Steven Wilson: la intermitencia de lo genial

El músico se presentó en el Plaza Condesa

Selene Ortiz Tolentino / OCESA

Hand. Cannot. Erase. está lejos de ser el mejor álbum solista de Steven Wilson y el show que presentó este fin de semana en la ciudad México no lo desmiente. Se trata de un disco con intenciones conceptuales que no se materializan del todo en lo musical y que tampoco se consolidan en la puesta en escena bajo la cual se promociona. 

La fórmula del músico británico parece cada vez más desgatada; a tal grado que fácilmente pueden escucharse en este disco fragmentos reciclados de producciones anteriores. Ya desde los últimos lanzamientos de Porcupine Tree, sus composiciones comenzaron a tomas rasgos de serialidad. Y aunque debe de reconocerse una manera única y elegante de interpretar rock progresivo, es inevitable subrayar su carácter repetitivo, por no decir refrito.

Recién comenzado el concierto, el músico británico remarcó ante el público mexicano su renuencia a interpretar piezas de su ex banda: “estoy aquí para tocar mi puta música”. Nada fuera de lo común, si se toma en cuenta el tono humorístico de Wilson y la promoción discográfica de Hand. Cannot. Erase. Sin embargo, sus palabras parecían más una reacción ante la ambigua respuesta del auditorio, que por momentos evidenciaba quizá no un desconocimiento del nuevo material, sino una especie de tolerancia silenciosa mientras esperaba la interpretación de los temas clásicos.

La primera parte del concierto fue dedicada al nuevo material; canciones como “First Regret”, “3 Years Older”, “Hand Cannot Erase”, “Perfect Life”, “Routine”, “Home Invasion” y “Regret” sonaron acompañadas de una producción multimedia  impecable, pero excesivamente narrativa. Con una mezcla de música, animación y video, Wilson intentó potencializar los alcances de su concepto musical –a la manera de Roger Waters con The Wall–, pero la proyección terminó siendo demasiado explícita y un tanto carente de feeling

Mientras el disco Hand. Cannot. Erase. se inspira en la historia desgarradora de una mujer aislada y deprimida, Joyce Carol Vincent –que murió sin que nadie se enterara de ello durante casi tres años–, su extensión multimedia recrea el gradual deterioro (sin abstracciones) de un personaje que no conmueve, que no convence, muy a pesar de la noticia en que se inspira. Grandilocuente, poco efectivo y sin implosiones, el recurso cinematográfico de Wilson no genera experiencia ni reflexión en el espectador, más bien al contrario: distrae y desplaza al fondo el elemento musical.

Pero la crítica anterior no tendría sentido si no se compara al Wilson solista de hoy en día con el creador de temas como Lazarus y Sleep Together, cuya interpretación en el concierto (hacia la mitad y hacia el final respectivamente) dejó en claro la capacidad del músico para llevar a la euforia a una sala completa. Y este es el punto crucial del argumento: Wilson es un genio intermitente, un excepcional músico de rock que creó fama y literalmente se echa a dormir cada que puede. Sólo habría que esperar a que despierte y produzca ese nuevo disco que le debe a sus seguidores desde hace ya varios años. 

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