Confesiones de una excadenera

Escaneo a tu cinturón, tu reloj, tu cartera...

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Natalia creyó que ser cadenera era la cosa más fácil del mundo. Sólo necesitaba pararse en la entrada de un antro y elegir a la gente bonita para llenar mesas; encima, parecía muy divertido.

¿Cómo le hizo?

Su primer contacto fue en un antro de bajo perfil cuando tenía 18 años. Llegó como parte del equipo de Relaciones Públicas del lugar. Cuando su área tronó, se mantuvo en el staff y se convirtió en la cadenera.

Al lugar le cabían 4 mil personas pero a veces sólo llegaban 150, “y como el dueño lo que quería era hacer dinero, no necesitaba ser ruda en la puerta”.

Pero ahí conoció a los socios de un nuevo antro que le dio vida nocturna al sur del DF. La espinita seguía clavada en Natalia, así que buscó a toda costa hacerles un ofrecimiento: “Quiero ser jefe de cadena”. Uno de los socios le contestó que estaba loca, pero al final le dio luz verde para que se instalara en el puesto.

Capacitación

Entonces vino lo bueno porque no sólo se trataba de pararse en plan de diva en la puerta y dejar pasar a la ‘gente bonita’, sino capacitarse como en cualquier otro oficio.

“Primero me mandaron a clases de defensa personal”. Y eran necesarias porque Natalia es una chica de complexión delgada -pesa 65 kilos- y, aunque es alta -mide 1.76-, cualquier macho pasado de lanza la podía vulnerar.

El siguiente paso fue leer un gran paquete de revistas y periódicos de sociales para dominar todos los nombres y caras que se pudiera grabar en la mente: socialités, políticos, hijos de políticos, artistas y deportistas. Incluso saber por qué ciertos personajes llegaban con escoltas.

Su entrenamiento estuvo a cargo de un cadenero de lugares famosos como el Bar-Bar, así que Natalia no sólo debía estudiarse a la clase pudiente del DF para pasar los exámenes, sino saber de moda y de marcas de ropa para reconocer los looks que estaban in.

El truco está en un escaneo rápido

Sí es necesario ser ‘gente bonita’ para pasar al antro de moda, pero también debes cubrir otros requisitos que te convertirán en un buen cliente.

“Aprendí a escanear a las personas. Valorar cuánto dinero traían para gastar en base a lo que usaban, como pantalones, relojes, sacos, zapatos, cinturones, camisas, carteras, vestidos y bolsas”.

Cuando Natalia no estaba segura del perfil del cliente en la cadena, daba un paso más certero: le pedía su identificación.

“Aunque fuera evidente que tenía más de 18 años, el pretexto siempre era que venía una redada y teníamos que saber que se podía identificar como mexicano mayor de edad, por su propia seguridad…”.

Pero en realidad ella los incitaba a sacar su identificación para ver su cartera y checar cuántas tarjetas de crédito o dinero en efectivo traían. También para escanear las manos y ver relojes o pulseras.

Las ganancias por elegir bien

Para Natalia se volvió normal vestir de minifalda, halter, estar superarreglada, usar tacón, “hasta me pagaban el salón”.

Así que su aspecto despampanante la volvió popular entre los hombres que le invitaban shots a cada paso que daba cuando era hora de meterse al antro. “Me pusieron un mesero atrás para que me sirviera tragos de una bebida diferente a la que había en la mesa de los clientes, y de cada uno me daban una comisión”. Obviamente tenían una engañada de alcohol para que no terminara fumigada.

El intento más ridículo para librar la cadena

Había un tipo que agarraba a viene, vienes y les ponía sus trajes y hacía que actuaran como si fueran sus guarros. Pero el güey era nadie y montaba todo un espectáculo para poder entrar rápido a los antros”.

Sobornos e insultos

Natalia se enfrentó a muchos retos detrás de la cadena de los dos antros en los que trabajó formalmente por dos años. Recibía muchos elogios -incluso hubo propuestas de matrimonio-, tragos gratis, pero también intentos de soborno.

Se acuerda en particular de un grupo de chavitos de 16 años que le ofrecieron 100 dólares para que los dejara pasar: “Toma reina, para que te compres algo”, eso le provocó un ataque de risa, y aunque no aceptó sobornos, confiesa: “Sí dejas pasar a menores de edad, no es un gran tabú, pero sí se tienen que ver grandes; no pueden tener cara de escuincles babosos”.

Pero también tuvo que sortear insultos y jalones. En el segundo antro en el que trabajó, “la primera noche me rompieron la cadena, porque eran 5 mil personas queriendo entrar. El equipo de seguridad me tuvo que cargar para ponerme a salvo”, pero en la inercia, terminaron por empujarla contra una pared.

“Una vez un compañero de seguridad tuvo que pegarle en la cara a un brother. Se armó con un radio para quitarlo porque me tenía agarrada fuertemente de la blusa y yo no me podía safar”; después el tipo demandó al lugar, aunque al final se arrepintió y volvió un mes más tarde para que lo dejaran pasar.

Y de los insultos: “cualquiera que se te venga a la mente, pero me acuerdo del ‘tú quién eres, pinche gata, para decirme si entro o no'”.

Se terminó el encanto

Después de ese par de años en las cadenas, decidió dejar la vida nocturna porque “un día ya no fue divertido. Entré a una relación muy seria, me enamoré y ya ir al antro y estar ligoteando con güeyes no era apropiado, ya me sentía mal”. 

Fue entonces que Natalia dejó atrás ese trabajo de jueves a sábado y se concentró en su propia agencia de relaciones públicas. El tiempo terminó matando sus ganas de pararse en un antro para soportar el humor de un cadenero y poco a poco fue dejando la manía de escanear a las personas que la rodean.

(Leer: Consejos para librar la cadena)

Y tú ¿qué harías por pasar la cadena de un antro?