Chilango

“Sí se pudo”: historias de migrantes en la CDMX

FOTOS: SAMANTHA NOLASCO

“¡Sí se pudo!, ¡sí se pudo!”… “¡Honduras!… ¡Honduras!”, grita un centenar de migrantes hondureños al llegar al Estadio Jesús Martínez “Palillo”, lugar en el que se habilitó un albergue para miembros de la Caravana Migrante.

El grupo de 150 migrantes hondureños llegó a la Puerta 6 de la Ciudad Deportiva, en la alcaldía de Iztacalco, luego de que el chofer de un tráiler les dio un “aventón” desde la caseta de San Marcos, en Chalco, Estado de México.

“Nos estamos reuniendo aquí para demostrar que sí se pudo, queremos estar juntitos. Y viajar seguros”, señala Lester Javier Velázquez González, quien huyó de su natal Nicaragua.

Lester no viaja solo. Lo acompañan su esposa, Idalia, y sus dos hijos: Alexa, de 10 años, y Axel, de 14, quien viaja con ayuda de una silla de ruedas.

“El gobierno de Daniel Ortega nos tacha de asesinos, fueron a pintar nuestra casa, nos amenazaron de muerte. Mi hijo tiene una cirugía pendiente, está en silla de ruedas porque le explotó una bomba de clavos en la espinilla”, contó Lester.

A diferencia de los migrantes hondureños que llegaron al albergue en un tráiler, Lester y su familia se aventuraron en la travesía por llegar a territorio estadounidense sin saber de la Caravana Migrante y con el sueño de llegar a Estados Unidos.

“Cruzamos la frontera con México en balsas, luego estuvimos un rato en Tapachula (Chiapas). Ahí supimos de la Caravana y nos unimos porque es una forma de viajar seguros, porque México también es peligroso”, dice el padre de familia, cuyo plan es llegar a Miami, Florida, y reunirse con un grupo de refugiados nicaragüenses que se hacen llamar “Azul y Blanco”.

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A pesar de que Lester y su familia han cubierto el viaje desde Chiapas en camión o a pie, el nicaragüense considera que ha tenido suerte, ya que los mexicanos le han brindado cobijo y comida. “Nada de pan y sustento —dice— nos ha faltado”.

Mientras el grupo de migrantes hondureños llegaba a las inmediaciones de la Ciudad Deportiva, en el interior del albergue, más de 400 personas forman una fila para recibir la segunda de las tres comidas diarias que les dan, mientras chiflan, platican y entonan canciones mexicanas.

El menú de este lunes es arroz, pollo a la mexicana y agua de jamaica. En la fila se encuentra Lorena Monserrat Fuentes Rosas, una mujer trans de 30 años quien es originaria de Honduras, viaja sola y no piensa rendirse hasta llegar a Estados Unidos para reunirse con dos primos que viven en Nueva York.

Foto: Samantha Nolasco

Las condiciones en las que salieron de sus países con la idea de llegar a Estados Unidos no son la única adversidad que han enfrentado los de la Caravana Migrante. Aunque parezca una mala broma del destino, la comida también les ha dado problemas en su andar.

Giovanni, uno de los migrantes hondureños que llegó el pasado 4 de noviembre a la CDMX, explicó que muchos de sus compañeros dejaron la comida que les sirvieron el domingo pasado —bistec en pasilla, carne de puerco enchilado, arroz, frijoles, tortas y agua de limón o natural— porque “está rica, pero para muchos está picosa y les arden los labios”.

Por esa razón, los migrantes y las autoridades capitalinas acordaron que no se les ofrecerá carne de puerco o alimentos picosos o muy condimentados.

Además de encontrar comida y refugio en el Jesús Martínez “Palillo”, los migrantes acuden a los centros móviles de atención médica. Tal es el caso de Andrea Galán, de 18 años, a quien le diagnosticaron un cuadro de disentería por comer comida descompuesta.

“Lo peor de este viaje es irme cuidando a mí y a mi hija Ashlee de tres años. Yo me he sentido muy mal. Pienso que me gustaría establecerme aquí, sí me gusta México pero no sé qué debo hacer para quedarme”, dice la joven, quien dejó atrás a su esposo durante el viaje rumbo a la CDMX, luego de que a ella le dieron un “aventón”, mientras que a su esposo no lo quisieron llevar.

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Al igual que Andrea, cientos de migrantes han tenido que abandonar a sus seres queridos para hacer este viaje, sin importar si son menores de edad, como Jason que viaja sólo desde Santa Bárbara, Honduras.

“Me dolió mucho dejar a mi mamá y mi hermanita, pero yo le dije que era mejor eso que morir en las pandillas. Ella me echó la bendición y me apoyó”, nos dijo el menor de 16 años en una entrevista.

El albergue no solo tiene espacio para migrantes hondureños y de otras latitudes, puesto que también dan refugio a mascotas como Firulais, que acompaña a Rueduardo Soler García, de 23 años, quien salió de Ceiba, Honduras, por la falta de oportunidades para estudiar y trabajar. “Llevo 13 días de viaje y no ha sido fácil hacerlo con Firulais, es como viajar con un niño, pero no podía dejarlo, él es mi mejor amigo”, dice a Chilango.