Guns N’ Roses hizo de la CDMX su ciudad paraíso

Crónica del segundo concierto en el Palacio de los Deportes

En su segunda visita a la Ciudad de México este año, Guns N’ Roses vino, vio y venció. 2016 quedará marcado a fuego en la historia de la banda angelina y la capital mexicana será recordada como la jungla que los recibió con los brazos abiertos, insaciable, siempre dispuesta a una nueva dosis de nostalgia y hard rock emocional.

Echando un vistazo a la agenda de Not in this lifetime, el tour que reconcilió a Axl Rose con sus cómplices de toda la vida, es muy fácil ubicar a la mega urbe chilanga como el epicentro de su última aventura. Y es que en ninguna otra ciudad dieron más conciertos que aquí, dos en abril pasado, en el Foro Sol, y dos más, el 29 y 30 de noviembre, en el Palacio de los Deportes.

Axl Rose, cual Julio César del siglo XXI, materializó la máxima del emperador romano. Si en abril llegó malherido, fracturado del pie izquierdo y postrado en el Trono de Rock (cedido por Dave Grohl, el amigo de todos los rockeros), en su segunda parada en nuestro país, ocho meses después, el líder de Guns N’ Roses se presentó en una pieza, entero y en excelente forma física, listo para librar (y ganar) una nueva batalla.

Que Guns N’ Roses haya montado la sede de su imperio en el antiguo Distrito Federal tiene mucho que ver con un verso de ‘Welcome to the jungle’. En el poderoso track no. 1 que abre el Appetite for destruction, un jovencísimo Axl Rose escupe con voz filosa: “Si tienes el dinero, cariño, tenemos tu enfermedad”. Y es que si un fanático está dispuesto a pagar 3,500 pesos por un boleto de pista, ese fanático es mexicano… y efectivamente los paga.

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Sin embargo, cada peso vale la experiencia. Axl W. Rose, Slash, Duff McKagan y Dizzy Reed justifican la inversión. No es la alineación completa (le falta el genio de Izzy Stradlin y la locura de Steven Adler, o en su defecto la elegancia de Matt Sorum), pero sí una versión maciza y contundente, con cuatro columnas fundamentales que sostienen firme el monumento de GN’R.

HARD ROCK PARA EL ALMA

El show va de menos a más. Sin improvisar un ápice, abren con ‘It’s so easy’ y encadenan una potente versión de ‘Mr. Brownstone’, tal como hicieron en los 45 shows previos de esta gira. Sin sorpresas, el Palacio vuelve a ser el Palacio, una cúpula que asesina la acústica, pero que compensa con su alma rockera, la misma que le abrió los brazos a Guns N’ Roses en su primera visita a México, allá por 1992, durante la legendaria gira Use your illusion.

Si en el arranque cuesta conectarse con esa pandilla de cincuentones estrafalarios que atormentan el escenario, a partir de una temprana ‘Welcome to the jungle’ el terremoto emocional está asegurado. Para cuando suena ‘Estranged’, la nostalgia ya ha hecho lo suyo, lubricada por Coronas de $100 que ayudan (y mucho) a recordar por qué mueve tanto este grupo y por qué miles de personas se reúnen, una vez más, en torno a este mito viviente que, con todo, respira y se mueve.

Y aunque la voz de Axl ya no es la misma, se sostiene con dignidad. Cuando se emplea a fondo logra verdaderas proezas, pero también puede quedarse muy corto, sobre todo en tramos de las canciones que le demandan un esfuerzo extra, como ‘You could be mine’ o ‘Live and let die’. Por fortuna para él, tiene a su lado un héroe mitológico, que domina la Gibson como un dios, pulsando cada cuerda con precisión y que funde la técnica depurada con un feeling apabullante, una virtud que sólo poseyeron guitarristas del Olimpo como Jimi Hendrix o Jimmy Page, dos fuentes inagotables de las que Slash se alimentó para crear su propio sonido.

En conciertos de este calibre se suele perder la noción del tiempo. Sin descanso, Guns N’ Roses va saltando a las alturas cósmicas de ‘Rocket queen’ y ‘Coma’ y sin aviso se deja caer al pozo de los caprichos de Axl, con las fallidas versiones del intrascendente Chinese democracy, un álbum gris y menospreciado que sólo el cantante defiende, como si tratara de un Jon Snow lacio y pelirrojo que cuida, estoico e inmune a la critica, su muralla.

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gunsss (Katarina Benzova/Ocesa)

Cuando ‘November rain’ retumba entre el publico, la banda más peligrosa de L.A. ya tiene asegurada otra jornada victoriosa. La rendición llega antes, con ‘Sweet Child O’ Mine’ pero especialmente con ‘Used to love her’ y ‘Yesterdays’, dos grandes favoritas que borran cualquier duda sobre si valió o no la pena haber venido.

Tras un set de 30 canciones, la despedida definitiva y nada sorpresiva es con ‘Paradise city’, el himno desmadroso de las chicas hermosas, el glamour, los excesos y el pasto verde. Cuando concluye en pandemonium, entre explosiones, sudores, tinitus y gargantas lastimadas, todos saben que el show se ha terminado y no hay encore que prolongue la noche.

Pero hay algo más. Una sorprendente declaración de principios no esperada que mostró la postura de una banda más bien apolítica pero que, con un simple gesto, dejó claro de qué lado juega: la enorme piñata con la inconfundible figura del presidente en ciernes Donald Trump significó mucho, suspendida, inerte sobre el escenario y apaleada por fans instigados por Axl para que le dieran “duro en la cabeza”. Así, Guns N’ Roses dijo adiós abrazando a su ciudad paraíso, la urbe que muy probablemente no volverán a pisar.

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