¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Por Ana Felker
Se dice que el filósofo alemán, Immanuel Kant, nunca salió de Königsberg, su ciudad natal en Prusia. Sin embargo, en esta pieza se embarca en un viaje definitorio. Sobre un trasatlántico se dirige a Nueva York para recibir el grado de doctor honoris causa por la Universidad de Columbia y, sobre todo, para buscar la cura contra el glaucoma que lo tiene al borde de las tinieblas. Vemos a un Kant neurótico, angustiado y sobre protector de su mascota, un papagayo que lleva a todos lados dentro de un jaula cubierta siempre con una manta.
David Hevia adapta el texto de Thomas Bernhard Papagayo en altamar , polémico en su tiempo, para crear esta obra situada justamente en el trasatlántico. El viaje a Estados Unidos y los personajes a bordo encarnan una metáfora: el fin del pensamiento ilustrado, del cual Kant fue uno de los principales exponentes, para dar paso al pragmatismo norteamericano. Una señora millonaria (Elia Domenzain) representa el patetismo de una sociedad obsesionada por el estatus y la fama; ella no puede creer que esté en el mismo barco que este célebre profesor aunque jamás ha leído su obra. Pero el filósofo baila con la señora asumiendo "que no se puede hablar sobre la razón en altamar".
Hay un desfase temporal pues los personajes se encuentran atemorizados por el hundimiento del Titanic cuando éste sucedió en 1912 y Kant vivió de 1724 a 1804, lo cual parece más un error que un recurso literario. Por otro lado, la obra tiene un ritmo lento, como de largas horas de espera sobre la cubierta tratando de atisbar un pedazo de continente.
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