Pecado

Mónica ignoraba que sus telas de la serie «Anatomía de un embrujo» no fueron del agrado del cirujano plástico del Hospital ABC (quien solicitó el anonimato). Estos tenían recortes en gris de partes del cuerpo humano, como tomados de esquemas o monografías, sobre fondos de color, y los acompañaba una palabra escrita como «lejos» o «castigo».

Para que lo dejara de importunar, el doctor le adelantó dinero a Dan Ismaj y se quedó con una de las pinturas durante un fin de semana. Finalmente, se la regresó pero le pidió que tomara en cuenta esa cantidad para otro cuadro.

De inmediato vino a la mente de Dan la artista que podría gustarle a su cliente: Alejandra Gallego Müller, una veinteañera arquitecta de interiores que pinta desde los 13 años. Su estilo era justo lo que el doctor quería para ese muro blanco en el consultorio recién remodelado.

Y sí: desde que el doctor vio su galería virtual, quedó encantado con la técnica, los motivos y los colores de la joven artista. Le gustó una versión al óleo del árbol del pecado. Por eso no dudó en pagar de inmediato cuando Dan le ofreció una pieza más barata de lo que había establecido la pintora.

Un lunes de mayo a primera hora, Dan buscó al médico en su consultorio para ver si había logrado la venta. Sentados sobre sillones blancos de piel, negociaron el precio.

—Pues mira este cuesta 10 mil pesos pero a la artista le urge la lana así que, si lo quieres, dame 4,200, más los 1,200 que me habías dado del que no te gustó, y es tuyo.
—¿En serio? ¡Órale! Te hago un cheque.

Alejandra conoció a Dan Ismaj a principios de 2010. Él entró al estudio de arquitectura y diseño donde ella trabajaba y exhibía su pintura, en Interlomas. Aunque le emocionó el interés que había mostrado en su obra, prefirió
seguir el consejo de su jefe, a quien «no le dio buena espina», y no buscarlo.

Pero en mayo Dan regresó. Parecía tener urgencia de hablar con ella. Le contó que estaba empezando un proyecto nuevo, de una página llamada Arte Joven y que si le daba unas fotos de su obra, él podría subirla al sitio a cambio de una pieza pequeña. Ella no aceptó.

—Hay un cirujano al que le van a gustar tus cuadros. Estos del sol y la luna, y el del árbol. Si quieres, préstamelos y voy al hospital.
—No, Dan, no te conozco. Mejor voy contigo. Si le gustan, que los compre ahí mismo.

Quedaron de verse en el hospital un lunes. Media hora antes de la cita, él se presentó de imprevisto en la oficina de Alejandra. «Es que se descompuso mi coche, me dejó tirado. Era más cerca venir aquí; si quieres, vamos juntos». Ella prefirió no cambiar su plan. Le dijo que lo vería más tarde donde habían acordado. Su madre la acompañó para que no fuera sola. A la mamá de Alejandra le pareció muy fachoso para ser corredor de arte: pantalones verde tipo cargo, sudadera gris, tenis Converse.

En el hospital el doctor no estaba, pero su asistente tenía instrucciones de comprar los dos cuadros de 20 x 20 cm del sol y la luna. La pintora se llevó el cheque por $3,400 y dejó ahí la otra pieza para que el doctor la viera. Al siguiente martes, llamó a Dan. Estaba un poco inquieta porque el viernes se mudaría a Oaxaca, y no quería dejar ningún pendiente. «No me ha contestado el doctor, pero no te preocupes», fue la respuesta. El miércoles fue
más alentador: «Ya me dijo que sí lo quiere, y además hay otro de unas casitas que vio en tu página, también ese».

Acordaron llamarse por teléfono una vez que consiguieran cita con el doctor, pero esa fue la última vez que la pintora
habló con él. El viernes, Alejandra se fue a Oaxaca y desde ahí le siguió llamando. Nada. El lunes siguiente trató de prevenir a la asistente del doctor para que no le pagaran nada a Dan, pero era demasiado tarde: había cobrado
el cheque desde la semana anterior.