En 10 años pueden suceder infinidad de cosas. ¿Qué hacían en el 2005? ¿Recuerdan su cumpleaños, dónde vivían o las personas que frecuentaban? Seguramente es una realidad que, a la distancia, se vislumbra tan diferente, que pareciera sacada de otra vida.

Para Conor Oberst, el 2005 significó un año de ensayos. Bright Eyes estaba en su punto más álgido, lo que había comenzado a temprana edad, ahora conocía a un Conor mucho más maduro —musicalmente hablando— que aquél que ponía la voz en los primeros intentos de su banda. Era hora de la experimentación. Digital Ash in a Digital Urn y I’m Wide Awake, It’s Morning salieron en el mismo periodo de tiempo. El primero era una aproximación electrónica, algo que para el amo del folk sería impensado y que, sin embargo, fue un intento que rindió frutos. El segundo es un clásico de la música moderna. Con canciones inspiradas en su vida en Nueva York, I’m Wide Awake, It’s Morning fue un ejercicio de narración extraordinario, la introspección que plasmó para que todos, en algún momento, sintieran plena identificación con él.

Oberst, quizá, ya no es el muchacho melancólico. Ya en sus treinta, casado y con una vida que se podría considerar estable, la maduración musical y personal parece sentarle bien. A pesar de que nos visitó en el Corona Capital del año pasado, ya hacía un tiempo que no ofrecía un show completo en forma. El escenario era el Plaza Condesa. No podría haber sido mejor.

84184Dawes

Dawes (Yunuén Velázquez)

La noche la inició Dawes, banda que acompaña a Oberst en vivo y que hacen esa mezcla de country anti-folk que suena muy bien en las voces de una banda de Los Ángeles, California. Fue el acto abridor que calzó justo, un preámbulo de lo que vendría en voz del de Omaha.

Conor salió y sin mucha faramalla, se puso a tocar. Así es él. No es un frontman de los que se pasea por el escenario buscando hipnotizar con ademanes o carisma. Es cautivador a su manera. Con un sombrero como de Yoko Ono, un saco que se iría rasgando con el paso del concierto y enfundado en pantalones entubados y botas, Oberst comenzó la noche. Y como ya hacía tiempo que no nos veíamos, el setlist tenía que ser cumplidor. Y lo fue.

“Time Forgot” y “Zigzagging Toward the Light” de su más reciente producción sonaron bien. Pero era tiempo de recordar. “We Are Nowhere And It’s Now” fue la primera para rememorar. 10 años después, sigue sonando inmaculada. Con varios proyectos formados y desbandados, olvidados, recordados, Conor Oberst no se puede estar quieto. Tiene una urgencia de creación y una vasta cantidad de canciones escritas. Puede escoger cualquiera, y cualquiera tiene su encanto, tiene su magia.

Fans llorando, otros sonriendo, pero ninguno estoico. Ya sea que movieras la cabeza, levantaras los brazos o sacaras el celular para el clásico recuerdo del concierto, todos eran parte de un ritual musical. A mí, “Something Vague” me sacó más que un simple grito. “Poison Oak” fue inmensa, melancólica, nostálgica. Vino justo después de “Hundred of Ways” y mostró las dos caras de Oberst. Una, esperanzadora, de expectación, la siguiente, un ensayo sobre la muerte y las despedidas. Cómo se puede pasar de fronteras en unos cuantos minutos y hacerlo de manera magistral.

84185La banda completa.

La banda completa. (Yunuén Velázquez)

Después del encore, Conor regresó acompañado sólo de su guitarra. Mis predicciones le imploraban a todas las deidades que tocara “Lua”, porque no es de esos artistas que repiten el setlist durante todas sus giras, cada noche puede ser especial. Lo que vendría fue más de lo que imaginé. “First Day Of My Life”, la canción más coreada de la noche y en la que las parejitas juntaban sus cabecitas, manos o labios retumbó en el Plaza. Después, se unió la guitarra electrónica y luego de una breve historia de un encuentro con un amigo que conoció durante su estancia en Nueva York, mis plegarias tuvieron sentido. “Lua” casi terminaba una perfecta noche.

“Soul Singer in a Session Band” comenzó luego de preguntar cómo se decía “phony” en español y para terminar, otra canción de aquel maravilloso 2005. “Another Travelin’ Song” era la canción perfecta para que cada integrante de la banda se luciera, porque tienen un ensamble exquisito.

Todos terminamos con un buen sabor de boca. Conor Oberst, eres bienvenido cuando quieras venir, que ahí estaremos algunos, listos para cantar junto a tu voz que pareciera a punto de apagarse, pero que siempre encuentra un impulso final para conquistar a todos.