El mercado de La Merced sigue vivo

A pesar del incendio, la vida aquí continúa

¡Ahí va el golpe, ahí va el golpe! Advierte un joven correoso con unos 14 costales de papa en su diablito, le da chance un viejo que empuja un tambo lleno de cáscaras de cebollas, mientras una señora con canasta de nopales en su cabeza, espera el paso. Son las cinco de la mañana y hay hervidero de gente en las naves de uno de los mercados más grandes de América Latina.

Como si se tratase de una broma del destino, la construcción del Mercado de la Merced en 1890 por órdenes de Porfirio Díaz se debió al incendio del mercado El Volador, los mercaderes se trasladaron  provisionalmente al atrio del convento de la Merced, el comercio creció desordenadamente hasta que Díaz los reacomodo en el lugar que ahora ocupan. En la década de los 50, la Nave Mayor tuvo su ampliación y esplendor, hasta que en 1982 el célebre Hank González llevó parte del comercio mayorista a Iztapalapa en la Nueva Central de Abastos.

Dónde hubo fuego

Bien decía el cronista urbano Salvador Novo, que el humano es el único animal que comercia; cuentan que incluso la madrugada del incendio el 27 de febrero pasado la vendimia no paró. En cuestión de dos horas el fuego devastó casi 7 mil metros cuadrados, casi la mitad de la superficie total. Las más afectadas fueron la zona de comidas, chiles secos e insumos para tamales. La venta  frutas y verduras siguió su curso.

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La quemazón se originó en la línea de comidas y de ahí agarró piñatas, serpentinas y papeles para fiestas (puertas 17 a 22), luego se extendió en diagonal desde la puerta 24 hacia la 30; el fuego rodeó las salidas laterales del metro Merced que hasta la fecha se encuentran clausuradas.

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Tiempos remotos

Quizá debajo del concreto del Mercado de la Meche, aún se encuentren restos de este calpulli (barrio), uno de los cuatro que fueron integrados a Tenochtitlán hace más de 500 años. Se dice incluso que el lugar original donde se consumó el encuentro del águila devorando a la serpiente es en la Plaza Juan José Baez (La Aguilita), a unos 200 metros de la Nave Mayor.

Debido a que esta era zona de acequias (canales), las trajineras transportaban variedad de productos  hacia Tlatelolco y el centro tenochca (Zócalo). Cuando llegó el conquistador a esta zona la bautizaron como San Pablo Teopan, nombre que aún conserva la avenida donde comparten la banqueta trabajadoras sexuales, ambulantes y bicicletas de las tiendas establecidas.

¿Qué busca?

De entre las cenizas rápidamente los comerciantes se organizaron; chiles secos, semillas y hojas para tamales se reacomodaron en carpas alrededor de la afectación de la Nave Mayor por la calle Rosario; insumos para fiestas se encuentran en la calle Cabaña junto a las coloridas tiendas de plásticos y lonas. El mercado de carnes y lácteos opera con normalidad; fresas y moras ocupan el último pasillo de éste. Cazos, sartenes y ollas no se han movido de su lugar, sobre la calle Adolfo Gurrión.

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En los pasillos 1 al 17 se puede encontrar verduras, hortalizas, legumbres y frutas de menudeo y medio mayoreo; el mayoreo se adquiere en la parte posterior. Alrededor del metro continúan decenas de puestos de zapatos, tenis, así como las copias de la última película de El Komander, o el video de bailarines de salsa en las fiestas patronales de septiembre, cuando el eco de los sonideros retumba hasta las 3 de la mañana, ana, ana.

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En el banquetón de las puertas 20 y 21 abundan, y con bastante clientela, las lectoras de tarot, baraja o palma de mano. Por 50 pesos puede hacerse un trabajo, o sea, amarre o desamarre amoroso, saber el nombre de la persona que le hace daño o una limpia, el tarot cuesta 30 “con todas las preguntas incluidas”.

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Entre las cenizas surge la cultura

Pero el mercado no sólo son pasillos abarrotados, mercancías circulando y el olor agrio mezcla de tantas emanaciones; como un oasis en medio de tanta gritadera se levanta una modesta Sala de Lectura infantil justo en los altos de la Taquería “El Pollo” donde una decena de niños de las familias de los mercaderes reciben talleres realizados por voluntarios.

Dos diablitos guardan una fila apilada de huacales, en vez de jitomates están llenas de libros. Los miércoles, “los que se animan”, toman el micrófono y se avientan su choro que sale de la radio-bocina apodada Radio Aguilita que recorre los pasillos del Mercado.

“De aquí han salido arquitectos, médicos, políticos, abogados, su carrera se las pagó el puesto, ahora queremos rescatar esa identidad, recuperar la memoria de los abuelos que ya se nos están yendo”, comenta el señor Raúl Mejía,  quien impulsa este original espacio que aún no tiene nombre.

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Próximas actividades

3 de agosto 2013: Inauguración de muestra fotográfica. Mercado de la Merced, antes y después del incendio, organizado por la UACM y el Espacio Visual F8. Taquería El Pollo, Puesto 585, puerta 24 por la entrada de la calle Rosario.

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