La revista Alarma! se fundó en abril de 1963. Su primer director, Carlos Samayoa Lizárraga, fue el creador del concepto y del emblemático logotipo amarillo chillante, con una tipografía que pretendía simular los trazos hechos con un dedo ensangrentado. En febrero pasado, después de guardarse por semanas la angustia, Miguel compartió con Lindsay Hernández, la encargada de las redes sociales de El Nuevo Alarma!, su preocupación. Presentía que pronto le dirían que la revista dejaría de imprimirse. No se equivocó, tres días más tarde apareció en los puestos de revistas el que sería el último número impreso de esa publicación, dejando en su director la sensación de vacío que le acompañaría hasta la muerte. La revista había perdido lectores. Como dice J.M. Servín, «la gente perdió interés en El Nuevo Alarma! porque la nota roja se movió a todas las secciones de los medios de comunicación. Lo que era escandaloso y abyecto se volvió cotidiano».

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Miguel Ángel comenzó como mensajero en la redacción de Alarma!; se hizo allí, era periodista de oficio. Aprendió a diagramar, luego a editar y más tarde se hizo famoso entre sus colegas sobre todo por su talento para los encabezados que dieron identidad al semanario. No estudió periodismo, apenas terminó la secundaria en su barrio de origen, la Anáhuac, pues no le gustó la escuela. Como mensajero, recogía la paquetería, notas y fotos sangrientas que los corresponsales enviaban de todos los rincones del país. También debía ir por las tortas y los chescos. Alarma! alcanzó tirajes de 200 mil ejemplares bajo su dirección, gracias a que Miguel comprendió lo que a la gente le gustaba ver en sus páginas. Y aunque la revista publicaba las fotos más sangrientas que se habían visto hasta entonces, había pudor. Lo impublicable era enviado al “álbum familiar”, una carpeta que Rodríguez mostraba sólo a los iniciados en la materia y que, tras la muerte del director, ha quedado atrapada junto con sus libretas de poemas, su taza de café y sus objetos más personales entre las paredes de su oficina. Miguel era un amante de la verdad y le molestaba que la gente creyera que Alarma! manipulaba la realidad.

No importaba quién le preguntara, siempre respondía que si la nota decía que el difunto había recibido 20 puñaladas era porque el perito lo había confirmado. Estaba convencido de que si los editores hubieran inventado las historias, jamás habrían resultado tan terribles, pues si algo pudo descubrir en su oficio, era que el ser humano es capaz de sobrepasar todos los límites de la crueldad al momento de cometer un crimen. “Toda la información policiaca vende –dijo en la última entrevista que concedió y que se transmitió una semana después de su muerte por Canal Once–, pero creo que, singularmente, los crímenes pasionales siempre van a atraer a los lectores…, cómo del amor al odio es un paso tan rápido que echa a perder un montón de vidas. Como siempre he dicho, es la idea de que no somos nosotros los protagonistas lo que nos atrae de este tipo de información… No debemos perder la capacidad de asombrarnos…”.

Pareciera paradójico: aparentemente, ya nos acostumbramos. «Muy poca gente recordará a Miguel Ángel Rodríguez, ésa es la verdad –dice J.M. Servín–. No fue un editor de una revista prestigiada, llena de “grandes plumas”. Sin embargo, la historia le reserva un lugar como el último de su estirpe: un editor enamorado de su publicación escandalosa». FIN