Club Antifaz: sexo clandestino en Eje Central

Casi enfrente del Cine Teresa, que años atrás fuera templo de morbo desbordado, se instaló hace poco un lugar mucho menos conocido, pero donde se va a lo mismo. Emparedado entre una tienda de electrónicos y un minisúper, está el número 130 de Eje Central Lázaro Cárdenas. En el botón 1 del interfón se lee “Antifaz”. Su nombre completo es Club Antifaz. De no ser por eso, nada delataría que hemos llegado a uno de esos sitios clandestinos de la ciudad donde, por unos cuantos pesos, se puede satisfacer al cuerpo e intercambiar fluidos sin empacho alguno.

Afuera hay hombres en actitud sospechosa. Para el ojo no entrenado, pasarían por maleantes, de ésos que están a las vivas viendo a quién robarle el celular o la cartera. Sólo los versados en el arte del ligue callejero sabemos que estos hombres no ven tus pertenencias, sino tu entrepierna o tu trasero. Entre ellos destaca un chico con playera de la UVM que me tira una mirada directa a dicha zona y se moja los labios. Yo finjo no entender su código y me dirijo evasivo a la puerta del lugar.

Toco el botón del interfón y sólo suena el chasquido del dispositivo electrónico que permite saber que la puerta del edificio ya está abierta. El Club Antifaz, o simplemente ‘El Antifaz’ como ya lo llama cariñosamente su clientela, está en el segundo piso. Ahí, el chico que me miró el paquete me alcanza. “¿Sabes cuánto cobran?”, me pregunta. “Según yo 40 pesos, ya si quieres rentar locker son $30 aparte”, le contesto, tragando saliva.

Tocamos la puerta que está rotulada con una carita sonriente y nos abren. Pagamos nuestro respectivo cover: yo mis 70 pesotes (porque quise locker) y el otro cuate 40, porque hoy es jueves de estudiantes y si tienes entre 18 y 23 años, el costo del guardarropa es gratis. Ahora su playera de la UVM cobró sentido: venía a aprovechar la bonita oferta, la bonita promoción.

foto: Pável M. Gaona

Like a virgin, touched for the very first time…

Una vez pagado el acceso, hay que registrarse anotando nombre y un password, además de tu rol sexual. Los lockers no tienen llave, pero ellos te aseguran que es seguro. El password es para que ningún listillo se quiera llevar las cosas que dejaste en tu locker. Como si fuera un trabajo, también anotas tu hora de entrada. “No ma’, casi te piden la cartilla de vacunación”, me dice el otro cuate para romper la tensión.

Ahí, en plena recepción, entregas tu ropa y te quedas tan desnudo como quieras. Casi todo el mundo conserva sólo la ropa interior. El otro chavo se registra y alcanzo a fisgonear su INE: me doy cuenta de que apenas tiene 19 años. Antes de entregar mi celular discretamente le tomo foto a los precios de los condones, el lubricante, el viagra y los poppers.

Foto: Pável M. Gaona

Pasamos a la estancia y hay un pequeño refri con chelas y refrescos. Ahí me desafano de él para que no crean que venimos juntos y para explorar con más libertad. Unas cuantas mesitas, sillas y otros hombres en calzones. En la pantalla hay un video de Madonna: “Like a Virgin”. Qué irónico.

Give it to me, yeah…

El Antifaz no es un sitio de cabinas convencional donde te ponen porno y vas a todo, menos a verlas. Los muy listillos se ahorran las teles y los devedés, conscientes de que nadie las pela. En el laberinto de cuartos hay un par de “potros del amor”, uno en imitación de piel de cebra y otro de cuerhule.

La mayoría de los asistentes ronda entre los 18 y los 30, al menos hoy, seguro por la promo estudiantil. Sólo un par de señores se salen de ese rango: dos sugar daddies de pelo en pecho y cabezas rapadas.

Apenas los ojos se empiezan a acostumbrar a la oscuridad, las pupilas dilatadas permiten ver a las primeras bocas haciendo lo suyo. Mientras Madonna continúa cantando sus éxitos —ahora anda en “Give it to me”—, un chavito hace de corista involuntario, pero en español: “dámelo, más adentro, así, qué rico, más, más”. Afuera, los demás siguen dando sexo oral.

When you call my name, it’s like a little prayer…

La luz roja de El Antifaz, como la de un cuarto de revelado, hace que el aspecto de las paredes descarapeladas se vea un poco más decente, casi sensual. Y como en toda fiesta, lo mejor siempre está al final. Al fondo es donde están los cuartos menos iluminados y grupos de entre siete y diez chavos. Unos usan condón, a otros les vale protegerse: esa frase de que “sin globito no hay fiesta” para muchos no es necesariamente cierta.

Me dirijo a un cuarto que parece que no había explorado cuando escucho mi nombre: “¿Pável?”. Salto como un gato sorprendido a media travesura y me topo de frente con un excompañero de la Universidad. “Si no dices nada, yo tampoco digo nada, ¿va?” me propone, dándome una palmada en el hombro. No me da chance de explicarle que yo estoy chambeando y cuando ya se perdió en el laberinto oscuro.

“When you call my name it’s like a little prayer”, canta Madonna. “When you call my name”, balbuceo yo, mientras emprendo la graciosa huida antes de encontrarme a algún otro conocido. “¿Tan rápido?”, me pregunta el de la recepción, insinuando entre líneas que soy un pobre precoz. “Esteee, sí, tengo chamba por hacer”. Como que no me lo cree del todo, pero me vale. Tomo mis cosas y me voy.