Una familia ‘muy padre’

La vida diaria de dos papás y una niña

Foto del archivo familiar

En la Colonia del Valle, en el primer piso de un edificio, vive una familia padrísima. Trabajan para ganarse la vida, pagan impuestos, hacen sus ahorritos para irse de vacaciones: ¿Qué tiene de especial entonces esta familia? Que está formada por dos papás y una niña lindísima, de nombre Amaya. 

Alejandro es médico y Aarón, su pareja, es mercadólogo. Desde que se conocieron la idea de ser papás fue tema de conversación y poco tiempo después ese anhelo compartido se volvió realidad. Cuando supieron que había una peque en camino que necesitaba ser adoptada, Alejandro tomó la patria potestad de la niña y desde entonces ambos se han dado a la tarea de brindarle un hogar lleno de cariño, valores y estabilidad. 

“Todo ha sido una mezcla de emoción y gusto mezclado con pánico, es al mismo tiempo un reto personal y social”, dice Aarón, quien tuvo que renunciar a su empleo para estar con ella durante todo el día, al menos hasta que tuvo edad para entrar a una guardería.

Encontrar un lugar para que la pequeña Amaya fuera cuidada como era debido no fue una tarea sencilla. “Vimos muchos lugares, hasta que encontramos la guardería ideal. Ahí hay un ambiente muy diverso, de mucha pluralidad, hay niños de muchas nacionalidades y nosotros queremos que ella se desarrolle en un ambiente donde las diferencias sean algo natural, que le enseñen el respeto por el otro”, dice Alejandro, mientras pone en su silla a la pequeña para que cene. 

Cuando les pregunto si encontraron algún tipo de discriminación en estos lugares por ser una familia formada por dos papás, Alejandro recuerda: “en una guardería la directora nos dijo que no tenía problemas con que fuéramos una familia de dos papás, siempre y cuando tratáramos de ser muy discretos. En ese momento sencillamente descartamos ese lugar. En la guardería en la que ahora está Amaya las cosas son muy distintas, incluso el día del padre nos hicieron una taza con nuestra foto donde aparecemos los dos juntos”. 

Aarón, por su parte, dice: “la mayoría de las reacciones que hemos tenido son positivas. Nunca nos han molestado ni agredido, tal vez porque no salimos con ganas de que nos vean, pero tampoco temerosos. Somos una familia como cualquier otra”.

El día a día 

Cada mañana se levantan más o menos a las 6. Mientras uno se baña, el otro prepara la pañalera. También se turnan para bañar a la niña, quien despierta más o menos a las 6 y media. La llevan a la guardería, se van a sus trabajos, se ponen de acuerdo para recogerla dependiendo de sus actividades. Están conscientes de que no existen fórmulas preestablecidas y que cada familia funciona distinto. Ellos han encontrado la manera de que la suya funcione. 

“Amaya es un nombre que significa ‘hija muy deseada” y no podría ser más cierto. Al contrario de las parejas heterosexuales, que una pareja homoparental tenga un hijo es algo completamente buscado, no hay hijos accidentales” me dice Alejandro, y continúa: “en esta casa no hay gritos, no hay groserías, es un ambiente libre de violencia. Cuando llegamos a discutir, como cualquier pareja, estamos muy atentos a que ella no se encuentre presente. Más allá de cualquiera herencia económica que vayamos a dejarle, queremos legarle una herencia de valores, para que el día de mañana sea una mujer de éxito. Una mujer con autoestima es una mujer capaz de defenderse a sí misma, capaz de pelear por sus derechos y los de los demás”. 

Aarón asiente mientras la sostiene en sus brazos y Amaya, quien ya acabó de cenar, juega con un tupercito con limones que se lleva a la boca sin hacerles gestos. Cuando le pregunto a Aarón por la comida favorita de la peque, me dice que le encanta el pan. “Es muy panera, no se puede resisitir”. Pero como todos los niños, hay comidas que no le gustan para nada: “sobre todo el atún, hay que rogarle para que se lo coma”. 

‘Los niños tienen derecho a ser amados y protegidos’ 

Al preguntarles sobre qué opinan de las marchas como las de Jalisco “en defensa de los niños”, Aarón toma la palabra y cuestiona: “¿Por qué esas personas no marchan por otras cosas que de verdad son un problema en nuestro país? Hay injusticias, hay desigualdad; sin embargo, van y toman las calles para oponerse a la creación de familias donde damos cobijo, respeto y amor. Es un error pensar que pueden imponer sus creencias para impedir avances sociales”. 

Alejandro señala a su vez: “cabe aclarar que, aunque nos enoja, están en su pleno derecho a manifestarse, mientras lo hagan de manera pacífica. Son sus creencias y tienen derecho a expresarlas, aunque no estemos de acuerdo con ellas. Lo que no vamos a tolerar es que hagan uso de la violencia, el odio, la discriminación. Se trata de hacer cosas como sociedad que sumen, no que resten. Todos los niños tienen derecho a ser amados y protegidos”. 

Amaya pronuncia la palabra papá y por un momento, ambos voltean. Cuando les pregunto cómo saben a quién se dirige cuando dice esta palabra, divertido, Alejandro contesta: “a quien esté más cerca. Ella tiene dos papás así que ambos podemos atenderla”. “¿Y qué va a pasar cuando crezca y tenga preguntas propias de las adolescentes, ¿no será complicado?”, les pregunto. Ellos niegan. “Afortunadamente somos personas educadas, estamos leyendo mucho al respecto. Desde pequeña pensamos resolverle todas sus dudas, los niños no son tontos y siempre saben lo que pasa a su alrededor y lo que no saben, preguntan. Nos estamos preparando para ello”. 

Aarón dice: “seguro hay quien se preguntará quién es la mamá aquí. No hay. A lo mejor algunos piensan que yo porque dejé mi trabajo para atenderla, pero en realidad lo que hacemos en el día a día, es resolver lo que va pasando. No hay modelos a seguir”. 

“Somos una familia espiritual, pero no religiosa. No pensamos bautizar a Amaya porque sería jugar con la doble moral, sería afiliarla a una iglesia que nos rechaza como familia. Ambos somos agnósticos, pero la dejaremos elegir el camino religioso –si desea adoptar uno- que desee. Lo mismo con su orientación sexual. Lo que sí nos preocupa es educarla para ser ante todo una mujer con valores, con autoestima, una mujer grande”

Amaya, enfundada en su pijamita rosa, se despide mandándome un beso. Me despido, Alejandro me acompaña a la puerta, en la calle, espero mi taxi.

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