Tres vidas totalmente distintas unidas por la tragedia más grande que ha vivido la Ciudad de México.

Alma Gómez Fuentes (Cositas)

El día que ocurrió el terremoto del 85 Alma Gómez se disponía a llevar a sus hijos a la escuela. Maestra de educación preescolar, tenía algunos conocimientos básicos de primeros auxilios. Cuando la tierra comenzó a sacudirse, su instinto fue proteger a sus hijos y colocarlos en un lugar seguro. Hasta tiempo después se enteró de que colocarse en el marco de una puerta no era más que un mito de dominio público. Sin embargo, en ese instante fue lo primero que se le vino a la mente para proteger a sus pequeños.

Intentó prender la televisión en casa y un mal presagio la embargó cuando se dio cuenta de que no había energía eléctrica, tampoco línea telefónica. Mientras les decía a sus hijos que permanecieran resguardados, ella y su esposo intentaron salir a la calle a constatar los efectos del sismo. No lo consiguieron: la chapa había quedado trabada y tuvieron que abrirla auxiliados de un cuchillo y un martillo, que era lo que tenían a la mano. Lo que encontraron en la calle los dejó sin habla: las calles se veían partidas, haciendo crestas formadas por el choque de bloques de concreto.

Para conocer la magnitud de lo que había ocurrido, su esposo tomó el auto y fue gracias a la radio que supo los verdaderos alcances del desastre, más allá de las bardas tiradas y de las construcciones que se habían venido abajo en las zonas aledañas. Edificios habitacionales reducidos a escombros, hospitales devastados, la ciudad en un grito de dolor y desesperación por no tener noticias de sus seres queridos. Alma Gómez, por fortuna, no perdió a nadie.

Tuvo que mudarse a la casa de su madre ante el desabasto de agua que azotó a su colonia. Veía a la gente sacar el líquido de donde podía, auxiliada por cubetas y otros rudimentos, intentando cubrir sus necesidades básicas. Situaciones que ella sólo había visto en películas de guerra, ahora desfilaban frente a sus ojos. Sin embargo, aún en la catástrofe, no abandonó su pasión: trabajar con los niños. Cuando asistió a la escuela donde impartía clases, no se permitía el ingreso, pues el edificio estaba dañado y se temía que pudiera colapsarse, ocurriendo una desgracia.

Un padre de familia, viendo las ganas que Alma tenía de seguir enseñando, prestó su casa que se encontraba en construcción. Algunos niños dejaron de asistir, pero a quienes iban, los ayudaba a superar el miedo y las duras impresiones que había dejado en ellos el sismo. A partir de los dibujos y de las manualidades que la hicieran famosa en Televisión, ayudó a los niños a hacer catarsis, a que manifestaran sus temores evitando el trauma.

Tres años después fue invitada a formar parte de un festival donde se homenajeaba a los llamados “niños milagro”, que fueron rescatados con vida de los escombros de la zona de cuneros del Hospital Juárez. Ella, por supuesto, asistió. Hoy esos niños que se aferraron a la vida tienen ya 30 años aunque Alma Gómez, Cositas, recuerda los hechos con un dolor y un pesar que se mantienen vigentes. Para ella, aquella mañana del 19 de septiembre del 85 quedará como un recuerdo indeleble en la memoria.

Carmen Campuzano

Cuando la tierra comenzó a agitarse, Carmen Campuzano se encontraba en casa de su madre a punto de llevarla a una consulta médica. Estaban en un cuarto piso, en un edificio que estaba sobre pilotes hidráulicos. La desesperación hizo presa de ella cuando se dio cuenta de que los edificios estaban a punto de chocar unos contra otros. Con su mamá enferma, les iba a ser muy difícil, si no imposible, bajar con la rapidez que un siniestro así requiere. Tuvieron que quedarse ahí, suplicando por que el edificio no se viniera abajo hasta que el movimiento terminó.

Cuando estuvieron seguras de que el terremoto había cesado, ayudó a su madre a bajar. Pasaron frente a Televisa Chapultepec y por la zona del centro y vieron con sus propios ojos la magnitud del desastre. Quisieron comunicarse con sus seres queridos pero no les fue posible ya que no había teléfono ni corriente eléctrica. Carmen se ofreció como parte de los cuerpos de rescate, vio el horror de ver cómo a gente se le intentaba sacar de entre los escombros y aparecían cuerpos desmembrados.

Una modelo amiga suya desapareció y no volvió saberse de ella. Su nombre, como el de muchos otros, no apareció entre los cuerpos confirmados como reconocidos por familiares o amigos. Otra modelo conocida suya también pereció, aunque al menos en su caso sí existía la certeza de su paradero: terminó sepultada en un edificio de la Colonia Roma. La madre de un amigo suyo, Jaime Paz, quedó desaparecida en el Hospital Juárez.

Supo que era momento de dolerse, pero no de quebrarse. Siguió en el voluntariado repartiendo alimentos, se unió a un grupo que pedía agua en las zonas que se habían visto menos afectadas para llevarla a los más necesitados.

Recuerda con claridad el momento de la réplica: iba subiendo las escaleras del edificio de la casa donde vivía una amiga, en la Colonia del Valle. cuando se registró el segundo terremoto. Presenció cómo la gente bajaba despavorida por las escaleras, con el recuerdo todavía reciente del terremoto recién ocurrido. La gente corría pasando encima de quien fuera, desesperada ante la posibilidad de un desenlace fatal. Ella estuvo de ser arrollada por esta muchedumbre que no buscaba otra cosa que ponerse a salvo a sí misma.

Después de eso, sólo recuerda una atmósfera de profunda pesadumbre y tristeza, una ciudad ensombrecida por el dolor, la devastación y la muerte. Según Carmen, este suceso sacó lo mejor, pero también lo peor de la gente. Mientras algunas personas se volcaban a las calles a ayudar en lo que pudiesen, otros no reparaban en el dolor ajeno e hicieron su agosto. En el colmo del absurdo, recuerda cómo se robaron a dos perros especializados en labores de rescate, que estaban destinados para buscar gente entre los escombros. Había gente buscando entre los restos de los edificios desmoronados no para rescatarlos, sino para robar las pertenencias que pudieran tener.

“Ni en los momentos más crueles y más tristes, la gente deja de hacer de las suyas”, me cuenta con con la voz entrecortada. Ella, que ha experimentado en carne propia que tan alto se puede estar y qué tan bajo se puede caer, aún le cala hondo el recuerdo de una Ciudad de México Herida, sumergida en la desesperación y el desconcierto.

Arturo Hernández (Supercívicos)

Para Arturo era un día como cualquier otro. Estaba tomando clase de 7 en la secundaria del Centro Universitario Anglo Mexicano, cuando sintió un movimiento inusual. “Ora, no muevas”, le dijo a su compañero que se encontraba en la banca de atrás. Pero nadie lo estaba moviendo, era la tierra la que comenzaba agitarse, dando comienzo al terremoto que tuvo consecuencias funestas para la Ciudad de México. Como la clase era de geografía, el profesor aprovechó para explicarles sobre las placas tectónicas mientras los invitaba a conservar la calma. Un vidrio se rompió y los gritos comenzaron, luego el ir y venir de las sirenas por las calles.

Él ya había sentido algunos sismos previos, pero ninguno tan fuerte. Al estar en la Calzada de las Águilas, el sismo no se experimentó con la fuerza devastadora que sí sintieron quienes se encontraban en el centro de la ciudad. Aunque de momento las clases fueron reanudadas, algunos padres de familia llegaron por sus hijos. Luego más y más padres. Terminaron por suspender el día de clases.

Cuando llegó a casa, las noticias de la destrucción comenzaban a llegar una tras otra. Su mamá trabajaba en el Salinas y Rocha que se encontraba en el Centro, aquél sobre el que el Hotel Regis cayó con todo su peso al desmoronarse. Por fortuna ella empezaba sus actividades a las 9 de la mañana. De haber llegado más temprano, el desenlace hubiese sido fatal para ella y todos los que ahí trabajaban.

Hijo de padres divorciados, pasó en casa de su papá los momentos difíciles, donde la tragedia comenzaba a dimensionarse. En esa privada, los vecinos se organizaban para ver cómo podían echarlo la mano a aquellos que lo habían perdido todo. Él era muy joven para unirse a las brigadas de rescate, pero ayudó con lo que pudo: hacía sándwiches y los llevaba a distribuir al Centro Médico. Recuerda a un rescatista devorando los alimentos con avidez, agradeciéndole y revolviéndole el pelo, en un gesto de agradecimiento y fraternidad.

Al día siguiente, durante la réplica, vio el pánico de la gente que aún no terminaba de asimilar lo ocurrido el 19 de septiembre cuando ya estaba haciendo frente a otro terremoto que sacudía los escombros y los temores de la gente. Vio a los automovilistas detener sus autos a la mitad de la calle. Nunca olvidará cómo una señora utilizó el cofre de su coche como un oratorio improvisado: abriendo los brazos y levantando la mirada al cielo, le pedía a Dios que detuviera por favor los movimientos convulsos de la tierra.

Pasaron los días y Arturo seguía repartiendo sándwiches. A sus 14 años no tenía la fuerza para levantar rocas, pero ayudaba a su modo. Después de un tiempo, era inevitable que la ciudad oliera a muerte. Los cuerpos que no habían podido ser extraídos de entre los restos de edificios colapsados ya impregnaban con su aroma las calles, recordatorio invisible de una tragedia que 30 años después no se ha podido ni se debería olvidar.

Hoy Arturo es padre de familia y cada que hay un terremoto alerta a su pequeño Lucio de 9 años cuando ocurre algún movimiento. Para él el “no corro” y el “no grito” no existen. Aconseja correr y colocarse en un lugar seguro, porque el no hacerlo puede tener consecuencias fatales. “Prefiero gritarle a la gente en una aglomeración que se muevan rápido y se protejan, que verlos perder la vida”. En su mente la Ciudad aún está herida por una grieta que marcó un antes y un después en la vida de los capitalinos. Más allá de los maquillados números oficiales y de las estadísticas, hay una estela de dolor, muerte y temor que no podrán olvidarse nunca.

¿Cuál es tu historia con el sismo del 85?

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