Babásonicos en el Pepsi Center

Cuartoscuro

Por Alan Luna

No cabe duda de que en la música como en la vida, lo efímero está en el menú diario. Como diría Ferris Bueller: “Life moves pretty fast. If you don’t stop and look around once in a while, you could miss it” o lo que es lo mismo: “La vida se mueve rapidísimo. Si no te detienes de vez en cuando a observarla, podrías perdértela”. Y sí. Así pasa con toditito, así que mejor hay que estar buzos, caperuzos. En fin, todo este rollo de la efimeridad me vino a la mente porque, también, hay ocasiones en las que puede fallar. Existen aspectos que se pueden perpetuar cual herida de una o un ex-novio y, para nuestro caso, también hay bandas.

Los Babasónicos empezaron en el underground. Disfrutaban de moverse entre géneros que podían ir desde el heavy metal, hasta un folk que parecía que había lamido un sapo y se había puesto en órbita. Y así fueron haciéndose de un nombre. Quizá se habrían quedado como ídolos de unos cuantos argentinos, pero le apostaron por ir más arriba. El pop era el camino y los pies de los de Lanús estaban bien calzados para recorrerlo. Si bien ya habían tenido algunos hits como “Deléctrico” o “Viva Satana”, el verdadero trancazo llegó con “Putita”. Y cómo no, con tremenda y desgarradora historia de una mujer en la búsqueda de su camino a la fama. ¿Se identificarían ellos mismos? Lo que siguió es historia. Llegaron potentísimos a México y bum, el idílico amor nació. Babasónicos se unió a nosotros.

Como casi todos los otros días, la lluvia parecía estar de malas. Brutales cantidades de gotas que inundaban las depresiones naturales en las banquetas, y que te hacen caminar de puntitas para no mojarte de más. Pero mojarse es inevitable. Lo mejor es ir resignado. El destino era el Pepsi Center. Quizá no el mejor de los venues de nuestra querida ciudad, pero habría que darle una oportunidad más. Ahí reunidos, al principio no se veían tantos adeptos a la banda argentina, pero para cuando iba comenzando el show, ya se vislumbraba una entrada aceptable. Y así comenzó el festín para los fans. No me cabe duda de que este concierto estaba dirigido a los fanáticos de hueso colorado. 29 fueron los temas que sonaron a lo largo de más o menos 2 horas.

Si estás familiarizado con los Babasónicos, entonces sabrás que el espectáculo corre exclusivamente a cargo de Adrián Dárgelos. Es un gran frontman, de esos herederos naturales de figuras como Mick Jagger —guardando sus debidas proporciones, claro. Pero de ahí en fuera, los demás Babas parecen estar como músicos de sesión y eso, digamos que no está tan chido. Musicalmente suenan impecable. Bien ensamblados, bien embalados, la experiencia hablando por sí misma. Los que conocían a la perfección cada palabra emanada por la boca embarbada de Dárgelos, la pasaron saltando y desgarrándose la laringe bien y de buenas.

Por otro lado, también había mucha gente que se quedó gran parte del concierto nomás observando, como si estuvieran esperando los grandes éxitos para dejarse llevar. Y llegaron algunos: “Microdancing”, “Carismático” y “Yegua”, “La lanza”, “Y qué”,  “El ídolo” y, después del encore “El colmo” fueron las más coreadas y vitoreadas por el público, pero hicieron falta temazos como “Pijamas”, “El loco”, “Putita” o “Los calientes” que, sin temor a equivocarme, más de uno estaba esperando con las mismas esperanzas que tuvimos antes de que ese maldito de Robben se echara el clavado. Sí, seguimos traumatizados porque: NO ERA PENAL.

Un show cumplidor, aunque sinceramente no lo podría calificar de memorable. Al salir, en los comentarios habituales escuché las dos partes. “Estuvo chingonsísimo, neta, de mis mejores conciertos de la vida”, mientras que por otro lado, “Chale, los Babas ya dieron todo, creo que no salté ni una vez”. La interpretación es particular, pero lo que es cierto es que los Babasónicos sin duda no sufren del síndrome de lo efímero. Chido por ellos.