El Museo Soumaya

Lo bueno, lo malo y lo feo

Contiene untotal de 66 mil piezas, cantidad proporcional a la riqueza del hombre másadinerado del mundo. Es un acervo que ha tardado décadas enteras en formarse, yabarca muchos de los escenarios más importantes en la historia del arte encuanto a cronología se refiere.

Sin embargo, el detalle cronológico dista mucho de cuadrarse con el detalle de la calidad. La "colección más grande e importante de México" deja un sabor de boca soso, como de agua tibia, en los paladares del visitante. 

Eledificio

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En plena construcci?n. (Cortes?a.)
 
El Museo Soumaya, originalmente edificado en elcentro comercial Plaza Loreto, ha servido como escaparate público para lo mejor ymás selecto de la colección. En principio se enfocaba en las esculturas de Augusto Rodin yalgunos maestros franceses del siglo XIX. Sin embargo, la apertura de un nuevo recinto ha logradoiluminar aspectos mucho más específicos de lo que la fundación ofrece.

Ubicada aparatosamente en las calles deMiguel Cervantes de Saavedra y Presa Falcón, la obraarquitectónica de Fernando Romero mide 47 metros de altura y cuenta cientos de hexágonosmetálicos que resguardan los seis pisos de exhibición.

Por fuera, el edificio genera polémica pero no resulta del todo desastroso. Sus formas orgánicas y sus materiales brillantes lo convierten en un complejo dinámico, sensual y atractivo. Si bien aún se encuentra en obra, queda claro que el acceso inmediato por vías peatonales se presentarácomo un conflicto futuro. "Respeto y admiro el regalo que el señorSlim quiso hacerle a la ciudad", dice una visitante en tono justificante, "perola verdad es que el museo no es muy accesible ni para el peatón ni para el queviene a ver la exposición".

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?Qu? rarito! (Cortes?a.)
 
Se entienden sus razones. Más allá delimpacto del edificio (crea una súbita irrupción en el paisaje urbano), una vez dentro no resulta del todoamable: en un guiño evidente al Guggenheim de Nueva York, Romero diseñó unespacio interior en espiral que hace los recorridos largos, innecesarios ytediosos. Una vez que se visita una sala, hay que recorrerla entera paraencontrarse con un pasillo ascendente, eterno, que nos lleva a la siguientesala que conforma el piso siguiente.

Exento de muros fijos, este acomodo provoca que muchas obras se pierdan entre paredes y minimicen todo impacto por suorganización espacial. Hay cuadros y objetos pegados a las escaleras, en unasolución curatorial que parece improvisada y no está a la altura de lascircunstancias.

Lo que es más, los pequeños muros falsosque soportan las obras se asemejan tanto a los de una clásica exposiciónexterior de centro comercial que la idea de un museo serio e importante sealeja desde un primer momento.

Lacolección

34226Muralito
Muralito (Cortes?a.)

La tragedia fundamental de la colecciónde arte más cuantiosa de México radica en su calidad. En su falta de exuberancia.Si bien hay firmas, nacionales y extranjeras, de talla internacional ehistórica, las piezas elegidas carecen de alguna composiciónlegendaria y popular.

Tomemos el caso, por ejemplo, de laEscuela Mexicana. De Orozco hay expresiones mínimas, pequeños lienzos de grancalidad, pero que no responden a las posibilidadesfinancieras de su principal inversionista, ni a las exigencias del visitante. Lo mismo sucede con Diego Rivera, Gerardo Murillo y Montenegro, y no encontramos rastro (se nos habráperdido) de un tamaño pintor como Rodríguez Lozano.

Se entiende que la exhibición de unacolección personal demuestra las inquietudes y sensibilidades de un soloindividuo. Pero, si el Museo Soumaya quiere convertirse en un referente culturalmexicano, deberá mejorar muchos puntos de su colección.

34223Al interior.
Al interior. (Cortes?a.)

Si mencionamos ya a la Escuela Mexicana, pensemos a las obras del siglo XVII. La colección incluye dos buenas piezas de Rubens y otrastantas de El Greco, pero estas se ven eclipsadas por la enorme cantidad de motivosreligiosos novohispanos, productos clásicos de su época: imitacionesmal logradas de los grandes maestros europeos, que a su vez encuentran pocacabida en las paredes de la sala. Malos manejos de luz y forma que saturan losojos del visitante casi de manera inmediata.

"Yo vine a ver si el señor tenía algoimportante. Hay algunos cuadros europeos que se rescatan, como mexicanos. Perola gran mayoría de los que he visto se quedan un poco cortos".

Lo mismo pasa con las piezas prehispánicas exhibidas. Las hay en buena cantidad, peroninguna realmente conmueve. Son figuras muy ortodoxas que faltan de trabajosartesanales inquietantes, que inviten, que sorprendan.

Funciona mejor a la hora deencontrarse con los franceses de las primeras vanguardias. Soncuadros un tanto cursis, pero los primeros pasos del impresionismo se ven elegantementepublicitados en Corot, Monet, Wise y Chapman (estos últimos no originarios del país galo, pero contemporáneos). Aquí es donde senota la verdadera pasión del coleccionista: se recorren obras cuyo estándar es infinitamente mayor que el de salas anteriores.

34221Rodin
Rodin (Cortes?a.)

Estamos entonces ante un fenómenoparadójico, que crea muchas irregularidades: el poder de compra no se reflejaen el objeto comprado, aún cuando se gaste mucho. Ni en los albores delimpresionismo encontramos a Degas, Manet, Renoir, Pissarro, sus grandesperpetradores. Quizá se hayan saltado.

Este engaño (por llamarle de algunamanera), donde no todo lo que brilla es oro, se ve reflejado hasta en la últimaparte del museo, la única abierta (ahí sí, un éxito arquitectónico) que asilalas docenas de esculturas de Rodin. Son él y Dalí (tremendamente malas ypomposas sus esculturas), nada más ellos, los que ocupan la sala "Escultura del siglo XX". Dos artistas paradeterminar toda la tradición de un siglo.

¿Y está siquiera "El Pensador"?, la obramás representativa del escultor francés. No se ve por ningún lado. Hay cientosde reproducciones pequeñas de algunas piezas, pero nada de verdadero impacto.

Así se manejan las cosas en el museoSoumaya. Digámoslo vulgarmente: hay mucho ruido, pocas nueces. Tremendoescándalo arquitectónico para no mostrar, siquiera, lo más emblemático de la obra más representada.

34227Despu?s de la tormenta.
Despu?s de la tormenta. (Cortes?a.)

¿Vale la pena la visita?

Habrá que hacer distinciones,polémicas pero objetivas: si un visitante conoce poco del mundo del arte ybusca acercarse un poco más a él, el museo cumple a secas: no verá lasmagnificencias que nos convirtieron en fanáticos y quizá, porello, pierda rápido el interés. Para el espectador más informado, está lapromesa de encontrarse con algunas joyas desconocidas (como las de Orozco).

34219Sexto Piso
Sexto Piso (Cortes?a.)
 

El problema viene cuando se piensa en elcontraste de lo que pudo haber en la colecciónmás grande de México, y lo que termina habiendo. Todavía hay tiempo paraarreglar algunos asuntos, como el de los espacios y la organización misma de lacolección, incluso reconsiderar la selección de la obra, pero el tiempo seagota.

De no hacer estos cambios, se va arepetir la misma historia de muchos recintos culturales en la ciudad de México:buenas promesas, altas expectativas y un abandono futuro.

Le pregunto a un muchacho de oficina quesale del museo si planea regresar.

"¿Para qué? Si ya lo vimos todo".

Terribles palabras.