El cementerio de los Leones

VÍAEmiliano Rodríguez Mega / Ignacio Rodríguez Reyna
desierto de los leones
Fotos: Christian Palma.

En lo profundo de uno de los últimos bosques de la CDMX, los cementerios de oyameles revelan que la contaminación persiste y mata. El ozono, en particular, aniquila no sólo a los humanos, acaba con los árboles.Desde la biología genética dos científicas y comuneros de la zona luchan por salvar el primer Parque Nacional de México: el Desierto de los Leones.

Por: Emiliano Rodríguez Mega / Ignacio Rodríguez Reyna

En una nublada mañana de marzo de 2017, Alicia Mastretta Yanes cargó en el Jeep de su padre un tanque de nitrógeno líquido y manejó hacia los límites del suroeste de la Ciudad de México, dejando atrás el incesante zumbido del tráfico citadino. El paisaje, un bosque húmedo y frío, repleto de oyameles y pinos, pronto se convirtió en un descampado con árboles caídos y troncos desnudos que se elevaban como arpones hacia el cielo. Se encontraba en uno de los cerros más altos del Parque Nacional Desierto de los Leones, el bosque protegido más antiguo de la capital.

Mientras sus estudiantes recolectaban hojas de los oyameles muertos o moribundos y las sumergían en nitrógeno líquido para congelarlas, Mastretta sintió que el lugar se parecía al cementerio de elefantes de El Rey León. Desde hace décadas, los habitantes de las comunidades cercanas habían comenzado a llamar a esas áreas “cementerios”, por la impresionante cantidad de árboles muertos.

Allí, en medio de la devastación del Desierto de los Leones, Alicia Mastretta, bióloga egresada de la UNAM y adscrita a la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), se preguntó si el primer Parque Nacional de México podría ser salvado.

Hace más de un siglo, el Desierto de los Leonesfue declarado área protegida, con el propósito de salvaguardar sus manantiales, que suplían de agua a la capital. Pero los árboles del parque no han corrido con mucha suerte. Los pinos, robles y oyameles han sufrido la tala ilegal, han sido atacados por plantas invasoras, infestados por plagas de insectos, arrasados por los incendios y, lo más grave, envenenados por la contaminación atmosférica.

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El deterioro más dramático del Desierto de los Leones ocurrió en la década de los ochenta, cuando los oyameles comenzaron a teñirse de rojo cobrizo, el mismo síntoma observado en otros bosques cercanos a ciudades muy contaminadas, como Los Ángeles. Muchos perdieron su follaje y aparecieron grandes extensiones de “cementerios”. En unos cuantos años, la vegetación dañada ya equivalía a más de 30$ de la extensión del parque. “Docenas de miles de árboles muertos y moribundos han sustituido las laderas verdes de este parque”, escribieron en 1987 para la revista American Forestslos especialistas forestales Jorge Macías Sámano y William M. Ciesla.

Los investigadores identificaron la causa: la niebla tóxica de ozono que asfixia a la Ciudad de México, formada cuando las emisiones de automóviles y fábricas interactúan con la luz del sol. El ozono no sólo daña los pulmones de los seres humanos; los árboles también lo absorben.

La merma de árboles en el Desierto de los Leones ha sido tan dramática que los gobiernos en turno de la capital han lanzado campañas de reforestación, principalmente de oyameles (Abies religiosa) y distintas especies de pinos y cipreses. El esfuerzo ha sido inútil, sólo una especie de pino prosperó, mientras el resto luchan por sobrevivir.

El panorama ha mejorado ligeramente en años recientes, más árboles jóvenes han echado raíces en una porción del parque. Pero Verónica Reyes Galindo, estudiante de la maestría en Biología Evolutiva de la UNAM, está convencida de que ésta sólo ha sido una solución a corto plazo: algunos de los árboles que fueron plantados hace tres años han comenzado a mostrar señales de daño por ozono.

“Estamos pasándonos de lanza con la contaminación atmosférica —explica Alicia Mastretta—. Y tenemos que buscar aquellos árboles que puedan levantarse mejor”. Desde hace años, Alicia, doctora en Biología por la Universidad de East Anglia, Reino Unido, trabaja en una estrategia —que no tiene precedentes en el mundo— para fortalecer el bosque del Desierto de los Leones y lograr que resista ante la contaminación.

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Llega un momento en que duele estar aquí. Pero eso sólo ocurre después de varias horas, luego de escuchar las respuestas que la ciencia ensaya para explicar la catástrofe. Aunque muchos chilangos no nos damos por enterados, este bosque también forma parte de nuestra ciudad y su existencia es vital para el ciclo del agua.

La primera impresión es que no sucede mucho. Manchones de árboles por aquí, por allá, de tanto en tanto un tronco talado. El sol quema, no reparamos que esta temperatura es anormal para un bosque húmedo. Mientras llegamos a la cima del cerro, Alicia y Verónica hablan con fervor de su trabajo, de su apuesta por la ciencia como una manera de ayudar a los comuneros de Santa Rosa Xochiac, a cuyas tierras pertenece este pedazo de bosque herido. Dos jóvenes científicas de la UNAM intentan descifrar cómo resarcir un desastre cuya intensidad se va revelando conforme se asciende en este parque nacional.

Encaramados en la caja de una camioneta cuatro por cuatro atravesamos el bosque y, durante una hora y media, atestiguamos el deterioro. El recorrido es una clase intensiva de biología evolutiva que nos hace entender al Desierto de los Leones como el drenaje atmosférico del Valle de México.

«Los vientos del norte empujan hacia esta salida, desembocan en una abertura entre las cuencas: todo el impacto del ozono que flota sobre la ciudad llega a este bosque», dice Verónica. La contaminación arriba en oleadas y atenaza el parque hasta ahogarlo.

Qué ecosistema podría resistir una embestida continua de ozono desde los años ochenta, nos preguntamos, a más de tres mil metros de altura sobre el nivel del mar.

Fotos: Christian Palma.

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El plan de Alicia y Verónica es simple: buscar genes relacionados con la resistencia al ozono en las células de los oyameles que han sido capaces de aguantar, y reforestar con ellas el parque.

Con las muestras de oyameles que recolectaron en periodos en que el ozono alcanzó límites alarmantes y cuando se encontraba en niveles bajos, Mastretta y Reyes esperan encontrar variaciones genéticas dentro del bosque mismo. Su teoría es que, cuando la contaminación atmosférica llega al parque, los árboles activan un conjunto de genes que les ayuda a soportar la asfixia.

Algo similar nos pasa a los humanos cuando nos emborrachamos: nuestras células activan siete genes que producen moléculas para descomponer el alcohol que corre por nuestro organismo. Así como algunas personas pueden aguantar bien la ingesta de bebidas alcohólicas, unos pocos oyameles son naturalmente más resistentes al ozono. Para averiguar cuáles genes están involucrados en esta tolerancia, Mastretta y Reyes estudian las plantas e intentan secuenciar su ARN, la molécula que traduce las instrucciones genéticas en proteínas.

El primer paso fue congelar las muestras en nitrógeno líquido para que el frágil ARN no se deteriorara. Ahora, si las científicas pueden identificar qué genes le ayudan a los árboles más sanos a sobrevivir, entonces buscarán más oyameles que también soporten el ozono, y los cultivarán para multiplicar sus números.

Es el principio básico de la evolución: los organismos que mejor se adaptan sobreviven.«Se trata de acelerar un proceso que quizá se podría dar solo», dice Verónica. De hecho, si se deja al Desierto de los Leones lidiar con el aire tóxico que emana de la ciudad, el parque bien podría llegar a consistir solamente de oyameles con algún tipo de resistencia al ozono. Pero podrían pasar décadas o siglos antes de que eso ocurriera.

Si las investigadoras logran identificar y cultivar árboles resistentes al ozono, el proceso evolutivo se acelerará y podría replicarse en otros bosques dentro yfuera de la Ciudad de México, catalogada en 1992 por la Organización de las Naciones Unidas como la más contaminada del mundo.

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El camino de tierra parte en dos el cerro. Verónica se apura a internarse en el bosque para localizar a sus “individuos”, los árboles muestra a los que hace un año les retiraron las acículas (la manera técnica de referirse a las hojas).

Cada tanto encontramos pequeños árboles de unos 20 ó 30 centímetros de altura muertos, secos, o con daños evidentes. Sus hojas se han ido enrojeciendo: la marca indeleble del ozono. “No son hojas muertas”, comenta Alicia, mientras las gira para que apreciemos cómo aún existe un rastro verdoso. Resisten, quizá no por mucho tiempo.

A cada paso el fenómeno se repite: promesas de árbol que jamás llegarán a serlo. Cientos y cientos de ellos. “Esos son los árboles que sembraron las autoridades”, se queja Claudio Zamora Callejas, presidente de bienes comunales de Santa Rosa Xochiac. El comunero arranca la mata de la tierra sin ningún esfuerzo. “Lo hacen para decir que han trasplantado miles, pero la mayoría muere”. En cambio, argumenta, los que llegan del vivero de la comunidad suelen resistir.

Es parcialmente cierto. La etiqueta del vivero comunal también aparece en los cadáveres de varios árboles. Muchos no logran superar los dos años de vida.

Unos 50 metros más adentro, en completo silencio, aparece el cementerio. Cientos de árboles desperdigados por la barranca, como gigantescas agujas de madera caídas del cielo. Están de pie pero sin vida. Han perdido la corteza. Algunos conservan ramas, pero sin una sola hoja. Gigantes muertos que aún no se derrumban.

Muchos otros sí han caído. Uno tiene que pasar encima de ellos conforme aparecen al paso. Con ellos sucede algo peculiar: permanecen casi íntegros. Las científicas calculan que algunos murieron hace 15 ó 20 años, pero su cadáver se conserva. En eso también tiene que ver el ozono, en este bosque no tendría que haber tanto sol, ni tantos claros. La humedad perdida impide que surjan los hongos que desintegren a los árboles y los reincorporen a la tierra. Los cadáveres se encuentran a ras de suelo, como si en un cementerio los cuerpos humanos quedaran a la intemperie durante años, sin descomponerse.

El cementerio se extiende hasta la barranca de enfrente. Ladera abajo el panorama es peor. En algunas zonas ya casi no se aprecian árboles de pie. Los enormes esqueletos de madera yacen como lápices que un niño dejó caer sobre una mesa.

Azotado por plagas, debilitado por incedios y, cada día, asediado por el ozono de la capital, el Desierto de los Leones agoniza. Su bosque resiste pero es imposible saber si logrará sobrevivir.

Fotos: Christian Palma.

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“Es una idea interesante”, dice Lisa Emberson, directora del Stockholm Environment Institute en la Universidad de York, en Inglaterra, sobre el trabajo científico de Alicia Mastretta y Verónica Reyes. Ella también ha estudiado los efectos de los contaminantes atmosféricos en bosques. “No he escuchado de ningún otro programa que específicamente esté pensando en reforestar para mejorar la tolerancia a la baja calidad del aire”.

El plan enfrenta obstáculos importantes. Las bases genéticas de la tolerancia al ozono en árboles aún no son bien entendidas. La poca evidencia científica se basa en experimentos con hierbas y cultivos como el arroz, no en árboles de 40 metros de altura. Alicia argumenta que no es del todo necesario entender qué hacen estos genes. Bastaría con identificar cuáles de ellos están prendidos en los árboles que libran una mejor batalla contra el ozono.

María de Lourdes de Bauer, la científica mexicana que documentó por primera vez los cementerios de oyameles en el Desierto de los Leones, confía en que el proyecto tenga éxito. Agrónoma y patóloga de plantas en el Colegio de Postgraduados, en el Estado de México, De Bauer se preocupó por el bosque desde que regresó a la ciudad en 1970, después de pasar años en el extranjero haciendo un doctorado.

Una espesa bruma de contaminación nubló su vista apenas volvió. El número de vehículos en la ciudad había aumentado dramáticamente y seguiría creciendo. Algunos periódicos incluso describían cómo las aves se desplomaban al suelo, sofocadas por el aire envenenado que respiraban.

“Cuando regresé de Alemania, noté que la ciudad había cambiado muchísimo —cuenta De Bauer—. Yo no había trabajado el tema de contaminación, pero me interesó saber qué ocurría”.

A finales de los noventa, De Bauer ya era una autoridad sobre los efectos de la contaminación en bosques del centro del país. Sus investigaciones demostraron que los altos niveles de ozono debilitaban a pinos, oyameles, capulines y eucaliptos, dejándolos más susceptibles a plagas, enfermedades y sequías.

Tras analizar los patrones del viento en el Valle de México concluyó que el ozono se concentra justo sobre la ciudad, porque está rodeada de montañas. Existen pocos puntos por donde el esmog puede escapar, uno de los cuellos de botella más importantes pasa justo a través del bosque de oyamel del Desierto de los Leones. De Bauer reportó, desde 1992, la muerte masiva de árboles en esta zona. Mediante un estudio de microscopía confirmó que el ozono era el elemento responsable de deteriorar los cloroplastos, las máquinas de energía donde ocurre la fotosíntesis en las células vegetales.

Desde entonces, la mala calidad del aire de la CDMX ha mejorado gracias a una regulación más estricta. De 1988 a la fecha, tres décadas exactas, la ciudad ha logrado reducir en 42% los niveles de ozono.

“Mejoramos porque nuestro punto de referencia era el infierno. Eso no quiere decir que estemos bien. El problema sigue”, dice Mastretta.

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Verónica se agacha y toma con delicadeza la rama de un árbol que sobresale del entorno: es joven, crece en línea recta y sus hojas no muestran un ápice rojo. Alicia mira hacia arriba. Un oyamel ha crecido bastante desde que hace exactamente un año vinieron a tomar las muestras para el estudio. En el extremo de las ramas las hojas han roto el “capullo” y aparecen como un botón intensamente verde que contrasta con varios de los árboles cenizos, débiles y apagados que lo rodean.

El árbol tendrá, acaso, seis años: “Vean qué diferencia. Son de la misma especie, están expuestos a las mismas condiciones y éste se encuentra completamente sano”, anota Verónica. ¿Cómo es posible que esto ocurra? En los laboratorios donde ha mandado a ensamblar el ARN, dentro de los genes que logren identificar, podrían estar las respuestas.

Bordeamos el cerro. Antes de llegar al pueblo de Santa Rosa Xochiac, hacemos una parada en la parte baja del bosque, donde los comuneros han creado un vivero forestal que genera unos 300 mil árboles de especies como oyamel, encino y pino cada 20 meses, con las que han hecho trabajos de reforestación en 60 de las 345 hectáreas del Desierto de los Leones que les corresponden.

Aquí nadie necesita explicar cómo es un bosque sano. Decenas de tonos verdes estallan, uno tras otro. La humedad se respira y los rayos del sol no traspasan las copas de los enormes ejemplares. Las plantas crecen por miles, ordenadas con cuidado en largas hileras, clasificadas por especie. Son el ejército de reserva con que los comuneros cuentan para remediar el “Cementerio de los Leones”.

Saben que las bajas y pérdidas serán enormes y que pocos de estos árboles sobrevivirán o llegarán a su vida máxima estimada: un siglo. A menos, claro, que Alicia y Verónica identifiquen qué hace que los oyameles resistan los ataques del ozono.

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Reforestar las áreas protegidas que rodean la Ciudad de México no sólo ayudaría a los bosques, ayudaría también a los pulmones de los chilangos. La lógica es indiscutible: los árboles pueden filtrar cierta cantidad de contaminantes, perderlos empeora la calidad del aire. Pero replantarlos para dejarlos morir intoxicados no es una solución.

“Se nos olvida que los árboles también están vivos, que no son máquinas limpiadoras de contaminación —explica Alicia—. Los pinos y oyameles son más vulnerables de lo que se cree”.

Si logran determinar cómo es que la tolerancia al ozono está encriptada en los genes de los árboles, las científicas tendrán que obtener las semillas de esos oyameles específicos, para que los comuneros cultiven cientos de miles de plantas en el vivero y las trasplanten al bosque. Si los árboles resisten al ozono, sabrán que su plan fue exitoso.

La raíz del problema, sin embargo, es otra. A menos que la ciudad aplique estándares más estrictos de calidad del aire, similares a los que ya se usan en distintas ciudades europeas, los bosques de la Ciudad de México seguirán muriendo.

“Soy consciente que quizás los cambios en la política pública lleven tiempo —acepta Verónica Reyes—. Pero resignarse ante la negligencia es la peor de todas las respuestas”.