Los padres de los Emos vivieron su juventud en los 80. Lejos de los complejos sexuales o los prejuicios por la apariencia. Pero hoy, tener un emo en casa los lleva a cuestionar seriamente su umbral de tolerancia.
1.
—¿Bueno?
—Qué tal, estoy haciendo un reportaje sobre padres de emos…
—¡Mi hijo no es emo! Le gusta la moda pero emo-emo no es, como esos pobres chicos que salen en la tele y que piden que les hagan caso…
2.
—¿Emo? SÃ, ¿pero quién le dio el teléfono de la casa? ¿Qué amigo de mi hijo? Déme el nombre de ese amigo, por favor.Â
3.
—No salgo de mi casa porque tengo una perra muy viejita, y no puedo dejarla sola. ¿Cómo cree que la voy a dejar venir aquà a que me entreviste? Si ni la conozco.
4.
—Señorita, no sé qué le dijo mi esposa, pero nuestra hija no es emo. Viste asà desde hace unos meses, pero no la dejamos ir asà a la escuela. Está chiquilla, no creo que le sirva. Ya le dije todo lo que puedo decirle.
¿Qué está ocurriendo con los padres de esos chavos de pantalón relamido, calzón de fuera, peinado manga, delineador, playera XXS, loncherita? Ningún papá querÃa hablar. Si yo pronunciaba “hijo emoâ€, la alarma sonaba. Recibà negativas, evasiones y supe que un papá regañó a su hijo por darme el teléfono de casa. Un chico, incluso, enronqueció la voz para hacerse pasar por su padre. La intriga aumentó: algo excepcional pasaba en las casas de los emos. DebÃa entrar.
NUNCA PIERDAS EL ESTILO«La música emo es padrÃsima. ¿Viste la portada del último disco de Muse? Es maravillosa», me dice Clara por teléfono, elogiando los gustos de Sergio, su hijo único. Imagino a una madre liberal, casi con un pasado hippie. Intrigada, busco la cubierta de Black Holes & Revelations. Es cierto: en la superficie de Marte cuatro hombres están sentados en una mesa. En el cielo, a la distancia, se divisan la Tierra y la Luna.
En una casa de Paseos de Tasqueña me recibe Clara. Mi hipótesis no se confirma: es una mujer bajita de actitud y vestir formal. Entro a una sala con mobiliario imitación siglo XIX. En las paredes hay paisajes al óleo y, en los muebles, figurillas de cristal.
Veo a Sergio, su hijo. Pronto me entero que a sus 17 años acompaña a su mamá a jugar cartas con sus amigas, que no ha aprendido a manejar y que cumple sin chistar sus horas de llegada.
Le pido que me muestre su computadora a este amante loco del internet. Pretendo ver objetos, calcomanÃas o elementos que revelen la personalidad de este emo. Me conduce al cuarto de su madre. Es ahÃ, por orden de Clara, donde su PC ha sido instalada. Su madre atestigua su navegación en Myspace, Mertoflog.com y Fotolog.com, y lo escucha tararear estrofas en inglés, como So shes traded my love for comfort / Gives it all away y otras rolas de Deep End, su banda predilecta.
Sentada en la cama observo la compu, desprovista de señales salvo por el retrato del bebé risueño que ahora veo, 17 años después: me asombra en Sergio su delgadez y su tez pálida e impecable. De su gorra caen caireles con estudiada delicadeza.
«Yo sà soy emo. Emo es sentimiento», me dice, como si repitiera una frase ya oÃda. Me muestra su Myspace, su gran fuente de amigos. Recorremos la imagen de Sergio en espejos de baños con el cabello lacio o ensortijado, en pantalones negros, ajustados.
Clara observa a su hijo absorto en la máquina. «Lamento que pase ahà tantas horas —dice, sin emociones—, pero es su medio de comunicación».
Hace un par de años, un dÃa que Sergio llegó de su secundaria privada, Clara detectó en sus brazos varias incisiones.
—¿Qué te pasó? —preguntó su madre.
—Me caà jugando futbol —respondió él con ingenuidad.
A Clara le surgieron dudas. ¿Con sus amigos se habÃa herido usando una navaja? Su estrategia de choque fue una suerte de “baños de hogar†con horarios precisos e innegociables. Las heridas no se repitieron. A esa altura el “emismo†de Sergio era, sobre todo, fÃsico: se alaciaba el pelo, luego lo teñÃa, se lo volvÃa a dejar natural, lo movÃa para que tapara un ojo, lo giraba para que su mirada quedara al descubierto. Es ahà donde ahora Clara abre o cierra los márgenes de acción de su pequeño.
—¿Más libertad? ¿Y yo con el alma en un hilo por tantas cosas que están pasando? —reniega Clara.
Hace unos meses, Sergio dio a su mamá otra sorpresa: salió de su cuarto con las uñas pintadas.
—¿Usted lo toleró o…?
—No. Para todo hay lÃmites. Ya se lo dije: «Hijo: el buen gusto, la dignidad, el respeto y el estilo nunca debes perderlos».
ALIANZA "por el abismo entre padres e hijos se recurre a una educación de prohibiciones", lamenta Sylvie junto a su hija.
PARA QUÉ PERFORARSE LA CARACon las manos metidas en sus pantaloncitos de niño, Mikel, de doce años, volvÃa al departamento en que vive con su madre y hermana, por CU. «¡Pinche emo! ¡Emosexual!» Los insultos le anunciaron el huevo que centésimas de segundo después se estrelló en su cuerpo. Los chicos se esfumaron, pero alcanzó a reconocerlos: vestÃan como emos, sin serlo. Eran “pokemonesâ€, amantes del reggaeton, música que los emo rechazan, entre otras cosas, porque enfatiza el poder sexual.
Gise, la mamá, me recibe en un sobrio departamento de Villa Panamericana, en cuya sala hay un amplio telar andino. Mikel, a su lado, se entretiene con varios cd’s. Su rostro es de niño, pero hay algo adulto en sus pómulos. El flequillo deja ver un ojo emocionado por la entrevista.
«Antes de grabar, dime qué buscas —me exige Gise, sostenida en el respaldo de una silla del comedor, incómoda por tener que hacerme la pregunta—.
Es que no quiero contribuir a la falsa imagen de los emos».
Belén, de quince años, arriba al comedor. Viene por su lap-top y un jugo (en realidad quiere oÃr a su madre). Su aire es falsamente distraÃdo, como queriendo adivinar qué me causa una emo de carne y hueso: pelo negro, fleco largo, piercing y maquillaje dramático que porta muy señorial. La madre ha dejado que su hija se produzca como quiera.
La primera señal del mundo emo llegó hacia 2005, cuando Belén tenÃa doce años. Gise notó que escuchaba obsesivamente My Chemical Romance, Muse o From First to Last. Pero el punto de quiebre en la vida de su hija se produjo con su primera salida al salón —ya no tan— clandestino Los Sillones, junto al Metro Insurgentes. AhÃ, Belén empezó a metamorfosearse en medio punk, medio pop, medio dark. Un hÃbrido que su madre desconocÃa.
Los Sillones —una planta mal iluminada con ventanas tapadas y un ventilador— se ubica en el primer piso de una tienda de ropa. Ni antro ni bar, parece la sala de un hogar imaginario en la que los emos pueden usar el sillón familiar para besarse con quien quieran —o “mamasearâ€, en el argot emo—, tomar caguama, presumir su peinado y apagar la luz.
La mujer de poco más de cuarenta años que tengo ante mÃ, vestida de jeans, ha adoptado algunos de los gustos de sus hijos. «My Chemical Romance se parece a Queen», explica esta experta en marketing, como para justificar su gusto por un grupo que uno imaginarÃa a varios años luz de su universo. Ex activista polÃtica, llegó de Uruguay hace seis años.
Aun antes de la persecución anti emo en Querétaro, vio a un niño decir en la calle: «Mira papá, un emo». El pequeño señalaba a la hija de Gise, Belén, como si estuviera viendo una jirafa en el zoológico.
Belén experimentó lo que su madre denomina “crisis de rebeldÃaâ€: por las salidas sin permiso ambas se trenzaron en peleas, gritos, insultos. Al rescate llegó la salida de hoy: terapia familiar.
—¿Nos sirvió, Belén? —pregunta Gise a su hija, que junto a su hermano se ha sentado a la mesa. La niña tiene la lap-top frente a sus ojos. Asiente sin levantar la mirada.
«Estoy castigada», me dirá Belén más tarde: por un lapso indefinido esta alumna de una prepa privada en Coyoacán («Llena de puros emos fakes o posers», reclama) no podrá ir a Los Sillones ni a la Glorieta de los Insurgentes. Todo obedece al miedo de su mamá: «Trabajo todo el dÃa y no sé si hubo una razzia».
Belén suele obedecer a su mamá sin rechistar mucho. Pero hubo una excepción: su piercing bajo el labio. «No le veo sentido a perforarse la cara», exclama, viendo el rostro de su hija.
—También tiene un tatuaje —dice Mikel emocionado, interviniendo por primera vez en la plática.
Algunas mañanas, tras darse una ducha, el pequeño se toma el tiempo para seguir los pasos de su hermana. Se para frente al espejo, toma el delineador y marca sus grandes ojos miel.
La sesión de fotos está a punto de iniciar. En las paredes del cuarto de Belén hay inscripciones en emo-gramática, un lenguaje que viola las normas de la Real Academia, al parecer para blindarse de los motores de búsqueda en internet: [KIZZ:ME] <3 me.la.zudaz >.< [fuck.iou] La chica posa delante de esas frases, y entre algunos afiches de sus grupos preferidos, como Fall Out Boy o Panic! At the Disco. En ese muro ha dibujado pequeños corazones rosas. Inexpresiva ante la cámara, Belén exhibe en su playera a Gloomy Bear, un osito japonés de color rosa y apariencia cándida pero que devora bebés.
Mikel trae de su cuarto varios ejemplares de la revista emo por excelencia, Grita fuerte!, para mostrársela a la fotógrafa. Aunque ella se prepara para darle indicaciones, él prefiere los consejos de su hermana:
—¿Cómo me pongo? —le pregunta.
—Pon las manos atrás, saca la lengua, mira de lado —responde ella en indicaciones sucesivas. Mikel la obedece en todo, posando seguro delante de la serigrafÃa Cow, de Andy Warhol, la vaca rosa con la que su madre decoró la sala.
La sesión concluye. «Quiero verlas», dice Mikel a la fotógrafa. Las observa, en calma, cautivado por su propio look: luce una playera negra en cuyo centro hay una calavera alada, y unos pantalones con el logo muy visible en el frente: Von Dutch. SonrÃe, satisfecho: ningún detalle traiciona su bien trabajada imagen emo. Su mamá lo observa en silencio.

EMO-GRAMÃTICA Belén en su cuarto, marcada por el lenguaje de su "tribu".
NOVIOS ESPECÃMENESAntonio, bendito entre las mujeres, tiene tres hijas biológicas y una adoptiva. Una de ellas, Stephanie, de ser niña de crinolina, estampados de flores y vestidos pompones, pasó a maquillarse, pintarse y esponjarse el cabello. Si a los catorce años jugaba con Barbies, a los 17 usaba un moño en el pelo para coronar un rostro con seis argollas. El metal atravesó sus labios, el mentón y la nariz. ¿Qué ocurrió? Entró a la Unitec, donde habÃa un grupo de emos. La mutación fue drástica y veloz.
«Después de todo, es su cuerpo», me dice Antonio, especialista en productos de nutrición, con aire resignado.
Las discusiones de esta familia de Coapa fueron agrias. Stephanie se refugió largas temporadas en su cuarto a oÃr música.
—¿Qué música?
—Una especial, estruendosa, electrónica…
Antonio observaba que, pese a formar un grupo compacto, la apariencia homogénea de Stephanie y sus amigos hacÃa que «todos se diluyeran». Su hija, hoy de veinte años, se tomó el tiempo para explicarle qué significa ser emo. Él, quizá, lo visualizó mejor cuando conoció a los “especÃmenes†(amigos, novios), como los llama, de su hija.
—¿Cómo eran?
De rasgos afeminados y apariencia violenta. El que seguÃa era peor que el anterior. La primera vez que mi hija menor, de ocho años, vio a uno de ellos, se espantó fuertemente —dice sonriendo.
Por las noches, Antonio da vueltas en la cama dudando si hay un “viejo cochino†que se hace pasar por emo entre los ochocientos amigos del MySpace de su hija. Pero Stephanie se desvela en internet.
«Trato de dejarle vivir sus experiencias, de prevenirla de los peligros que veo». Desde hace un año, Stéphanie ha comenzado a abandonar el mundo emo y a suavizar su apariencia. Su actual pareja no pertenece a ninguna “tribuâ€. Antonio ya está más tranquilo.

LÃMITE Gise, profesionista del sur del DF, prohibió a sus hijos, Mikel y Belén ir a la Glorieta de Insurgentes.
CÓRTATE EL CABELLO Y VISTE BIEN«¿Como se ve el mundo desde atrás del fleco?» Eder, de 19 años, repite la pregunta que acaba de escuchar, como para darse tiempo de pensar. Sus ojos no son visibles.
—Nada especial —responde—. Es mentira que nos dejemos el flequillo para no ver la realidad.
En la Facultad de IngenierÃa de la UNAM, donde estudia, los conflictos se han limitado a una broma recurrente del profesor de Termodinámica: «Si no te mueves el fleco no hay problema, aquà tengo cinta canela». Eder acepta que para leer los libros de la carrera y pasar al pizarrón tendrÃa problemas si no se valiera de algunos pasadores; siempre están a la mano junto a un peine en uno de sus bolsillos.
El verdadero conflicto, en cambio, es su padre: «Me dice que ya haga algo con mi pelo, que si sigo asà me van a atropellar». Eder va de Coacalco a CU todos los dÃas, en un viaje que suma cuatro horas.
A sus trayectos los aligera escuchando Alessana, Boy Kill Boys y Blink-182 en su iPod.
—Te di chance de que te vistieras y peinaras como quisieras. Si no estudias, córtate el cabello, vÃstete bien y ponte a trabajar—, le exige su papá.
Eder se alacia todos los dÃas el cabello y le coloca una cera para mantenerlo con cierta firmeza. Luego, antes de salir de casa, se pinta.
Su padre, un protesista dental de 43 años, está seguro de su hipótesis: su bajo rendimiento obedece al demasiado pelo sobre la frente y al estilo de ropa que se ciñe a sus 60 y pico kilos de peso en un cuerpo que supera los 1.80 metros. La desproporción es brutal.
«Va a sonar mal —reconoce Eder—, pero no me gusta para nada ver emos gordos».

HUEVAZO En la calle, Mikel, de 12 años, sufrió la agresión de los "pokemones". Anti-emos inspirados en el juego de Nintendo.
HABLAREMOS DE COSAS POSITIVASSarah viajó a Querétaro, “Queretarockâ€, la ciudad-refugio de ella y sus amigos, donde tomaba clases de foto. Para ese 17 de marzo, su pelo era color “rosa chicleâ€. .Al caminar, se le acercó un muchacho de pantalones amplios y pelo engominado, con apariencia de cholo.
—¡Pinche emo! ¡Quiere llorar! —le gritó. Nerviosa, siguió su camino. De pronto, el hombre le impidió el paso y le dobló la muñeca.
—Pinche emo… te crees muy chingona, ¿no?
—Antes que emo soy chava —lo enfrentó—. Quiero ver si le pegas a una chava, cabrón.
El joven la soltó y se fue.
Hoy, Sarah, una emo por cerca de cuatro años, se define «más cerca de lo indie». A su cabello ya le mutiló el fleco.
De 17 años, esta alumna de prepa en Polanco amalgama estilos: los pantalones desgarrados recuerdan al punk y el arete de estrella plástica al pop ochentero. Su cabello es de caricatura japonesa. La veo sentada en el jardÃn de una casa en Coyoacán. La chica de ojos oscuros que me mira tÃmida le debe lo emo al punk: hace cuatro años empezó a escuchar a las bandas estadounidenses Rancid y The Ataris. «No creo que alguien llore con reggaeton», bromea.
Contacto a la madre de Sarah, Sylvie: «Si buscas a la mamá de una chica que está en su cama todo el dÃa, no soy la adecuada».
En una silenciosa oficina de la UAM me recibe una mujer de unos cincuenta años, blanca en canas. Abre la computadora y entra a la página sarahbob.deviantart.com para mostrarme algo de la obra de su hija, artista plástica: veo una foto en blanco y negro, con un chico sobre una pared, sentado con las piernas encogidas.
Su aire es frágil, afeminado, y un fleco cubre su rostro. El joven de labios perforados sostiene un ramo de flores. En el mismo sitio hay más de su trabajo: autorretratos, imágenes de sus amigos, paisajes modificados.
Hasta hace un par de años, Sarah pasaba horas encerrada en su cuarto escuchando grupos emo-indie, como Something Corporate. Si salÃa, tomaba fotos de escenas tristes o con un elemento constante, la sangre.
Aún niña, Sarah ya vestÃa de negro, habÃa dejado crecer un fleco que le cubrÃa gran parte de la cara y empezó a maquillarse. Las paredes de su cuarto las cubrió con fotos dramáticas, tomadas por ella misma, en las que estaba presente la sangre.
Sarah Se sentÃa distinta. Un dÃa, en la intimidad de su cuarto, cuidadosa de no dar señales a sus padres, Sarah se cortó el antebrazo. De ese modo reclamó un estado de soledad del que no podÃa desprenderse.
Cuando la entrevisto, la blusa de Sarah deja al descubierto una serie de cicatrices horizontales.
«Cuando Sarah creció se me escapaba de las manos —reconoce Sylvie—. No sabÃa por dónde agarrar el jabón que se me resbalaba». Sin embargo, su mamá me hace una aclaración: «Hablaremos sólo de cosas positivas».
Las heridas en su cuerpo estaban consumadas. Sylvie y su esposo, un guanajuatense de férreo origen católico, lucharon contra el propio modelo infantil que tenÃan integrado a su esquema mental: «La niña bonita —explica la mamá—, bien sentada y bien educadita».
Sylvie dice que lo más importante para estar cerca ha sido «el respeto a la personalidad del otro».
Sin embargo, noto que hace malabares para eludir de su discurso la palabra “emoâ€, como si algo la incomodara. ¿Es Sarah una emo? Sylvie duda.
—Sarah —responde— es una niña emocional.
El día 02 de diciembre de 2008 a las 22:06 2008-12-02 22:06:30