Fuimos al Cinema Río, un cine porno para parejas

Visitamos este templo sexual y así nos fue

Estamos en la calle de República de Cuba, en el número 81. Aunque mi acompañante es una chica guapa, lo que más me gusta de ella es que no se acobarda: cuando le dije por Facebook “oye, ¿me acompañas a un cine porno?” ni siquiera lo pensó y me dijo “¡va!”. La idea de traer a una de mis amigas fue para poder entrar a una de las pocas salas de cine porno exclusivas para parejas heterosexuales.

La marquesina, que seguro conoció tiempos mejores, en la parte frontal ya sólo dice “Ci”; sólo si se ve de lado se puede apreciar que el nombre completo es “Cinema Río”. Justo enfrente del cine hay unos tacos para recuperar energías por si te rifaste como los grandes y quemaste muchas calorías. Casi junto al cine está el Hotel La Habana, por si entraste en calor en la sala pero quieres un poco más de privacidad.

Nos acercamos a la taquilla y un dependiente con cara de pocos amigos nos revisa las mochilas. Mi amiga trata de sacarle plática y le pregunta que si le gustan los Misfits, en alusión a la playera que lleva puesta. El sujeto contesta con un “sí” más seco que los limones de la taquería de enfrente. Vemos las películas que están programadas para hoy: una se llama “Arma Mortal”, en alusión a un afroamericano de proporciones generosas, y la otra “La Chupapingas”, nombre que deja muy poco a la interpretación.

Pagamos nuestros 125 pesitos por pareja—barato no es— y nos dirigimos al segundo piso, donde está la acción. Ahí nos recibe un banner de una chica medio desnuda que dice “SéXtasis Mexicano” y luego, una sala de considerables dimensiones, con silloncitos rosas.

“Estaría bien bueno este lugar para hacer fiestas; pones una barra ahí, un tubo allá y otro allá y se armaría bien” me dice mi amiga. Y pues sí. El vestíbulo es muy amplio y aunque el rosa es chillante, se entiende porque hoy por hoy el ‘Cinema Río’ forma parte de la cadena de sex shops. Ahí nos encontramos con un hombre y una mujer que pensábamos que eran trabajadores, pero no: iban a darle gusto al cuerpo y a experimentar.

Él tendría unos 50 años; ella, por la misma edad. Guapos no eran. En la calle podrían ser cualquier pareja de señores: ella con un pants y el pelo recogido, y él en camiseta y gorra amarilla deportiva. “Es nuestra segunda vez. La primera vez vinimos en sábado y estaba hasta la m…, fácil eran unas 100 parejas. Ahora que entren y vean, está bien tranquilo” nos dijo él, que no tuvo empacho en soltar la sopa.

Cuando les preguntamos si le hacían al intercambio de parejas, pues leímos que en el lugar se daba la onda swinger, lo negaron. Más bien venían por aderezar su vida sexual y por buscar cosas nuevas. Les agradecimos la plática y decidimos adentrarnos a la sala, a ver qué cosas veíamos. Gulp.

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Vestíbulo (Pável M. Gaona)

“Haz como que te la estoy chupando”

Al interior de la sala habían pocas parejas: unas 7. La mayoría de ellas sólo acariciándose, aunque otras practicaban sexo oral y otras ya estaban en plena relación sexual. Cuando entramos, lo primero que notamos era que desentonábamos en edad: la mayoría de los asistentes pasaban de los cuarenta y algunos tenían look oficinista.

Después de mucho pensarlo, nos acomodamos juntos en nuestras butacas, con miedo a que estuvieran sucias. Elegimos unas en el extremo de la sala para poder ver mejor. “Haz como que te la estoy chupando para que no sospechen que nada más venimos de mirones” me dice mi amiga, y yo recargo mi cabeza hacia atrás mientras ella se agacha y hace la pantomima del sube y baja.

Luego, seguimos platicando sobre lo que vemos y aún en la oscuridad, podemos notar que la mayoría de las mujeres que vienen son prostitutas: sus faldas cortísimas y el maquillaje excesivo las delatan. Van llegando más parejas y al final éramos 14, contándonos a nosotros. Aunque la mayoría se encuentra cohibidos en sus butacas, algunas de ellas sí están en pleno sexo oral y uno de ellos incluso está metiendo y sacando los dedos de la vagina de su acompañante.

Ya envalentonados, nos cambiamos de lugar para poder ver mejor. Nos sentamos cerca de la pareja más desinhibida: un hombre y una mujer jóvenes. Ella se aplica a la felación mientras él se chupa los labios y se revuelve en su asiento. No tardan mucho en pasar a la penetración. A diferencia de la rubia de la pantalla, que grita como si la estuvieran partiendo en dos, ella está callada.

Nos cambiamos de butaca hasta la parte de arriba y ya nos vale que piensen que sólo vamos de fisgones: en última instancia podemos decir que somos voyeristas y ya. Un señor que va acompañado de su respectiva scort nos invita a darle sexo oral. “Nada más estamos viendo, gracias”, alcanzamos a decirle. A nuestro lado hay un tipo solo: la chava que venía con él lo dejó, y él se masturba en su butaca, completamente desnudo.

“¿Ya oliste?”, me dice mi amiga. “Ahí sí te la debo, tengo sinusitis y no huelo muy bien. ¿A qué huele?”, le contesto. Suponía que iba a decirme que a sexo o a suciedad, pero no: “huele como a toallitas húmedas. Yo creo que es porque se confunden todos los perfumes que se echan las prostitutas”, me dice.

En la pantalla las mujeres siguen gritando y gimiendo. El moreno de la “arma mortal” termina sobre una de ellas y finalmente se lee en letras moradas las letras “The End”. De inmediato, comienza una nueva peli. Aquí la permanencia es voluntaria, aunque a nadie parece importarle lo que se proyecta. Aquí se viene a mirar y a ser mirado, a ser pornstar por un rato y, quién sabe, tal vez hasta armar grupito y salir con amigos que le hacen a lo mismo que tú.

Epílogo: cuando el Horario de Verano te delata

Ya afuera del cine, mi amiga mira su atuendo y me dice: “chale, me hubiera venido más atrevida”. Supongo que lamenta que no tuvimos mucho pegue y que nada más le llevé a un lugar donde se le calentó el boiler, pero no pudo meterse a bañar. Pasan de las 7 de la noche, pero por el Horario de Verano la luz de la calle está a todo lo que da. Los transeúntes nos miran con cara “miren a éstos, ya vienen todos satisfechos”. Y pues no.

A nuestras espaldas, en el Cinema Río, las parejas siguen en lo suyo, mientras nosotros nos dirigimos al Metro Bellas Artes con la cara de niños malos que acaban de cometer una travesura.

¿Han ido a estos cines? ¿Qué otros conocen?

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