Viernes, 1 AM (Túnel del tiempo)

Dfondo

                                                                          “La noche es una copa del mal” César Vallejo, “La copa negra”

Margarita, de unos 50 años, tiene los lentes puestos. Más le vale, dada su tarea: leer el directorio telefónico. Está revisando toda la gente que tiene el apellido González.

Es que desde hace cuatro o cinco días a perdido la pista de un cliente habitual del bar Oxford, del que ella es parroquiana. «No llegaba todos los días, pero siempre llamaba si no iba a venir», dice. Y la última vez que llegó tenía un gesto de abatimiento. «Dijo que había perdido a sus papás la gente que más amaba en el mundo. Tuve la sensación de que venía a despedirse creo que su apellido era González Flores. ¿o González Fuentes?»

El bar Oxford fue uno de los primeros antros que conocí en la ciudad de México. Anexo del hotel del mismo nombre, está a la vuelta del Museo de San Carlos. Es un túnel de tiempo, un oasis del estilo viejo. Hace poco, fue muy concurrido, pero en tiempos recientes se ha vuelto más solitario, con poca gente. Sólo de vez en cuando se llena, con sordo mudos que conversan con las manos, vendedores viajeros de Nayarit que pueden recitar a Amado Nervo de memoria en la peda, mochileros europeos que no se dan cuenta de que están hospedados en un hotel de paso. Hay una puerta que da a la calle, y otra a la recepción. Algunas mujeres como Margarita (que no es su nombre real; prefiere que utilicemos un pseudónimo ) están dispuestas a subir con los clientes de categoría.

Muchos músicos ambulantes llegaban al Oxford para ofrecer serenatas a los más románticos. El preferido fue Carlitos, de unos 80 años, ex elemento del Trío Los Soberanos, que con voz trémula y una guitarra sostenida por cinta adhesiva, ofrecía todo el repertorio de la balada latinoamericana compuesto antes de 1960. Hoy hay menos artistas, pero siempre llega el Che, que canta tangos. Era integrante de un trío sin nombre que cantaba en el Yate, un bar a la vuelta de la Alameda Central. Pero desapareció el trío, y desapareció el Yate, y el público, viendo al che con su acordeón, le pidió las de Gardel. Ahora, aunque admite que es más mexicano que la Virgencita de Zapopan, habla con acento argentino.

Esperemos que pronto esté serenando al tal González; a su lado una Margarita aliviada.