Kevin Johansen nos presenta su disco más reciente track por track

Platicamos con Kevin Johansen sobre "Mis Américas, Vol. ½", su álbum más reciente, a propósito de su próxima visita a la Ciudad de México.

Mis Américas

La biografía de Kevin Johansen está marcada por los viajes y el multiculturalismo. En el 64 nació en Alaska, de madre argentina y padre norteamericano. Luego de un paso meteórico, temprano y fugaz por el rock argentino, decide partir, a los 26 años, a lo que él llama “el redescubrimiento de la América del Norte de su infancia”. Para ello, se instala en Nueva York, donde será invitado por Hilly Kyrstol, el dueño del CBGB’s, a formar parte de la banda de casa.

Ahí vivirá casi una década antes de volver a Buenos Aires, ya con The Nada formado y un primer disco bajo el brazo con los rasgos que poco a poco se convertirían en su sello característico: coqueteo ecléctico con los ritmos y los géneros –se confiesa “un desgenerado”–, abundantes juegos de palabras, un juguetón bilingüismo y una sutil melancolía en convivencia con un entrañable sentido del humor.

Hoy, poco más de 15 años después de aquel primer álbum, se han acumulado giras, vivencias y el ir y venir por el continente al que de manera espontánea, natural, le rinde tributo en su octavo disco, Mis Américas Vol. ½, nominado al Grammy Latino el año pasado y con el que llegará a su presentación en el Lunario el 17 de octubre.

Grabado entre Nueva York, Río de Janeiro y Buenos Aires, el disco ahonda en el sonido “continental” que caracteriza la música de Johansen, y en su creación le acompañaron Marcos Mundstock (de Les Luthiers), Palito Ortega, Ricardo Mollo (de Divididos), el brasileño Arnaldo Antunes, los peruanos Kanaku y El Tigre, y el chileno Macha Asenjo (Chico Trujillo), entre otros invitados.

En alguna entrevista mencionabas a propósito de uno de los tracks del álbum, “Oh, What a Waist”, que con él habías intentado mostrar la eterna sensación que tienes de percibirte como un turista desprevenido en los lugares, pero que al mismo tiempo se muestra dispuesto a zambullirse en ellos. ¿Esa condición de turista/viajero permanente ha marcado tu vida y tu música, de alguna manera?

Sí, claro, es un poco la historia de mi vida, de muchos cambios. Uno, cuando es niño, observa los códigos en la escuela nueva, y si uno no es fóbico, se zambulle en ese mundo e interactúa. Un poco eso también acontece con la música. Supongamos que vas todos los años a México, y de algún modo es como esa frase que decía Tom Waits: “Touring isn’t travelling”, ir de gira no es hacer turismo. Uno conecta con la gente en un recital, la gente te agradece, la gente que te recibe por ahí te recomienda un buen lugar para comer o un lugar turístico para ir, y uno de a poco va conociendo y va conectando con la cultura y con la gente. Así que de algún modo, uno es un turista desprevenido, que luego, al no ser fóbico, como es mi caso, por suerte, me encanta zambullirme, y puedo irme a bailar en un lugar popular, como La Troja, en Barranquilla, a la que le dediqué ese tema, “Oh, What a Waist” –del que está por salir el videoclip, por cierto–. O de pronto me sale un bolero como “El Jardín del Desdén”, que tiene obviamente mucha raíz centroamericana y mexicana… Te vas imbuyendo de ritmos que de algún modo has escuchado desde la cuna. La bachata por ahí surgió cuando fui a Nueva York hace 25 años, y la he escuchado desde entonces, porque vivía en un barrio dominicano. Son formas también de conocer las culturas; aprender el ritmo, la forma de tocar, la manera de hacer un arreglo del estilo o del género típico de un país son también formas de conocer hasta el clima o la locura de ese país. Todos tenemos distintos grados de esquizofrenia.

Ahora que mencionas la influencia de vivencias de la niñez en lo que terminarías haciendo como adulto y que citas el nombre de uno de los temas del disco, “El Jardín del Desdén”, cuyo título es un juego de palabras, me intriga conocer algunas de las experiencias tempranas que pudieron haber sido fundamentales en tu manera de acercarte a la música, al lenguaje y al humor.

Desde la cuna tuve la suerte de tener una madre muy latinoamericanista, muy consciente de sus raíces y muy unificadora. Estuvo en un colegio de monjas acá en Argentina, se fue a Estados Unidos becada a estudiar y se volvió rápidamente feminista, socialista, antiimperialista y todas las aristas de la época. Si bien se casó con un gringo de Denver, mi padre, era un gringo piola que no quiso ir a Vietnam, fue un objeto de conciencia, por eso yo nací en Alaska. Y desde allá había boleadoras de gaucho colgadas, bombos legüeros, guitarra criolla, mucha influencia del folclor del sur de América. Después, cuando se separó de mi padre, se casó con un mexicano de Mazatlán, él era muralista y vivíamos en San Francisco, de mis 6 a mis casi 12 años. Ahí escuchaba “Macorina”, de Chavela Vargas, o había una pareja amiga de mi madre, de un cubano y una chilena, y ellos cantaban canciones revolucionarias de la época, desde sones caribeños picarescos de Cuba hasta cosas supercontestatarias de Chile, de Perú, de Uruguay… Todo eso es un sonido americano, pero paralelamente también estuvo el folclor americano del norte, con el folk, el country, Joan Baez, Dylan, Cat Stevens. Y después, ya cuando llego a la Argentina, empiezo a descubrir el rock, incluido el sudamericano, el rock argentino en su época de esplendor, sobre todo durante la dictadura y posterior; la primavera democrática, como se le dice acá.

También de manera temprana conoces a Les Luthiers, y caes fascinado ante su sentido del humor y su manera de jugar con el lenguaje y con los ritmos.

Sí, claro. Cuando llegué a Argentina descubrí a Charly García, Spinetta –el rock argentino– y a Les Luthiers. Mi madre me llevó a escucharlos en algún momento. Ya estaba presente en casa la música con el humor en Tom Lehrer o en Frank Zappa. Teníamos un cassette de la película Nashville, que también era muy gracioso; un homenaje con cariño pero con muchas risas, mucha ironía, que hizo Robert Altman al mundo de Nashville. Ahí escuché con atención los primeros temas country. Después, Les Luthiers, un mundo de señores vestidos de frac pero que a la vez eran “desgenerados”, porque pasaban de Bach a algo jazzero, a una cumbia o algo más rockero o una bossa nova. La vida me deparó escucharlos. Durante muchos años, cada tanto escuchaba algo, estaba al tanto de por dónde estaban, pero no los seguía tan de cerca. Los tenía muy presentes. Y les dediqué en el disco City Zen un bolero llamado “Oops”, que me parecía que tenía mucho del espíritu de Les Luthiers. Me olvidé completamente de que les había dedicado esa canción, y en un avión me crucé con Daniel Rabinovich, me tomó de la mano y me dijo: “gracias por la dédicatoire”. (Risas) Y ahí comenzó una relación con él, y a través de él conocí a López Puccio, Marcos Mundstock, Maronna y Núñez Cortés. En un camarín, me confesaron que les gustaba mucho lo que yo hacía. De hecho, Puccio me dijo que cuando escuchó “La cumbiera intelectual”, recordó una vieja canción que nunca había terminado y que se parecía mucho. Irónicamente, me pidió permiso para hacer “La cumbia epistemológica”, que tenía algo en su esencia, pero le dije que yo era el que estaba en deuda. Y Núñez Cortés me contó que un día había hecho una melodía en el piano y que al día siguiente, en la mañana, su hija le dijo: “pero eso es ‘Guacamole’, de Kevin Johansen”. Así que el influido había influenciado. Son personas maravillosas, y el círculo completo fue tener a Marcos [Mundstock] haciendo un monólogo hermoso en “La Bach-Chata”, que tiene la esencia de Les Luthiers, y es un lujo absoluto que les haya gustado. Ese tema habla de la pequeñez humana, de nuestras miserias, algo de lo que Les Luthiers machaca mucho desde el humor.

Mis Américas Vol. 1/2 – Track por track

Es Como el Día. “Nació un día muy diáfano, muy luminoso, de esos primaverales en que uno está de buen humor. Caminando cerca de casa empezó a surgir la melodía y un poco la idea de la letra. Después me di cuenta de que era una letra sobre una mujer pero que a la vez podía ser sobre la Pachamama, alguien impredecible. Fue grabada aquí en Buenos Aires. Mi hija Miranda, que tiene 19 años, cantó en ella. Matías fue quien insistió en que fuera el track que abriera el disco, por esa cosa luminosa que estaba buena para comenzar”.

Dios de la Marea. “También fue grabada en gran parte en Buenos Aires, y parte de la percusión en Río de Janeiro, con Kassin. Tiene un rap compuesto por Miss Bolivia. Un poco la premisa era que fuera sobre un dios omnipotente que se cree que puede con todo. Y un poco el pedido para Miss Bolivia fue ‘por favor, tenés que ningunearlo un poco’. Escribió un rap maravilloso. Además, sin darnos cuenta, arrancamos con dos elementos: el primero tiene aire y luego está este tema con mar, tiene agua.”

Tiene Algo (Interesting Little Thing). “Fue un tema que hicimos con Cachorro López y Sebastián Schon. A ellos les gustó mucho la canción. Ellos venían trabajando mucho con músicos de Nashville, y me recomendaron a un tipo que tocaba la pedal steel. Por insistencia de Cachorro, la letra quedó bilingüe. Habla de lo que es la belleza para mí; más allá de su apariencia física, la gente libre es la más atractiva, la que tiene un aura de libertad.”

Oh, What a Waist (Pero Qué Cintura!). “Es un homenaje a Barranquilla y su gente, después de una invitación muy linda que tuve hace dos años para el Carnaval de las Artes. Conocí su gente, su arte, sus calles, su baile, y me enamoré de su espíritu.”

5 in the Morning (The Great Divide). “Es uno de los temas más yanquis, más gringos. Habla de una persona que no puede dormir, y a la vez, de un país dividido. Es un bosquejo de una persona insomne por el desamor.”

La Bach-Chata (Habladurías). “Es la bachata que platicábamos, con la maravillosa participación de Palito Ortega cantando en los estribillos y el monólogo de Marcos Mundstock, de Les Luthiers, que trata sobre las habladurías.”

El Jardín del Desdén. “Es un tema con el espíritu de los boleros clásicos, oscuro, que habla de ese lugar en el que uno pone a sus viejos amores o sus viejos amores lo ponen a uno, un lugar de ninguneo, de desdén absoluto, y cómo uno se queda encerrado en ese jardín, a veces de por vida”.

Folky. “Aquí tuve la participación de un rockero argentino muy conocido, Pity Álvarez, de Viejas Locas e Intoxicados. Habla un poco del ritual del fogón, ancestral y a la vez atemporal, que puede ser hoy o hace miles de años. El baile, la música, los rituales, las historias… Ahí canta mi hija Kim, que tiene 12 años; hace coros.”

Torcer a Favor. “Este es un tema con el gran Arnaldo Antunes, grabado en Río de Janeiro y con la producción de Kassin y Matías Cella. Es uno de los mensajes fuertes del disco. Dice que hay que hinchar a favor y no en contra, en un momento en el que todos los países parece que están en una guerra civil solapada; el 50 por ciento piensa una cosa y el otro 50 piensa otra. A Arnaldo le gustó mucho el mensaje y le puso su impronta vocal. Quedó muy bien.”

Life Is Killing Me. “Es un poco un dibujo sobre la belleza de la vida, que a la vez puede resultar apabullante. Parece que somos incapaces de tolerar tanta belleza, y la vida te termina matando.”

Meanwhile. “Es un foxtrot medio funky que hicimos con [Robert] Bonhomme y Rod Hohl, mis amigos de Nueva York. Fue la cosa más neoyorquina del disco. Habla un poco de alguien que le pide a su amada que mire adentro suyo, que le va a gustar lo que va a encontrar.”

Amor Telepathic Love. “También es un tema bilingüe producido por Cachorro López y Sebastián Schon. Machaca mucho sobre la telepatía, de cuando uno piensa en la otra persona y parece que esa persona también recibe el mensaje desde el pensamiento. Es el track más pop.”

Zambaguala del Viajero. “Este último tema fue grabado con Lito Vitale y su hijo. Fue una mezcla de zamba argentina y baguala, un ritmo del norte argentino. Ese cierre le da la sensación de viaje, de road movie, que tiene todo el disco. También participó el rockero Ricardo Mollo, de Divididos, una gran voz y una gran presencia en nuestra música. Sabe mucho de rock y de folclor. Y me parecía que su voz iba a quedar muy bien.”