Fragmento de ‘Trece latas de atún’, libro de Amandititita

Random House
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Amandititita y su libro (Random House)

Editado por Random House, les damos un adelanto del libro de Amandititita, Trece latas de atún.

Te recuerdo, Amanda

Nací en la ciudad de Tampico un 3 de agosto de 1979.
Mi nombre es Amanda Lalena. Amanda por una canción de Víctor Jara: “Te recuerdo, Amanda”. Lalena por una canción de Donovan: “Laléna”. Desde ese día he estado rodeada de canciones.

A la edad de catorce años compré mi primera máquina de escribir. Ese año me independicé. Renté un cuarto de azotea en la colonia Condesa, un edificio viejo y desca – rapelado frente al camellón de Mazatlán. Vivía en un cuarto pequeño, con una diminuta ventana redonda. Recuerdo ese tiempo como la temporada en la que más subí y bajé escaleras: nueve pisos me separaban de la planta baja y los recorría por una escalera de caracol oxidada.

Compartía azotea con la familia de una empleada doméstica que trabajaba en los departamentos del inmueble. Era un matrimonio joven con un niño de unos tres años. Tiempo después la hermana menor de la mucama se mudó: morena de facciones y cuerpo tosco, tendría unos dieciséis años. Los baños estaban afuera de los cuartos. Una mañana me di cuenta de que el hombre espiaba a la hermana de su esposa en la ducha.

No supe qué hacer ante esa conducta aparentemente abusiva; al paso de los días descubrí que eran amantes y que cuando la hermana trabajaba aprovechaban para darse sus cariños. Ellos sabían que yo me había dado cuenta, pero nunca sentí que les preocupara. Tenían razón.

Entré a estudiar a la Sogem gracias a Modesto López, editor de discos Pentagrama, pues me ofreció dos mil ochocientos pesos por las regalías de los discos de mi padre, quien antes de morir en el terremoto de 1985 dejó un legado de más de setenta canciones.

Casi siempre tenía hambre; vivía de latas de atún que comía afuera del cuarto, sentada en los lavaderos mientras observaba la vida de mis vecinos. Antes de ir a la escuela tomaba un café por diez pesos en el Café la Selva y me quedaba horas escribiendo en una libreta una novela que nunca terminé. Por las noches transcribía el texto en mi máquina de fierro hasta que me dolían mis pequeños dedos. Pasaba mucho tiempo caminando, siempre estaba sola. Yo no lo sabía, pero fue la época más feliz de mi vida.

La mujer de mi hijo

No sé qué ángel ocioso me sigue cuidando. Despierto una vez más después de un blackout. No tengo idea de qué pasó ayer después del último caballito de tequila —¿era tequila?—. La cabeza me duele. No tenía pensado abrir los ojos hasta que sentí un cobertor extraño, de textura sintética, sobre mí.

Estoy en una cama matrimonial decorada al estilo de los años cuarenta, cerca de una cómoda vieja con frascos de perfume vacíos alineados por tamaños, algunos envases de talco perfumado, jabones con forma de flores. El resto de los muebles son antiguos, en distintos tonos de color durazno, con aroma a naftalina y a perfume de jazmín o algo así. Las paredes están cubiertas con un papel tapiz de flores y dibujos de pájaros; colibríes, para ser exactos.

Un espejo de cristal cortado me escupe la clásica imagen de mi resaca: pelo enredado, ojos manchados de rímel, dos moretones, la ropa de ayer, vestido de lentejuelas azules, medias rotas… Sí, definitivamente soy yo y ésta no es mi casa.

Abro la puerta despacio, conteniendo la respiración. Varias veces he despertado desparramada en algún sillón, dentro de algún departamento donde fuera la fiesta; la estampa es la de siempre: botellas tiradas, el baño vomitado, vasos rotos. Lo aterrador en esta ocasión es la pulcritud del lugar; todo está impecable. La alfombra, rosa claro, luce vieja pero pulcra.

Me encuentro en un comedor de estilo conservador. La mesa, con un mantel blanco, está lista y servida para comer: hay platos de porcelana, cubiertos acomodados con el rigor de la etiqueta; en el centro, un arreglo de frutas con flores. Todo combina, menos yo. Busco la puerta de salida, pero se abre una que da a la cocina, desde donde me saluda una señora:

—¿Pasaste bien la noche?
—Sí —qué más puedo contestar; además, es verdad—. Muchas gracias.
—¿Quieres jugo? —me pregunta la extraña mientras deposita un brillante jugo de naranja en un vaso de cristal decorado con frutas.
—Sí, muchas gracias —también es verdad. Nadie, en un estado de resaca así, rechazaría un jugo de naranja aunque se lo ofreciera el mismo diablo.
—Me da tanto gusto conocerte por fin. Eres tan bonita como te imaginé; es más, eres más bonita.
Me ruborizo y me siento, en efecto, bonita.
—Gracias, señora, igualmente.
—Espero que te guste lo que preparé. Marcelo no me avisó; si no, te hubiera preparado algo mucho más especial.

—No se preocupe, seguro estará perfecto —digo mientras busco en mi agenda mental el nombre de Marcelo sin poder encontrarlo.
Con ojos lacrimosos y una tierna sonrisa, la señora me mira.
—Es un honor por fin conocer a la mujer de mi hijo. Él no tarda nada, fue por tortillas —me dice mientras sirve sopa en unos tazones.
La crema de elote cae con suavidad. Un escalofrío me hace reaccionar.
—¿Y dónde está la tortillería? —pregunto.
—En la esquina.
—Voy a alcanzarlo —se hace un silencio—. Lo extraño mucho.
—¿Le puedes decir que si compra salsa? Y no tarden, esto ya se está enfriando.
Salgo de la casa a toda velocidad, abordo un taxi, le doy mi dirección al conductor. Entonces descubro que no tengo zapatos.
El taxista ve mi facha y de una manera grosera me pregunta si traigo para pagar la corrida.
—Claro que sí —respondo con orgullo.
Abro mi bolsa y para mi felicidad encuentro mi cartera. Nos vamos. De camino a casa pienso en mis zapatos y en Marcelo. Lo imagino alto y pasado de peso, dando la vuelta a la esquina con medio kilo de tortillas mientras su infeliz mujer huye sin zapatos en un taxi.

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