| Café del Palacio de Bellas Artes |
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Por:
staff chilango
Con cualidades tan art decó como la decoración, en este lugar puedes esperar cualquier extravagancia
¿Qué puede ser más espectacular que ese gigantesco huevo estrellado-art nouveau que es el Palacio de Bellas Artes? Es la privilegiada sede del Café del Palacio que, a pesar de esa gran oportunidad, parece un modesto restaurante administrado por un burócrata soviético salido de alguno de los murales de Diego Rivera que adornan el piso siguiente. ¿Por qué habrÃa de ser pobre pero digno –porque eso es– un café con esas ventanas a La Alameda, rodeado de las mejores exposiciones de la ciudad y las pinturas de los tres muralistas más Rufino Tamayo, y que tendrÃa que servir de remate ideal para coronar con un postre algún concierto de Rolando Villazón o de la Filarmónica de Israel? El mesero puede presentar dos opciones de carta: la básica, lista para cuando el cocinero se reporte enfermo, y la no tan básica, en la que ya se prometen algunos platillos calientes. Parece que la estufa fuera del cocinero, nadie está autorizado a encenderla si no está él. De manera que si toca en suerte el menú básico, habrá que escoger entre alguno de los sándwiches, que tienen el dudoso honor de ser más caros que en Starbucks y ni siquiera tan elaborados. El de jamón serrano con jitomate deshidratado, queso gruyere y mostaza a la miel puede ser un buen aperitivo para tomar fuerzas y regresar al recorrido de una exposición. Tal vez demasiado dulce, sobre todo si se combina con el timbal de nopales, cuya salsa también peca de azucarada. Ése debe ser el concepto del lugar: la dulzura, como lo confirman la copa de vino blanco (en la mejor tradición de un Liebfraumilch, a precio de Chardonnay), el aderezo de la ensalada de tres lechugas y roquefort y la supuesta sachertorte, llamada asà en alusión a un postre austriaco de chocolate amargo, pero que aquà es un pay con cierto sabor a Choco Milk. El servicio compensa casi todo con su amabilidad y sentido del humor. Casi. No parece que alguno de los muchos turistas que lo visitan lo vaya a anotar como un lugar para regresar. “¿Ven?â€, dirá el burócrata riveriano, “esos yanquis no saben apreciar, por eso no vuelvenâ€. Dan servicio de cena las noches en que hay conciertos. |
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