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El sonido del que escapa la ficción

Explorando el Zinco jazz club

 
21 de septiembre de 2011
Por    Sofía Cerda

De espaldas a la noche chilanga de ruidos, vendedores ambulantes y globeros, un edificio art déco anuncia el número 20 de la calle Motolinia, en el centro de la ciudad de México.

Se abre una puerta clandestina que apenas deja ver las escaleras que conducen a un sótano, las resonancias metálicas que se escapan hasta la superficie invitan a escuchar aquello que suena en lo más profundo de aquella puerta: una trompeta aguda acompaña al piano que presume conocer la melodí­a de todas la notas.

Por unos segundos (y sólo por unos segundos), el resto del mundo puede escuchar la música que se origina dentro de la guarida.

Se entra de forma sigilosa, como si uno fuese parte de una asociación de elegantes vampiros, sin jamás perder la sensualidad que exige un lugar como este. Adentro se encuentran las promesas de los sonidos de afuera, ahí construidos, en un piano de cola larga instalado sobre un pequeño escenario (aún inhóspito).

Una imagen sencilla que revela el espectáculo que está por suceder. El público arropado por humo de tabaco y aires añejos, años reinados por sombreros de copa y boquillas de carey que beben vino, whiskey, martinis y cerveza, para alguno que otro vulgar.

Empieza la música; en ocasiones nacional, en ocasiones internacional, a veces sólo improvisaciones que deleitan a los oí­dos más entrenados. También hemos escuchado ahí a Ximena Sariñana o a Natalia Lafourcade, quienes invitan al jazz a explorar un sonido más pop.

Pero este pequeño lugar no significa solamente de música, se trata de la experiencia que se vende. Por unas horas, el público se pierde en otro tiempo y espacio: París de los años veinte, Nueva York en los cuarenta.

La gente juega a ser Allen Ginsberg, Tom Waits y Serge Gainsbourg, acompañado de su propia versón de Brigitte Bardot, a quien susurra aquella popular frase: "je t'aime moi non plus".

El Zinco trae de regreso la sofisticación que se queda trabada en el tiempo para que, aunque sea por unos cortos momentos, la gente se impregne de ella y viva la música a través de la ficción.

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