La ciudad y los poetas

Historias de algunos de los poetas que hacen que esta ciudad sea menos gris de lo que ya es

corazón al pastor

El poeta Alejandro Aura quería volverse parte de la ciudad cuando muriera. En uno de sus más bellos poemas, escribió: «La ciudad se morirá conmigo, yo estaré en su fundamento». Cuando falleció, en 2008, sus cenizas fueron colocadas en la fachada de El Hijo del Cuervo, espacio cultural que él mismo fundó en el centro de Coyoacán. Aura y su polvo enamorado se convirtieron en parte del barrio, su poesía ahora es también parte del paisaje emocional de esta ciudad.

Mientras vivía en Coyoacán, antes de mudarse a vivir a Querétaro, la actriz María Aura, hija de Alejandro, salía por las mañanas con su pequeño hijo a la plaza Centenario y le decía: «vamos a saludar a tu abuelo». Ambos se acercaban a tocar el viejo muro que contenía los restos mortales del poeta y seguían su camino. Un día fui testigo de ese hermoso gesto de amor y me conmovió profundamente. Los poetas se merecen esas cosas. Sin ellos esta ciudad sería un poco más triste de lo que ya es.

Hablando de los poetas y sus sepulcros, pensaba en Sor Juana Inés de la Cruz y el convento de las monjas jerónimas, donde escribió la mayor parte de su obra y donde murió, lugar que ahora es la Universidad del Claustro, pero que en algún momento fue el salón de baile Politeama, donde cuentan que hasta el gran Adalberto Martínez «Resortes» se aventó unos pasos de baile en alguna de sus películas. En ese lugar, ahora convertido en el foro “Divino Narciso”, no puedo olvidar la noche que velamos a la entrañable actriz y cantante Rita Guerrero, en 2011. Ella, rodeada de flores y velas, dormida para siempre en un féretro de cristal, entre aplausos, lágrimas y sones jarochos que celebraban su vida.

Una década atrás, en ese mismo lugar, la vi cantar con Santa Sabina, junto a la madre de mis hijos y nuestro primer hijo a bordo, quien, después de un rato de intensidad, pateó el vientre de su mamá y nos hizo salir antes de que acabara el concierto.

«Pocos lo saben, pero esta ciudad es gobernada por los locos y los poetas. Son los reyes secretos del más acá, desde Sor Juana hasta Jaime López»

Tampoco olvidaré jamás los funerales del poeta popular y cantante Juan Gabriel en la Alameda Central, aquel 5 de septiembre de 2016, cuando el tenor Fernando de la Mora comenzó a cantar “Amor eterno” desde el interior del Palacio de Bellas Artes, y las miles de personas que estábamos en la Alameda empezamos a cantar y a llorar, haciéndole coro sin que supiera, en uno de los momentos más emocionantes y sentimentales que he vivido. Pocas veces hemos visto un homenaje así en esta ciudad; dicen que cuando murió Pedro Infante pasó algo similar, pero ya son pocos sobrevivientes los que pueden hacer la comparación.

Cuando murió Rockdrigo González fue todo lo contrario. Perdió la vida junto a su pareja en la colonia Juárez la noche del 19 de septiembre de 1985 y el único homenaje posible es el extemporáneo. A casi 33 años de su partida, solo podemos recordarlo a través de sus canciones, que siguen siendo privilegio de unos cuantos iniciados en el rock urbano: «este era un rancho electrónico, con nopales automáticos, con sus charros cibernéticos y sarapes de neón…». Afortunadamente, el profeta del nopal sigue sonando y resonando en los vagones del metro y en los solares baldíos de amor.

Pocos lo saben, pero esta ciudad es gobernada por los locos y los poetas. Son los reyes secretos del más acá, desde Sor Juana hasta Jaime López, pasando por Renato Leduc, Jaime Sabines, Octavio Paz, José Emilio Pacheco y Efraín Huerta, entre muchas otras y otros. Y no se diga Novo, el maravilloso Salvador Novo, quien en 1953 convirtió la barra de su casa de Coyoacán en el teatro La Capilla, y luego hizo un restorán y luego un cabaret, que con Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe se llamó El Hábito, y que ahora con Las Reinas Chulas navega con el nombre de El Vicio.

Hay muchas historias por contar sobre los poetas de esta ciudad, ya sean los que cantan, los que escriben o los que nada más platican, pero, de mientras, los dejo con estos versos de don “Nalgador Sobo”, para los cuates, que cantaba la inolvidable Lola Beltrán: «Nuestra historia terminó, nada me debes. / Fue el encuentro de dos seres nada más. / Y los soles que alumbraron mi ventura, con el tiempo los he visto naufragar».