Chilango

No eres tú soy yo, de veras

Casi que me decido a tomar ese curso que me interesa pero todavía no sé. La mini-investigación previa me ha dado algunos tips para elegir un buen curso: 1) ya aprendí que no hay curso malo, la “maleta” soy yo en saber qué quiero y para qué lo voy a usar. «No hay que despreciar cursos. Si eres, por ejemplo un mesero, quizás te conviene tomar un curso para saber de vinos porque de ese modo puedes venderte como sommelier y ganar más dinero, cualquier curso sirve si sabes cómo lo vas a usar», dice Cortés Delgado. 2) Hay que fijarse en las certificaciones, los programas y los maestros. Está bien que nuestras instituciones gubernamentales en general no tienen mucha credibilidad, pero de algo debe servir que estén incorporados a la UNAM o a la SEP, por lo menos me habla de que no son una empresa que se irá con tu dinero al día siguiente. «Para escoger un taller considero algunos puntos claves: si la institución que lo avala está consolidada, la planta docente, quién te imparte el taller, su experiencia profesional, laboral y hasta docente; así como verificar el plan de estudios, la metodología de los cursos, los objetivos. También puedes escribirle un correo electrónico al coordinador y ver cómo te contesta, ese también es un servicio», dice Nayeli Arévalo, coordinadora de Educación Continua de la Universidad Centro.

Para mi sorpresa, hay aún otra certificación para otro tipo de cursos (casi siempre manuales) que parece muy confiable, aquella que da la Secretaría del Trabajo y Previsión Social como “agente capacitador externo”. Por ejemplo, el Centro de Arte y Diseño en la Colonia Cuauhtémoc ofrece todo tipo de cursos de joyería, esculturas, plastilinas, esmaltes, pintura y dibujo bajo este esquema. Y no sólo se anuncian como cursitos para desocupados sino como un «opción de preparación y apoyo para la gente que busca entrar en las escuelas y carreras nacionales de arte y diseño, como el INBA, la Esmeralda (CNA), Academia de San Carlos, carreras de artes plásticas, diseño gráfico e industrial». Y aunque no soy nada de eso, es fácil soñar con estudiar, qué sé yo, el Diplomado en Joyería (960 horas, 2 años), por ejemplo, y en lugar de aguantar jefes enojados o compañeros demasiado fresas, poner un local con mis propios diseños. Ahhh, la de vida que necesitaría uno para hacer todo lo que se antoja.

A los 18 años, cuando uno escoge lo que va a hacer el resto de su vida, uno está borracho de hormonas (y alcohol, por qué no decirlo). Tendría que aceptar que quizás escogí mal y la felicidad no está aquí donde estoy. A lo mejor la felicidad esté en aprender a dar un masaje holístico (sin final feliz ni calambre, cabe aclarar) con Mariana Mena (25 horas, 1800 pesos) y ser parte de esa tribu que ayuda a bajar la histeria de esta urbe tan neurótica.

No soy la misma que cuando empecé este reportaje: ahora veo con genuino interés cualquier anuncio, por pequeño que sea, de cualquier curso; vamos, hasta los del Centro Cultural Woody Allen me parecen importantes. ¿Qué sé yo si aprendiendo mucho de género negro o de asesinos seriales, quizás pueda convertirme en una mejor persona? Hasta en una de esas darle vuelo a la hilacha y escribir, por fin, ese gran guión cinematográfico que redefina el cine nacional… soñar no cuesta nada y los cursos tampoco son tan caros. Pensándolo bien, otra opción podría ser impartir yo ese necesario taller de “Cómo elegir un taller: la postmodernidad arrancada en la elección personal” ¿Alguien se inscribe?