reportajes de cdmx

Foto: Pixabay

21 de diciembre 2017
Por: Redacción ip

Los 10 reportajes chilangos que resumen nuestro año

Este año que termina tuvimos cosas buenas y malas, recobramos la fe en nuestra ciudad y nos volvimos a levantar. Un recuento de reportajes de CDMX.

2017 nos deja (o quizá ya lo haya hecho al momento en que lees esto) y nos da una gran oportunidad de revisar todo lo que hicimos (bien o mal) durante esos 365 días. Si hay algo de lo que en Chilango nos sentimos sumamente orgullosos este año es de nuestros reportajes de CDMX, que no sólo nos dieron muchos temas para debatir en la sobremesa, también nos devolvieron la fe en la humanidad al comprobar que fueron algunas de nuestras notas más leídas… ¡los chilangos sí leemos! ???

Sin duda, el sismo del 19 de septiembre y sus secuelas fue el tema del que todos hablamos en 2017, pero tenemos otros más que pusimos en el radar, como el azote del crimen organizado en delegaciones como Tláhuac y Cuauhtémoc, la violencia de género que día a día enfrentan las chilangas y algunas expresiones sociales, como el skateboarding, y cómo están transformando nuestros espacios públicos.

Te dejamos un extracto de nuestras investigaciones, para que las releas o las conozcas.

Top 10 de nuestros reportajes de CDMX

Puño en alto también significa vida

Foto: Getty Images

María del Carmen Maya Granados estaba en el piso 18 de la Torre Bancomer, sobre avenida Reforma, cuando sintió la primera sacudida del sismo del 19 de septiembre de 2017. Esta vez era real. Dos horas antes había participado en el simulacro que conmemoraba el terremoto de 1985, el mismo que destruyó más de 400 edificios en el entonces Distrito Federal.

Quién podría adivinar que 32 años después —como si el desastre fuera un búmeran que regresa al mismo sitio, en la misma fecha— el suelo volvería a cimbrarse. Siete minutos le había tomado salir a la calle durante el simulacro. Dos horas más tarde, decidió confiar en la solidez del acero y el concreto.

Ella y otra veintena de trabajadores esperaron que el milagro de la arquitectura fuera efectivo y se reunieron en una zona de seguridad. Entre llantos y rezos, las manos de todos se buscaron hasta fundirse en un abrazo. Fue entonces cuando las vieron, a través de los amplios ventanales de la torre: una, dos, tres nubes de polvo se levantaron hacia el cielo, eran las casas, los condominios, los edificios que caían.

Allá afuera estaba la ciudad, las colonias Condesa, Escandón, Roma, Narvarte. Y aquí, adentro y en las alturas, estaban ellos, testigos privilegiados del desastre, de los incendios que aparecían a lo lejos, de las ambulancias que comenzaron a sonar cada cinco segundos, de los helicópteros que volaban en círculos. «Así deben verse las bombas cuando caen», pensó María del Carmen cuando una nueva nube de polvo apareció. Otro edificio colapsaba.

La historia se repite con una exactitud cínica. Imposible olvidar cuando tenía 19 años y, en esta misma fecha, la ciudad se derrumbó. Ella ahora es diferente, pasaron años de trabajo y estudio, los hijos, el esfuerzo constante por levantar un hogar y una carrera. La vida entera que, en un estornudo de la tierra, puede apagarse.

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¿Qué pasaba realmente en el edificio de Bolívar y Chimalpopoca?

Foto: Cuartoscuro

Después de su colapso, durante semanas no se supo nada de lo que ocurría en el edificio de Chimalpopoca y Bolívar. Los rumores sobre explotación laboral se esparcieron pronto, pero no era el único caso: el 19S reveló lo que miles de trabajadoras y trabajadores enfrentan a diario en nuestra ciudad y ese fue otro de nuestros reportajes de CDMX.

El miércoles 20 de septiembre —apenas un día después del sismo—, entre la montaña de escombros que quedó del edificio ubicado en Chimalpopoca y Bolívar, colonia Obrera, un cuerpo fue recuperado en extrañas circunstancias. Un reportero de TV Azteca lo dijo frente a la cámara: «un grupo privado de rescatistas» había entrado a las ruinas y se lo había llevado.

El cuerpo en cuestión pertenecía a un hombre, lo que alguna vez fue un hombre, de 76 años. De origen argentino, judío observante. No era casualidad que fuera uno de los primeros en ser rescatados: para la comunidad judía, al menos para la más religiosa, el cuerpo es mucho más que cartílagos y huesos. El recipiente material del alma, el lugar habitado alguna vez por la chispa de lo divino: eso es la carne.

Por ello, después del deceso, todo cuerpo debe ser acompañado, lavado y purificado por una hermandad santa —una Jevrá Kadishá—. Tanto las cremaciones como las autopsias están prohibidas y el entierro debe realizarse en las primeras 24 horas posteriores a la muerte. ¿Qué pasa entonces cuando el cuerpo está debajo de piedras rotas, de cascajo y polvo? «En la medida de lo posible —explica Irving Gatell, teólogo y especialista en la cultura hebrea—, la recuperación del cuerpo tiene que ser hecha por judíos religiosos para hacerlo conforme a todas las normas tradicionales».

Jaime Askenazi fue extraído del derrumbe por la representación mexicana de la Unidad ZAKA de Rescate Internacional de Israel, liderada por el brigadista Marcos Caín. «El deceso fue confirmado al Consulado General argentino en la capital mexicana por la Cancillería —publicaría el diario argentino El Clarín—, a partir de la verificación de identidad que efectuara el Instituto de Ciencias Forenses de la Ciudad de México el 20 de septiembre».

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Crimen organizado se apodera de la Cuauhtémoc

Foto: Archivo Cuartoscuro

Es viernes y ellos van armados. Cientos de personas a su alrededor atienden con su baile el pulso de la música o se empeñan en conseguir otra cerveza; ellos no. Ellos simplemente se abren paso hacia la barra. Son cuatro y, antes de decir nada, dejan asomar las armas cortas (tipo .45) bajo sus ropas… son parte del crimen organizado en la Cuauhtémoc.

—¡Salte! —grita uno cuando identifica a los gerentes del antro—. Queremos hablar contigo.

Hugo, uno de los dos gerentes, se paraliza en la barra sin saber qué carajos pasa. Con el miedo en la garganta, mira cómo escoltan a Daniel, su socio, hacia la salida. Una hora después se enterará de la conversación que sucede en la calle, lejos de todos:

—Vamos a vender droga en tu lugar. Queremos que estés al tiro. Si alguien más viene a vender el producto y no es de la zona, te vas a meter en un pedo.

—No puedo…—logra decir Daniel después de unos segundos eternos—. No puedo permitirlo.

—No es pregunta—le responden—. Esto es a huevo.

Así recibió el 2015 a uno de los antros más populares de la calle República de Cuba, en el Centro Histórico. Días después comenzaron a llegar jóvenes que vestían siempre igual —pantalón de mezclilla, mariconeras en la cintura para guardar el producto— , casi como si estuvieran uniformados. En un principio, el crimen organizado en la Cuauhtémoc vendía afuera, mas no tardó en llegar a la pista de baile.

Hugo y su socio interpusieron una denuncia por extorsión ante la Secretaría de Seguridad Pública de Liverpool 136, en la Juárez. Un amigo les ayudó a acelerar el trámite. La dependencia envió un par de policías; los dealers, sin embargo, no se fueron.

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No me digas guapa

Por este otro de nuestros reportajes de CDMX nos dijeron de todo: chairos, feminazis, exagerados… pero alguien tenía que poner el dedo en la llaga sobre esta situación y quisimos ser nosotros.

«No: el hombre que piropea a una mujer no es necesariamente el mismo que te viola o te asesina. Pero sí existe una línea que une todas esas violencias. Porque después del piropo, viene el tocamiento y después del tocamiento viene la violación, después de la violación llega el feminicidio. Y a todas esas agresiones las une la degradación de la mujer y de su cuerpo. Si invisibilizamos una de estas violencias, invisibilizamos todas las demás».

Quien habla es Yuritzi Hernández, coordinadora del Observatorio en Contra de la Violencia de Género, Desaparición y Feminicidios en el Estado de México. Estamos en la mesa redonda #NoMeDigasGuapa: de los piropos a los feminicidios, ¿cómo llegamos hasta aquí?, organizada por Chilango y el Centro Horizontal.

Yuritzi se refiere al caso de Valeria, la niña de 11 años que fue violada y asesinada después de abordar una combi en Ciudad Nezahualcóyotl. Pero el asunto no es aislado. Prácticamente todos los días, Yuritzi atiende casos de mujeres acosadas en el transporte público, en la calle, en sus casas.

«Los chilangos miran el Estado de México como el principal foco de la violencia de género —dice—, pero no están viendo que las miles de mujeres que se desplazan a diario del Estado de México a la Ciudad de México son acosadas, que muchas de ellas han sido violadas aquí. Desplazarse de una entidad a otra, como mujer, es una tarea que implica una valentía enorme».

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Por qué se inunda la ciudad

Foto Cuartoscuro

Para entender por qué se inunda la Ciudad de México, hay que saber que se disoció de sus ríos y lagos en el mismo momento en que los conquistadores españoles la ocuparon.

A fin de que sus bergantines de asedio navegaran libres contra el paganismo azteca, Cortés y sus hombres destruyeron la gran albarrada de Nezahualcóyotl. Se trataba de un muro de madera y piedra que disgregaba los lagos de Xaltocan y Texcoco. Su propósito era evitar las inundaciones en Tenochtitlan y separar el agua dulce de la salada. Los conquistadores también destruyeron el acueducto de Chapultepec, construido por el emperador Moctezuma I para abastecer de agua potable a la capital del imperio.

Décadas después, con las calles anegadas, las autoridades coloniales se dieron cuenta de su error y volvieron a construir las albarradas mexicas. Ya era tarde. Si bien las inundaciones no habían sido una excepción para la ciudad prehispánica, la torpeza ibérica en tierras desconocidas fragmentó el fino equilibrio que los locales habían negociado con sus lagos y ríos.

Destrucciones de edificios, cosechas y pérdidas económicas. El desbordamiento de los lagos acarreaba consecuencias. Desesperado, el virrey Luis de Velasco II ofreció recompensas a cambio de soluciones para mantener el agua a raya. Se consideraron varias propuestas. La junta de gobierno eligió, el 23 de octubre de 1607, la opción que marcaría la relación entre el agua y la Ciudad de México hasta la fecha: drenar el agua fuera del valle. Ese día se decretó la guerra de esta ciudad contra sus corrientes de agua… ¿ya ves por qué se inunda la Ciudad de México? Por eso hicimos otros de los reportajes de CDMX.

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Así es como el skateboarding ha transformado CDMX

Foto: Lulú Urdapilleta

Hay quien asegura que este año se cumplen cuatro décadas desde que hay skateboarding en la CDMX. Aquellos pioneros del asfalto imaginaron una ciudad llena de provocaciones. Algunos llegaron a ser arquitectos e historiadores: hoy siguen transformando las calles.

A estas alturas pocos lo recuerdan, pero hubo un tiempo, a mediados de los 70, en que la fuente del Parque América frente a la iglesia de San Agustín, en Polanco, era diferente. Decenas de jóvenes habían invadido ese lugar para convertirlo en el spot ideal para practicar skateboarding.

Nadie sabe con claridad quién fue el pionero. Alguien, en aquellos años, viajó a Estados Unidos y, entre su equipaje, introdujo la primera tabla de skateboarding en la CDMX. De pronto aparecieron por las
calles jóvenes de cabello largo que avanzaban veloces sobre tablas de madera con cuatro ruedas.

«De los primeros lugares donde se patinó fue Bosques de las Lomas. Todas estas calles con una pendiente muy fuerte son donde se empieza a dar ese surf de banqueta con tablas largas», sostiene Érik Carranza, integrante de Anónima Arquitectura, despacho que desde hace años reflexiona, entre otras cosas, sobre la forma en que el skateboarding ayudó a reconcebir nuestras calles.

«Después, la práctica baja a Polanco —sigue Carranza—. Es desde ahí que se extiende por las colonias que la rodean hasta llegar a la zona centro y a la periferia».

La fuente del Parque América era entonces uno de los pocos sitios en la capital con las características para imaginar que se estaba en una pequeña alberca vacía californiana, en donde podía practicarse todo tipo de trucos y piruetas. Patinar era en el fondo eso: imaginar la ciudad, apropiársela y transformarla.

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100 años del natalicio del Santo

Ilustración: José Quintero

Nuestros reportajes de CDMX no hubieran estado completos en 2017 si no le rendíamos culto a uno de los ídolos chilangos por excelencia, cuya historia es igual de fascinante que su éxito en el ring y el cine…

La imagen es por sí misma una contradicción: el enmascarado de plata, aparece en una cama, inclinándose sobre una mujer. Él con el rostro cubierto, ella con los senos desnudos. Que en el imaginario popular uno de los héroes más emblemáticos del cine mexicano no se descubra el rostro ni siquiera en el momento de mayor intimidad, debería decirnos algo de nosotros mismos… hablamos de eso en el centenario del Santo.

Fue una máscara de cuero plateado con costuras burdas la primera que cubrió el rostro de Rodolfo Guzmán Huerta, el 26 de julio de 1942. El cuero lastimaba y lo hacía sudar a chorros, pero apenas comenzaba el calvario: «Tuve que sufrir mucho para mantener el misterio –declaró El Santo en su última entrevista, al diario unomásuno–. No sólo me enfrenté a verdaderas fieras del cuadrilátero para conservar mi identidad, tuve que enfrentar a mis seguidores, a los curiosos, a muchos reporteros que seguían mis pasos para descubrir quién era El Santo. Fue un verdadero problema».

Y si en vida libró arduos combates en el ring para resguardar la identidad del luchador, hoy esa máscara enfrenta otro tipo de luchas. Personaje polémico, El Hijo del Santo, heredero de la insignia del ídolo, protagoniza desde hace años batallas que ya no ocurren en los coliseos, sino dentro de despachos y tribunales. Además de haber seguido los pasos de su padre en el ring, fue él quien transformó la imagen pública del Santo –su nombre y su máscara– en una marca registrada que explota comercialmente de manera exclusiva en sus tiendas, al punto de oponerse a que su sobrino, Axel, use el nombre de El Nieto del Santo arriba del ring.

Pero heredar una máscara implica heredar los problemas de la misma, que prevalecen hasta el centenario del Santo. En marzo de 2012, por ejemplo, durante una de las audiencias de un juicio en el que demandaba a la empresa Promociones Antonio Peña dejar de vender la grabación de una de sus luchas, una de las abogadas interpuso ante el juez un recurso de revocación: pedía que El Hijo del Santo –quien asistió enmascarado a todo el litigio– se quitara la máscara para identificarlo plenamente. No fue la única vez que el luchador puso el grito en el cielo.

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Las autodefensas y el narco en Tláhuac

Foto: Francisco Castellanos

Este fue uno de esos reportajes de CDMX que no planeamos hacer, pero que las circunstancias lo volvieron necesario, sobre todo después del abatimiento de «El ojos», líder del cártel de Tláhuac a manos de la Marina…

El camino está lleno de curvas y es cada vez más estrecho. Apenas uno sale del Eje 6 en Iztapalapa y enfila hacia las faldas del cerro de la Tortuga, las calles se convierten en un laberinto, donde las guardias civiles se organizan. Los comercios ambulantes se multiplican; fruta, ropa y películas pirata alrededor de pequeñas casas con los ladrillos todavía al aire. De vez en cuando, como ahora en la colonia Xalpa, uno encuentra una lona que cuelga de los postes de luz:

«Advertencia. Calle vigilada. Vecinos unidos contra la delincuencia. Ratero: si te agarramos ¡Te linchamos!».

Un sujeto roba la batería de un auto e intenta alejarse, discreto. De pronto suena un silbato. Luego otro más a lo lejos, otro y otro. Decenas de personas salen de las puertas y zaguanes.

Algunos llevan palos, piedras. Quizás un machete que brilla en la oscuridad. El hombre corre pero es inútil. La turba lo alcanza y lo hace sangrar a golpes.

«Muchos dicen que somos unos salvajes por salir con palos —me dice una mujer en Xalpa, una de las colonias más organizadas—. El movimiento no es pro-violencia, pero la verdad es que se empezaron a agarrar a muchos rateros así».

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La enfermedad silenciosa del dolor crónico: fibromialgia

Foto: Édgar Durán

Cada paso es un tormento. Para llegar a su habitación desde la sala, Nelly García Trejo tiene que subir 12 escalones; cada uno duele más que el anterior. Hoy la cama está sin hacer, Nelly no encontró fuerzas: tiene fibromialgia. El tocador, donde antes descansaban peines y cremas, hoy es un anaquel de medicamentos. Botellas de ibuprofeno, clonazepan o morfina se apilan en los cajones.

«No tengo buenos días», dice. Con 38 años, una melena color chocolate y la cara salpicada de pecas, cuenta con palabras rápidas que a veces incluso bañarse es una tortura: el filo del agua la hiere. «Mi mejor día es como tener gripa: desconozco ya lo que es vivir sin dolor».

Lo dice sin melodrama. A estas alturas, se ha acostumbrado a contarlo. Nelly pertenece a ese 2.5% de la población en México que padece fibromialgia, de acuerdo al Departamento de Neurobiología del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente. Se trata de una rara enfermedad que se caracteriza por un dolor muscular crónico y que puede manifestarse un día en el cuello, al otro en los hombros, la espalda, los brazos, las piernas. El cuerpo entero se convierte en recipiente del martirio.

Madre soltera de dos hijos, Nelly comenzó a sentir que algo no iba bien desde 2006. En aquel entonces trabajaba como asistente ejecutiva de una clínica dental; las migrañas constantes provocaron que su rendimiento disminuyera, los brazos comenzaron a pesarle, olvidaba documentos de un momento a otro. Durante seis años visitó médicos y clínicas pero nadie sabía nombrar el mal que la aquejaba. Las constantes faltas provocaron su despido. Para sobrevivir y mantener a sus dos hijos, comenzó a vender manualidades

Es como estar encarcelada. Nelly hoy vive en una casa de dos niveles en Ixtapaluca, en una unidad habitacional donde cada calle ha sido enrejada para evitar los robos. Salir de ahí implica enfrentarse al transporte público, subir a combis maltrechas para llegar al Metro más cercano. Prefiere no intentarlo, guardarse en su cuarto con Samuel, su french poodle, y soportar el frío, aguantar el peso de su cuerpo y las migrañas constantes, los malos días que se acumulan.

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El Cuerpo de Bomberos, en llamas

Foto: Shutterstock

Pudo pasarle a cualquiera. Cuando Carlos Tovar recuerde este momento —el olor a detergente, el rumor de fondo de los autos que corren por el Periférico, los tres o cuatro mirones—, se repetirá muchas veces esa frase: pudo pasarle a cualquiera.

Primer Oficial del Heroico Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México, Carlos Tovar mira al cielo. A través de una maraña de cables, alcanza a ver a su compañero, el bombero Juan Carlos García, pasmado, aferrado con fuerza a la estructura metálica del anuncio espectacular que se eleva desde el techo de este pequeño autolavado.

¿Ya tomaron los datos?—le pregunta a Sergio Flores, un bombero joven que recién ingresó a la institución.

—No, jefe— le responde el otro, todavía aturdido.

—¡No sean cabrones!

Carlos Tovar suspira, intenta tranquilizarse. Últimamente hay tantos bomberos nuevos. Qué culpa tienen ellos, se dice. En sus 30 años de servicio ha visto caer a más de un elemento en el cumplimiento de su deber. El último fue José Sacramento Hernández, en 2011, a quien el tronco de un árbol gigantesco le aplastó la cabeza. Antes, en 2007, Eduardo Chávez Vásquez murió cuando el techo de una fábrica en llamas se colapsó, junto con él.

Ahora, Carlos Tovar, Primer Oficial del Heroico Cuerpo de Bomberos, camina hacia el cuerpo del bombero Álvaro Jiménez, que yace en el suelo todavía con el uniforme puesto.

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