Ya 30 años sin Chava Flores

Este mes se cumplieron tres décadas sin el gran cronista musical chilango. Salvador Flores Rivera retrató como nadie las calles, las vecindades y los barrios de un DF que parece haberse ido para siempre.

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Diseño: Romina RiveraChava Flores fue una de las personas que más amó a CDMX.

Chava Flores no llegó en sábado a su Distrito Federal, sino en martes. Tras cuatro años de vivir en Morelia, una tarde le pidió a Rosalinda Macedo, su compañera en los últimos años –y con quien tuvo a sus hijos Salvador y Enrique–, que comprara dos boletos de avión. Quería volar cuanto antes. Hasta entonces, ni sus hijas ni él mencionaban en voz alta el cáncer de estómago que acabaría con su ingenio. «De algo me tengo que morir», respondía a los regaños por las tres cajetillas que fumaba cada día.

Yo tenía un chorro de voz,

yo era el amo del falsete,

por el canto me di al cuete

y por fumar me dio la tos.

Y de aquel chorro de voz

sólo me quedó el chisguete.

-“Mi chorro de voz” (1953)

«Yo no aconsejo que lo internen –explicó el doctor a su hija María Eugenia–. Mejor quédense con él, porque esto no dura ni ocho días». Estuvo a punto de morir lejos, pero no. “Cerró sus ojitos”… Chava, el miércoles 5 de agosto por la tarde, apenas un día después de haber aterrizado en la ciudad que amó como pocos.

Al velorio en Gayosso de Félix Cuevas llegó el actor Rafael Inclán. Sin saludar a nadie, entró a la capilla y comenzó a aplaudir frente al féretro. Todo mundo se le unió. El actor Ignacio López Tarso estuvo pendiente de sus últimos días. La importancia de Chava Flores —su personalidad entrañable— era tal, que el sindicato de autores, encabezado por el actor de Macario y el Hombre de papel, se peleó con el de compositores para pagar el funeral.

No era para menos. Pocos amaron tanto a la Ciudad de México como este hombre de bigote pachuco y memoria detallista que descansa en el Panteón Jardín. En una de sus últimas visitas, sintiendo quizá que la vida se le iba, le pidió a su hija María Eugenia que lo acompañara al Centro: quería comer tacos. Ella lo recuerda melancólico, deteniéndose en cada esquina como si quisiera llevarse a la ciudad entera en los ojos.

«Cuando el temblor del 85 él ya vivía en Morelia», recuerda ella ahora, en su casa de Ciudad Satélite. Como su padre, arrastra el final de algunas frases y en su cara se repite la misma sonrisa. «Cuando por fin hablé con él se le llenaban los ojos de lágrimas: “¡Mi México! ¿Qué pasó con mi México?”, me preguntó». Cuando Chava Flores decía “México” se refería a su Distrito Federal, esa ciudad que retrató en 196 canciones y que hoy luce tan diferente.

EL JOB BARRIADA

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Fotos: Cortesía de María Eugenia Flores Durand

Mucho antes de los segundos pisos y los centros comerciales que hoy aparecen por todos lados, esta ciudad podía todavía recorrerse a pie: «Uno iba de un barrio a otro sin problemas –le contó Chava Flores a Cristina Pacheco en entrevista –. Ahora si usted va de San Ángel a Peralvillo es como si pasara de una ciudad a otra. Antes no era así. Los barrios eran muy unidos […]. Caminar era algo bonito, agradable, natural, sin problemas ni riesgos. Ahora eso sería imposible […]. Uno se siente más solo, como sitiado por una ciudad gigante».

La Soledad es precisamente el nombre de la calle donde Chava Flores nació –el 14 de enero de 1920– en el muy chilango barrio de la Merced. Las rentas que su madre luchaba por pagar llevaron a su familia de vecindad en vecindad: conoció bien la Peralvillo, la Doctores, la Roma, la Juárez, la Cuauhtémoc, la Santa María la Rivera, Tacubaya y Coyoacán.

Fue allí, entre lavaderos y ropa tendida al sol, que Chava Flores intuyó por primera vez su vocación: «Vivíamos en una vecindad de la colonia San Rafael. Estaba mirando el patio cuando sentí que era un mundo del cual valía la pena escribir, hablar, porque estaba lleno de personas interesantes, de cosas graciosas y dramáticas al mismo tiempo».

Se casó Tacho con Tencha la del ocho,

del uno hasta el veintiocho pusieron un festón;

engalanaron la vecindad entera,

Pachita la portera cobró su comisión.

–“Boda de vecindad” (1952).

Pero Chava Flores primero tenía que sobrevivir. Desde los 13 años, comenzó a trabajar cosiendo corbatas en una fábrica textil y luego como repartidor en High Life, el famoso almacén de ropa para caballeros. Una noche antes de una importante cita de negocios –escribió en su autobiografía Relatos de mi barrio– la tristeza no lo dejó dormir: «Jamás me había avergonzado de mi humilde ropita, y esa vez, al revisarla, sentí el mayor de los desconsuelos».

Su carisma le ganó la confianza del dueño del almacén, quien pagó su carrera de contabilidad. Estudiando por las mañanas, Chava Flores recorrió cada calle de arriba abajo, cobrando facturas –a pie y con un abono de tren que compró a $2.50–. Poco a poco y a punta de curiosidad, se enamoró de cada rincón de la ciudad.

Decía que tuvo la suerte de nacer en una época donde ser pobre no era una tragedia. La clase media –contaba– no existía en esos tiempos: «Los ricos eran muy ricos y vivían en colonias popofonas: Chapultepec, Las Lomas… Los pobres vivíamos en barrios que ahora se llaman colonias: Guerrero, Santa María, Santa Julia».

«Chava Flores es el Job de barriada –escribió Germán Dehesa en el prólogo de la autobiografía–. Cada aflicción que el Señor le envió en forma de pariente, deuda, pretensión o convivio, la devolvió convertida en un sonriente y teológico “me vale madre” y “sea por Dios” y “venga más” y “dónde le firmo”».

Y vaya que le llovió. Pero él se empeñaba en exprimir una carcajada ahí donde el hambre apretó. Vendió retratos, calcetines y zapatos; puso una ferretería, una tintorería y hasta una salchichonería. En todo le fue fatal. «Mi ilusión era reírme de todo y conste que la vida no era fácil», decía. Se casó a los 22 años con María Luisa Durand Sánchez, con quien tuvo a María Eugenia y a sus hermanas: María Luisa, la mayor, María Elena, María Teresa, María Alejandra y María Gabriela. Fue después de fracasar en todas sus empresas que decidió, casi como un último recurso, editar una revista. Estaba a punto de descubrir su vocación.

UN TAL SERRAT

Chava Flores está en uno de los palcos del Teatro de la Ciudad. Es 1978 y, hace unos días, llamó a su hija para contarle que le habían estado llamando con insistencia de parte «de un tal Joan Manuel Serrat». Ahora, en el escenario, Serrat canta “A qué le tiras cuando sueñas mexicano” y “Sábado Distrito Federal”, dos de las canciones más emblemáticas de Chava. «Se preguntarán por qué estoy cantando esto —diría en el micrófono el español—, pero hay un personaje que para mí es el más grande compositor en México. Él seguramente no me conoce, pero yo sé todo de él. ¡Está con nosotros Chava Flores!».

Mientras el reflector lo obliga a ponerse de pie para agradecer el aplauso, es probable que don Chava se empeñara por memorizar todos los detalles de la escena. Lo hizo así con la ciudad: observaba de manera obsesiva, como si intuyera que pronto todo desaparecería para siempre. Lo explica así el ensayista Pável Granados, estudioso de la música mexicana: «Hay en Chava Flores unas ganas de perpetuar ese México de la adversidad y de las rentas congeladas, el México en que cada barrio tenía una identidad».

El historiador Agustín Sánchez González apunta que la de don Chava es una época en que se dice adiós a la vida agraria y se entra de lleno a la gran urbe: «Su canción “Vino la Reforma”, además de contar cómo se va expandiendo esta ciudad, fue premonitoria de lo que hoy hace el gobierno de Mancera con el Metrobús. Quien en nuestros días se queja de represión muestra una ignorancia de nuestra historia; una época verdaderamente represiva fue la de los años 50 y 60, y que tiene su culminación en el 68».

Son años convulsos. Bajo la administración de Ernesto P. Uruchurtu, el “Regente de Hierro”, la paranoia gubernamental alcanzó un punto tal en que se prohibieron las canciones de Cri–Cri. Los cabarets cierran temprano y cualquier crítica es perseguida; en el cine se prohíbe Los hijos de Sánchez, Rosa Blanca y La sombra del caudillo; personajes como Palillo se vuelven visitantes frecuentes de las cárceles, por sus espectáculos en las carpas, aunque la personalidad mexicana encuentra en esas voces un rasgo fundamental. Chava Flores, por su parte, se pitorrea de las políticas del regente —quien se empeñaba en sembrar gladiolas por las avenidas principales— en “No es Justu” (1958):

Los tamarindos hoy se acuestan a sus horas,

como a las nueve ya nos bajan la cortina;

después de esa hora, qué relajo en las esquinas,

no falta cafre que no pise las gladiolas. 

«Chava Flores –así lo dice Sánchez González–  plantea las bases de la nueva trova, la canción de protesta en los 70 y todo el fenómeno de las peñas, muy clasemediero, donde él se convierte en un emblema».

EL COMPADRE JOSÉ ALFREDO Y LA BOHEMIA

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Foto: Cortesía de María Eugenia Flores Durand

Parecería una foto de bodas como cualquier otra.  Salvo por un detalle: los recién casados son Paloma Gálvez y José Alfredo Jiménez. La joven veracruzana inspiraría al rey de la ranchera –de 26 años entonces– una de las canciones más cantadas en México: “Paloma Querida”. A la izquierda de ambos, con tacuche brillante y pelo engominado, aparece el padrino: Chava Flores.

Todo empezó con la admiración. Chava sentía un profundo respeto por gente como Agustín Lara, Gonzalo Curiel o Chucho Monge. Por ellos decidió editar una revista dedicada a los compositores del momento. El primer número de El álbum de oro de la canción apareció en 1949, a 85 centavos cada ejemplar. Su oficina era un café de la calle Ayuntamiento, frente a los estudios de la XEW; allí los entrevistó a todos. «Un día le dijo a mi mamá que se iba a dedicar a ser compositor  –cuenta su hija Maria Eugenia–. Si ella hubiera padecido del corazón le da un infarto. Pero su primera canción (“Dos horas de balazos”) le pegó y la segunda más (“La Tertulia”) porque se la grabó Pedro Infante».

Desde entonces vivió en el epicentro de la bohemia y la cultura popular mexicana. Compadre de José Alfredo y de Miguel Acévez Mejía, las tertulias en casa de Cuco Sánchez podían ser eternas. «Era emocionante –recuerda María Eugenia–. ¡Mamá, mamá! ¡La canción de mi papá otra vez en la radio!». No tardaron en llegar “El gato viudo”  o “La interesada”; éxitos totales.

No todo era fiesta, claro. Melómano disciplinado, lo primero que hacía Chava al despertar era poner a todo volumen un disco de su colección: Beethoven, Rimsky–Korsakov
o Debussy; Mantovani, Irving Berlin o Cole Porter; Sinatra
o Glenn Miller. Su oído afilado lo ayudó a aprender a tocar la guitarra sin problemas, aunque sus amigos músicos le ayudaban a escribir en partitura las melodías. Compuso en casi 
todos los géneros: rancheras, boleros, huapangos, corridos, tango, guaracha, vals y hasta una polka y una jarana.

Trabajaba cuando lo visitaba la inspiración, ya sea a las cinco de la tarde o a las cinco de la mañana: «Era insomne. Tenía a un lado un diccionario de sinónimos y antónimos para encontrar la palabra exacta de lo que quería decir. El cenicero amanecía repleto de cigarros».

EL CHICO TEMIDO

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Foto: Cortesía de María Eugenia Flores Durand

Si algo odiaba era que le dijeran cómico. «Yo soy humorista», aclaraba. Jaime Almeida explicó alguna vez la diferencia: «El cómico es el que hace cosas chistosas mientras que el humorista es el que hace chistosas las cosas. Chava Flores fue el mejor humorista de la canción que ha nacido en México. Su inteligencia le abrió las puertas de todas las mecánicas del humor». Sus canciones albureras sólo se escuchaban en bares o peñas (“Tomando té”, “Herculano”, “El chico temido de la vecindad”, “En el baile de Tejeringo”, “El hijo del granadero”, “Los frijoles de Anastasia”…) y son una cátedra de ingenio y métrica:

Pese a que la época de oro del cine mexicano catapultó sus canciones en boca de Tin Tan, Manolín o Pedro Infante, apenas le dieron para vivir de forma modesta. Tras 18 años, su matrimonio no dio más: «Nunca tuvo un representante; además, mi mamá no era muy afecta a la bohemia y mi papá era un bohemio empedernido», cuenta María Eugenia, su hija, mientras nos muestra cuatro álbumes con fotos de su padre y otras tomadas por él. Allí hay fotos con Vicente Garrido, Miguel Pous, con los Tariácuris. Fotos de sus hijas, de sus viajes, clic, clic, clic, de la boda de José Alfredo, su compadre y uno de sus amigos más cercanos. Para Pável Granados, ambos compositores describen a la perfección al mexicano de los años cincuenta, como las dos caras de una misma moneda: «En las canciones de José Alfredo hay mucha ironía, y en las de Chava también un trasfondo triste».

Aros, argollas, medallas podías adquirir;

un anillo, un taladro, petacas, tu cincho de cuero;

te enterraba en el panteón, te introducía en el cajón,

antes con un zapapico te abría tu agujero;

me dabas para alquilar alguien que fuera a llorar,

mientras lloraba alumbraba con velas tu entierro.

–“La tienda de mi pueblo” (1969).
La ciudad, sin embargo, comenzaba a cambiar y, con ella, el ánimo del compositor. El orgullo hizo que él y su esposa jamás se reconciliaran; fue también el orgullo el que lo dejó en prisión.  La acusación apareció en varios periódicos: uno de sus compadres, Rivera Pérez Campos, lo acusó injustamente de deberle dinero. Pudo salir del problema con una fianza, pero no: «Voy a aclarar todo y salir con la frente en alto». La burocracia lo mantendrían un año y medio en Lecumberri. Desde entonces, cuenta su hija María Eugenia, nada fue igual: el revés de la ciudad, su lado oscuro, cambió su carácter.

NADIE, NI CHAVA FLORES, ES PROFETA EN SU CIUDAD

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Foto: Cortesía de María Eugenia Flores Durand

Ya separado de su esposa y después de una gira por toda la República, de Chetumal a Tijuana –ciudad donde salió en hombros tras uno de sus conciertos–, logró ahorrar lo suficiente para dejar el departamento que rentaba en la Unidad Cuitláhuac, comprar un terreno en Morelia y construir una casa propia. Se mudó en 1983, él mismo pintó los muros, pero no volvió a componer.

«Germán Dehesa decía que a mi papá siempre le hizo falta el gran homenaje de su ciudad –recuerda Maru, la hija de Chava–. Es una tristeza y un olvido para un personaje como él».

En la zona metropolitana, sólo dos calles llevan su nombre; una muy cerca del Lago de Chalco, la otra hace esquina con Juan Gabriel cerca de la carretera México–Puebla y corre entre José Alfredo y Cantinflas. Hoy, los mosaicos que marcan el lugar donde nació en La Merced están cubiertos por las lonas y mercancía de vendedores ambulantes.

Pável Granados piensa que nuestra ciudad siempre ha sido cruel con quienes nacemos en ella: «Si Agustín Lara no hubiera inventado que nació en Veracruz, aquí en México nadie le hubiera hecho caso, porque nació en el Centro Histórico». Agustín Sánchez González coincide: «Nuestra ciudad es desmemoriada. Quizá mi generación, los que tenemos cincuenta o sesenta años, lo conocen. Pero no estoy seguro que los de veinte a cuarenta años sepan quién es Chava Flores. Saben de Agustín Lara, porque lo grabó Natalia Lafourcade.  Al contrario de compositores como José Alfredo, a Chava Flores no se le ha hecho caso; él merecería estar más en Bellas Artes que Juan Gabriel».

Y aunque el reconocimiento del gobierno de la ciudad sigue sin llegar, en YouTube el video donde canta “Llegaron los Gorrones” con Mauricio Garcés y “El Loco” Valdés acumula ya más de 745 mil reproducciones. Al cierre de esta edición, el actor y cantante Hernán del Riego subió un divertido video de su versión de “La interesada”, como parte de su proyecto La Bola y muchísimos más todavía cantan sus canciones sin conocer su nombre.

Tal vez sea cierto. Es probable que la Ciudad de México sea la verdadera “Ingrata Pérjida” de Chava Flores. Hoy, el genial autor podría dedicarle el remate de la canción: «Ingrata méndiga, palabras no son obras; ahora tú me sobras y yo te falto a ti».

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Juan Luis R. Pons
Director editorial de Chilango. Adicto a #ComerRico, spas, viajes, festivales y lifestyle. Cada martes en un nuevo episodio del #PodcastChilango