Debí haber sido una niña cuando visité esa puesta en escena de flores cempasúchil y terciopelos con cientos de miles de velas en Pátzcuaro. Son de esas cosas importantes, de nuestros altares de muertos, que permanecen en la memoria de las imágenes y del corazón.

Esos son nuestros altares de muertos, una mezcla de idiosincrasias de cinco siglos y, hoy, un poquito de pumpkin pie. No sé si el mercado de Sonora ya montó la parafernalia de la fiesta, pero tampoco sé si quiero ir. Llevo un par de años sin mi compra de figuritas en la feria del alfeñique en Toluca, con su pasadita a Lerma por una quesadilla de longaniza.

Mi altar ya necesita nuevas tumbas, calaveras, trajineras, tacos, enchiladas y hasta molito con ajonjolí, todo elaborado con pasta de azúcar y repleto de mexicanidad. En mi altar no faltan el tequila, el whisky (malísimo como el que tomaba Rodrigo, marido de mi madre y con quien pasé la mitad de mi vida) y botellitas miniatura de Petrus con etiquetas pintadas a mano. Y claro, las fotos de nuestros muertos. Adoro esa tarde en la que se monta.

Tengo piezas de colección y dos copaleras de tres patas. Una de ellas prehispánica, un poco coja; me la regaló mi abuelo, quien sabía que ese humo blanco de quemar resina de copal era el camino para que los dioses bajaran a ver nuestras preciosas ceremonias paganas. Ando pensando hacer tamales de camarón seco para dejarles a los muertos de mi madre, y este año vamos a compartir mucho pan de muerto por todos los que en la contagiadera se fueron.

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De la panadería mexicana, además de las conchas con muchísima mantequilla, el pan de muerto es ganador. Me gustan medianos, húmedos y con cantidad generosa de huesitos. Los de Nicos, los del mercado de Coyoacán, los de Da Silva, y promuevo no privilegiar los de supermercado, que saben a manteca y siento que le duele al tzompantli.

Compro el papel picado en la calle de Mesones, donde aún se ve el trabajo de cinceles sobre papel de China. No, no me gusta la calabaza en tacha. Quiero guisar mole, brillante y muy vegetal, y servirlo en platos de barro negro para nuestros altares de muertos. Mañana paso por frijol vaquita para poner en seco en gallinitas de vidrio, así como sal, azúcar y café. Que mis muertos encuentren en su homenaje un manjar como los que vivieron, procuraron y me enseñaron.

Las velas de la cerería de Jesús, esa que las fabricaba para Dolores Olmedo, para Luis Barragán y ahora para una servidora, sean las que iluminen jarritos con quelites y elegantes catrinas invitando a una noche opípara y espiritual. Una noche en donde el muerto sale del pozo y el vivo invita al gozo.

Valentina Ortiz Monasterio@valeom

Esta columna de opinión expone exclusivamente el punto de vista de su autor y no necesariamente refleja los valores y/u opiniones de Chilango.