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23 de febrero 2022
Por: Redaccion Impreso

Cuando suena la tripa | Razones para amar los tianguis

Dicen que con el estómago lleno, el corazón se alegra… ¿será verdad? Así es cuando suena la tripa en el tianguis.

El hambre es cabrona… pero la comida de los tianguis es más

Como el amor, los tianguis perduran; al igual que nosotrxs, hay unos que se mantienen con mejor forma que otros. Por la pandemia, muchos han sufrido una reducción de tamaño y de clientela y han enfrentado numerosas restricciones; no obstante, los tianguis siguen apareciendo y desapareciendo puntualmente el día que les toca, eso lo comprobamos en el del Monumento a la Madre (que ahora luce más apretado, eso sí), con ropita increíble y para todos los gustos desde 200 pesos, así como largas filas en los puestos de comida, pues de tanto dar vueltas, de tanto ver y revolver ropa o cargar las bolsas con lo que pronto vamos a estrenar, la sed y el hambre llegan impacientes e implacables. Eso solo significa una cosa: es hora de comer.

En cuestiones de tianguis y amor una cosa lleva a la otra: aventarte un recorrido tianguero sin hacer una escala pa’ comer, es como no haber ido; con la familia o con los amigos, mezclar tianguis y comida es un ritual. Por lo general la cosa es más o menos así: si vas por el mandado, antes desayunas, ahí mismo, claro, para posteriormente hacer las compras e irte caminando a casa y así bajar el caldo de gallina, los tacos, las enchiladas, los huaraches gigantes, las tortas, las hamburguesas, los mixiotes, los sopes, las gorditas, los tlacoyos, el menudo o la barbacoa, según el caso.

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De variedad y sabor

Para nadie es un secreto que en más de un puesto de comida puedes agregar una chelita o una michelada rocambolesca con dulces, camarones, chile, mole o pozole. La coctelería de La Lagu destaca por sus colores (similares a los de los líquidos limpiapisos) y por tener nombres como mamada o cogida. Quizá sus nombres se deben a que, después de todo, lo único que separa a comer de coger es una letra; lo demás es sumamente parecido: calentar, oler, probar con el dedo, con la lengua, ensuciarse y disfrutar.

El director creativo de Paladar y periodista gastronómico Pedro Reyes describe la comida callejera como entrañable debido a su condición nómada, lo que le da mayor alcance en los diversos barrios y colonias de la ciudad, además de que su oferta es muy variada.  Y agrega más virtudes a la lista: no solo hay variedad y sabor; se trata de cocina sin complicaciones, económica, popular y con alimentos frescos, del día. Se trata, señala, de un ritual alimenticio y de socialización, una forma de saborear y entender la comida en el espacio público.

Por su parte, Alina Rosillo subraya sus aspectos informales y democráticos, pues si no se come a pie de calle, la mesa siempre se comparte. Ruidos que en otro lado podrían considerarse molestos, aquí son la música de fondo de la experiencia, que se complementa con la parte visual. “Tienes oportunidad de ver cómo preparan tus alimentos; eso es fundamental. Sabemos que en los tianguis no hay normas higiénicas superestrictas, pero ahí interviene la confianza; mucha gente me ha dicho que prefiere comer en los tianguis que en los restaurantes porque les da más seguridad. Además se prepara al momento y, ya con el calor del fuego, la gente cree que eso ‘mata al bicho’”, apunta, y reitera que durante la cuarentena la gente no dejó de ir, no solo por necesidad, sino por una cuestión de solidaridad, pues sabe que lxs vendedorxs viven de su venta y van al día.

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Un laberinto gastronómico

No hay otro lugar como los tianguis, donde confluyen toda clase de productos, aromas, sabores, objetos nuevos y chácharas. Entre lo lícito y lo ilícito, en ellos rigen sus propios códigos, se han transformado con la ciudad y han resistido el paso del tiempo y los intentos por eliminarlos o gentrificarlos.

Siempre imitado y jamás igualado, su espíritu popular es su sello distintivo, lejos de la pretensión y el refinamiento. Si hay en la ciudad un sitio plural, son los tianguis: para el bolsillo más austero, o para el más lleno, siempre existe la posibilidad de un hallazgo.

Los tianguis han dejado huella en la historia de la ciudad, en nuestras carteras, estómagos y corazones. Estaban aquí antes que nosotros y seguirán después de que nos hayamos ido. Son el pretexto perfecto para olvidarnos de la rutina, para perdernos, encontrarnos y recordar que en esta ciudad siempre hay oportunidad de sentir y dar amor, aunque sea por un instante.

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Mini-guía para comer y beber en los tianguis

Si hay tianguis, hay tacos: busca tu ingrediente favorito en tu tianguis de confianza. Si estás en La Lagunilla, ahí no hay tanta garnacha, pero hay tapas, gorditas infladas, semitas, mixiote y tuétanos. Para barbacoa, el tianguis de Balbuena. Tacos de cecina en el tianguis del Parque Miguel Alemán, donde también hay huaraches enormes con bistec, pechuga y salchicha. Para beber, ya sabemos que hay aguas frescas de limón y chía o cremas de coco. En La Lagu, tragos con nombres sexuales. Si andas en la periferia, las Jacarandas, donde Xóchiquetzal ofrece aguas prehispánicas de sabores para alegrar el corazón y equilibrar la energía, además de la “pastilla azul” de Oaxaca que promete romper la cama.

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