Chilango

8/7/76

                                                                                             Hubo protestas que buscaban que la Cooperativa

                                                                                               del periódico restituyera el puesto de Scherer.

Se anunció que una comisión de reginistas pedía hablar con el director para informarle oficialmente de los acuerdos tomados en la (amañada) asamblea: se había suspendido al director, al gerente y a los cinco (Arturo Sánchez Aussenac, Leopoldo Gutiérrez, Ángel Trinidad Ferreira, Jorge Villalobos, Arnulfo Uzeta, acusados absurdamente de gangsterismo y pistolerismo por oponerse a las maniobras del grupo reginista, diez días antes), y se había encomendado al consejo de administración asumir el manejo del periódico, dado lo cual se pedía a las autoridades removidas desocupar las instalaciones; de no hacerlo se les haría responsables de lo que pudiera ocurrir. 

Víctor Payán encabezaba la comisión reginista:

—El periódico debe salir, Julio. Yo lo siento mucho pero así es, no hagan más      difíciles las cosas.

—Por las buenas.

La comisión se retiró. Nos daban quince minutos para abandonar el periódico o sufrir el enfrentamiento.

—No nos vamos, Julio, no nos vamos —decían Bambi y María Idalia. 

El jefe de linotipos Carlos Gaviria acrecentó el desconcierto:

—Yo vengo por hueso para linotipos, don Julio. El periódico tiene que salir. Necesito material.

El periódico tiene que salir.

—Si nos vamos no regresamos nunca.

—Puede haber muertos.

—Perderemos el periódico para siempre don Julio.

Ya lo perdimos no tiene caso cada quien haga lo que quiera acaban de entrar en la redacción vámonos señor director don Hero vámonos es inútil. 

—No don Julio, no don Hero, no se vayan —suplicaba llorando Reynaldo Hernández, ayudante de Revista de Revistas. 

Miguel Ángel Granados alzó la voz, y aunque muchos no alcanzaban a verlo, oculto por la multitud que abarrotaba la oficina de la dirección, todos lo escucharon: 

—Un enfrentamiento tendrá consecuencias trágicas y nada ganaremos porque no podremos hacer el periódico ni mantenernos acuartelados por mucho tiempo. Yo pienso que debemos salir ahora dignamente, pero ésa es una decisión y una responsabilidad personales. Yo asumo la mía y me voy.

—Vámonos.  

Yo asumo la mía y me voy vámonos. Yo asumo la mía y me voy vámonos. Yo asumo la mía/ 

¡No nos vamos! —exclamó Julio.

¡No nos vamos y háganle como quieran! —repitió a gritos Manuel Becerra Acosta cuando Víctor Payán regresó al despacho de la dirección para exigirnos de nuevo que abandonáramos el edificio porque ya se había concluido el plazo. 

De comedida y pacifista, la actitud de Payán se había transformado en beligerante. Se advertía colérico, y eso atemorizó a muchos de los que nos apiñábamos ahí. Era evidente que los reginistas se hallaban dispuestos a consumar el golpe por la fuerza. Sus agentes policiales, sus represores a sueldo disfrazados de cooperativistas con esos ridículos sombreros de soyate que habían convertido en “la indiada” a los reprimidos por “el imperio de la dirección”, empezaban a volverse tangibles en la sala de reporteros, en los pasillos, en los rincones, en las escaleras que descendían al segundo piso y al planta baja. Hero hijo se asomó por la antesala y descubrió a varios gorilas empistolados. Ya no ocultaban sus armas; algunos las empuñaban al aire, ostensiblemente, mientras se movían de un lado a otro, como al acecho, entre reporteros, colaboradores y empleados de administración que habían participado, una hora antes, en nuestra segunda asamblea celebrada en la redacción para impugnar la espuria de los reginistas. El estado de cosas se volvía poco a poco aterrador. Nubes negras, henchidas, a punto de tormenta. Bomba de tiempo. Conflagración inminente. 

Durante minutos eternos, un grupo de fieles a Julio nos mantuvimos atrincherados en su despacho, en la antesala, en el área de la subdirección. Otros lo hacían en la gerencia del segundo piso adonde había regresado Hero Rodríguez Toro para enfatizar su decisión de mantenerse en el periódico, en su puesto.

—Estos cabrones van en serio —dijo Becerra Acosta a Julio, y Julio se tensó el cabello, oprimió los puños.

No tardan en comenzar los chingadazos —dijo Samuel del Villar.

—Pues a ver de a cómo nos tocan —se envalentonó Manuel Sandoval.

Pedro Álvarez del Villar fue a auscultar el área de talleres —nos dijo— para averiguar qué estaba pasando allá. No volvió. Desde el despacho de Julio escuchamos los primeros ruidos secos, lejanos, como cohetes. Eran disparos. Uno… dos… tres, cuatro. Los agentes disfrazados de indiada empezaron a cumplir sus órdenes. 

El pánico se desfloró  como un avispero. Nuestros compañeros corrían por la redacción, huían por las escaleras, se ocultaban en las oficinas. 

—¡Están disparando!

—¡Ya vienen para acá!

Gritos, empellones, macanazos contra quienes interrumpían el paso de los sombrerudos. Más disparos: algunos al aire, otros que se estrellaban en las paredes y uno que perforó el muslo del reportero Federico Gómez Pombo, según me dijo después Carlos Marín, que lo vio todo. El rumor de gritos y de carreras parecía el oleaje de un mar embravecido. No todos conseguían ponerse a salvo en su estampida; algunos enfrentaron a los sombrerudos a punta de empellones, otros se escudaban con las sillas giratorias de la sala de redacción y las sacudían contra sus atacantes. Lanzada con fuerza por Pepe Reveles, una máquina de escribir voló por el aire y cayo sobre un gorila que disparaba. 

Cuando me sentí  empellado hacia fuera de la antesala de Julio, por una instintiva reacción de pánico de quienes estaban detrás, alcancé  a ver el grupo que formaban María Idalia, Bambi, Laura Medina y Maruxa Vilalta corriendo por las escaleras hacia el segundo piso. Tropezaban, caían, gritaban. Gastón García Cantú y Abel Quezada ya habían logrado llegar a la planta baja y salir a la calle, mientras dos inmensos gorilas, subiendo a zancadas, tundían a golpes a Rafael Rodríguez Castañeda, a Manuel Pérez Rocha, a don Abraham López Lara que nunca se repuso de la tranquiza recibida. Vi también el momento en que la cámara del fotógrafo Aarón Sánchez se estrelló, desbaratada, a las puertas del elevador, y alcancé a distinguir el momento en que cuatro agentes armados de pistolas y macanas, a quienes Manuel Camín instruía con gestos y además desde una columna rinconera, irrumpían en la dirección. 

Yo me había agarrado del barandal de la escalera, esquivando a los sombrerudos que trepaban de dos en dos los escalones, cuando un terrible manotazo en el cuello me hizo perder el equilibrio. Escuché un disparo, un grito a mis espaldas, y rodé por los peldaños porque no alcancé a detenerme de Enrique Rubio que bajaba por delante. Un pisotón. A la altura de la sien derecha mi cabeza chocó en el filoso ángulo de granito y perdí el conocimiento. Lo último que recuerdo fue el dolor: como si me hubieran clavado un punzón hasta el cerebro. 

Luego supe que después de una breve e intensa zacapela ocurrida en al oficina de la dirección  —en la que resultaron heridos Samuel del Villar y el corresponsal costarricense Armando Vargas— los gorilas ensombrerados se identificaron como agentes de la judicial y detuvieron a Julio Scherer: su único objetivo, su única presa. Lo llevaron a la Procuraduría del Distrito Federal. 

Supe también que nuestro gerente, Hero Rodríguez Toro, sufrió  un infarto poco antes de que allanaron su oficina, y su hijo Hero y su secretaria Marta Sánchez lo trasladaron al hospital ABC. 

Además de los golpeados y heridos de bala —unos treinta heridos del grupo de Scherer, quizás más— se contabilizaron cinco muertos —fueron quince oficialmente—. Uno de ellos: nuestro compañero Pedro Álvarez del Villar, asesor de la dirección y de la gerencia, quien en el área de talleres fue golpeado en la cabeza con una herramienta de trabajo por un prensista de los rijosos de Regino. Según Zabludovsky, el prensista accionó en defensa propia cuando Álvarez del Villar y otros Shereristas intentaron apoderarse por la fuerza del área de maquinas.

Desperté  de mi conmoción, una hora después, en el auto de Adolfo Aguilar y Quevedo, estacionado en la lateral de Reforma. Un chofer de traje gris encendió el motor y abandonamos el sitio sorteando a los curiosos que se arremolinaban frente al edificio de Excélsior. Me punzaba la cabeza pero estaba consciente de nuevo.