otras humillaciones por el simple hecho de no ser tan blancos como sus compañeros de clase; tienen que gastar más en ropa y esforzarse el doble para mantener las apariencias y, si son indígenas, muchas veces olvidarse de su cultura y su lengua. En cambio, ser rubio y ser pobre, en este país, es visto como una excepción a la regla. Así ocurrió hace un par de años en Guadalajara, por ejemplo, cuando la foto de una niña rubia que pedía limosna en la calle provocó la indignación viral.

La red de prejuicios que mantiene en pie esta pirámide se manifiesta con claridad en la emblemática novela de Carlos Fuentes: La región más transparente. Desde la cumbre de la pirámide, pues el propio Fuentes perteneció a una élite bien acomodada, su imaginación cosmopolita engendró a Ixca Cienfuegos y Teódula Moctezuma, dos personajes que encarnan todos los supuestos defectos de los mestizos de piel oscura: son hipócritas y zafios, se odian a sí mismos y a sus semejantes, viven sepultados bajo el peso de su historia trágica y son incapaces de imaginarse libres. En su primer largo monólogo, Ixca proclama: «Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta». Y concluía: «Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer».

Estos personajes populares son en realidad un artificio, espantapájaros que buscan mantener alejados los miedos de la élite a la que pertenecía el escritor y sus amigos. Fuentes, sin embargo, tuvo un acierto: señalar el desprecio y el resentimiento como dos sentimientos clave en nuestra convivencia, envenenada desde hace siglos por el racismo y la desigualdad. Dentro de esta lógica perversa, a quienes nos tocó vivir aquí nos toca cumplir de manera repetida el papel de víctimas. También, muchas veces, el de verdugos.

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México racista

Ilustración: Óscar Rodríguez

La socióloga Mónica Moreno Figueroa ha mostrado cómo la belleza femenina en nuestra ciudad, en todo el país en realidad, está atada a una resbalosa escala de blancura.

Para ascenderla, las mujeres mexicanas invierten en ropa, en tintes, en cremas y en cirugías. No obstante, corren siempre el peligro de que alguien ridiculice sus esfuerzos y les recuerde sus orígenes más oscuros, más «feos»: «aunque la mona se vista de seda…», reza el refrán popular. En este juego de pretensión y desprecio, todas y todos terminamos por sentirnos discriminados y ofendidos. O culpables por perpetuar el racismo.

Más allá de los ámbitos privados del tocador y la vida familiar, donde las jerarquías por el color de piel y su escala de belleza también son el pan de cada día, la sociedad reproduce sin cesar estos prejuicios. Desde el taxista que describe a su pasajera «morena, pero bonita», hasta el racismo incesante de la publicidad. Poblada por una mayoría de personas morenas, nuestra ciudad se aferra al culto irracional a una belleza inalcanzable, una belleza que soolo puede creer en sí misma cuando construye una barrera que excluye a la mayor parte de las mujeres, a las morenas. Una belleza asociada al privilegio de una élite.

Otro insalvable escalón en la pirámide de nuestra vida urbana son los automóviles. Los carros suelen otorgar un dudoso orgullo a sus dueños y no son pocos los que se aferran a esa esfera de seguridad y de estatus para diferenciarse de la turba de peatones y usuarios del transporte público.

En los cruces peatonales, en las esquinas atestadas, frente a los paradores, se libra todos los días una guerra sin cuartel. La ilusión de superioridad de los conductores está cargada de neurosis. Es la impaciencia de aquel que se cree con derecho a violar todas las reglas porque «anda con prisa». Es la estupidez de quien bloquea la bocacalle para no tener que esperar otro alto. Es la prepotencia criminal de quien le echa encima su camioneta al agente de policía, como tantas veces hemos visto. Sólo en una ciudad como la nuestra es concebible que un ciudadano agreda así a un representante del orden público, quienes casi siempre son morenos y de clases más «bajas».

En julio de 2015, un conductor mal estacionado atropelló a un empleado de la compañía de parquímetros en la colonia Juárez. Al conocerse el caso, las redes sociales estallaron en una tormenta de aprobación por su acción violenta. Entre otros tantos comentarios discriminatorios, alguien le sugirió incluso echarle perfume a su coche para que «ya no huela a gato».

Por otro lado, las banquetas derruidas y sucias, la cotidiana indignidad del transporte público, abandonado al garete de las mafias y de la falta de presupuesto, son la mejor evidencia de cómo las élites que nos gobiernan desprecian u olvidan a la población a la que deben servir. También dejan ver que en nuestra piramidal Ciudad de México los espacios públicos están siempre condenados a la precariedad. Los ámbitos en que los ciudadanos podrían convivir como iguales, como sujetos que gozan de los mismos derechos, acatan reglas comunes y tienen acceso a los mismos servicios, son siempre acosados por la lógica del privilegio, por el abuso de poder, por el ejercicio de la discriminación.

Para volver al dilema del periodista con el cual inicié este texto, podemos concluir que un conductor que estaciona su coche en el paso para peatones no es un naco, sino algo mucho peor y en verdad denigrante: un prepotente. Con sus actos demuestra que se cree mejor que los que son más morenos, los que son más pobres y aquellos que padecen la desgracia de cruzar la calle a pie. Esta acción es condenable, no porque nos recuerde un imaginario origen humilde o una extracción popular, sino porque se está abusando de un privilegio. Se trata de una patética imitación de las conductas de nuestra élite corrupta y racista que ha usurpado nuestras pantallas de televisión, nuestra vida pública y nuestro gobierno.