Viaje por el drenaje profundo

¿Creca del colapso?

VÍARuy Feben
La rehabilitaci?n del drenaje terminaron su segunda etapa; nosotros ya le echamos ojo

Escucho la historia como quien se percata, justo al llegar a la acera, de que estuvo a punto de ser atropellado. “Muchos tramos del túnel estaban desprovistos de concreto, se veían las varillas de acero desnudas. Las grietas eran tan grandes que los desechos se atoraban y formaban diques. El ácido sulfúrico estaba destruyendo las paredes del canal”. El Ing. Carlos García, de COTRISA, una de las empresas comisionadas para la rehabilitación del drenaje profundo de la ciudad, nos da un recorrido. Desde la boca de entrada del túnel, la Luminaria 8, muy cerca de Martín Carrera, hemos caminado cerca de un kilómetro. No se ve el final ni adelante ni atrás. El olor no es tan malo como pudiera pensarse: para ser el túnel que saca de la ciudad agua de lluvia y desechos de todo tipo, el lugar no es tan tétrico, pero hay un constante rumor que viene de arriba, de la ciudad con luz y sanitarios; el rumor parece de una casa embrujada. No mucha gente sabe que, de no haberse hecho las reparaciones que hoy se hacen en el drenaje profundo, aquel rumor hubiera cesado con la inundación y el caos. La piel se me enchina.

A mediados de 2007 el pronóstico era la catástrofe: el drenaje profundo era, de manera callada pero evidente, un peligro real, una pesadilla de Lovecraft. El enorme ducto, de casi 70 kilómetros de largo, estaba desgastado en proporciones que nadie podía determinar a ciencia cierta. Seguramente las paredes estaban corroídas, pero no se sabía qué tanto. El canal, que había sido planeado para 10 millones de habitantes, tenía problemas para responderle a una ciudad del doble, la capacidad estaba reducida en más de la mitad. Pero fuera de eso, nada: desde su construcción, en 1975, el drenaje profundo no había tenido trabajos de rehabilitación. Mientras la esfera política de la ciudad comenzaba a admitir que el problema era grave, ingenieros de todo el país dieron un ultimátum: el colapso del canal significaría una catástrofe de las dimensiones de Nueva Orleáns en 2006. Bastaría una lluvia aguerrida, de 30 mm3, para que el lago que fue originalmente esta ciudad reconquistara las partes oriental y central, que quedarían sumidas en una mezcla de aguas negras, tifoidea y cólera. Tras el colapso del canal, la epidemia sería inminente: esta ciudad estaría perdida.

“Hemos usando mejores materiales que en la construcción. El concreto es especial para resistir las sustancias tóxicas que se forman de los desechos, y tiene un recubrimiento plástico para que los gases sulfúricos no desgasten de más el techo del túnel. Esperamos que, con estas mejoras, el túnel funcione al 100% durante otros 30 años, por lo menos”. El Ing. Carlos nos tranquiliza. La rehabilitación total del túnel tomará otros tres años; la segunda etapa, sin embargo, tendrá que estar terminada a comienzos de abril; las lluvias no permiten que los trabajos se realicen fuera del tiempo de estiaje. De cualquier modo, estas obras significan un crecimiento brutal de la capacidad del túnel, casi un 50%. Lo cual se traduce, de entrada, en menos inundaciones durante el verano.

Pregunto a Carlos qué tan cerca estuvimos de ese escenario à la Nueva Orleáns. No puede disimular cierta ternura por la pregunta. Aclara que sí, pudimos haber tenido una epidemia, pero prefiere mirar al futuro: no sólo se espera terminar por completo la rehabilitación del túnel, sino que, entre los planes del GDF, está la creación del Acuaférico, un canal que dé la vuelta a la ciudad y tenga plantas de tratamiento de aguas. Eso será después, cuando la crisis lo permita. Mientras, podremos ir más tranquilos, con esta revista o con otra, a hacer uso de nuestras (caóticas o no) instalaciones sanitarias